Aquella Carta Magna que los españoles recibimos con los
brazos abiertos y celebramos con emoción contenida, como si fuera el tesoro más
grande que hubiéramos visto en la vida, felicitándonos unos a otros por estar
empezando a salir de una oscuridad que había nublado nuestros corazones durante
más de cuarenta años, ha ido sufriendo enfermedades sobrevenidas por el paso
del tiempo y hoy precisa de un tratamiento de urgencia, que le devuelva la
brillantez con que fue presentada en sociedad, por los padres que la
redactaron.
Claro que los ciudadanos de entonces, nos conformábamos con
poco y nos bastaba con ver alejarse el fantasma de la Dictadura, mientras
embarcábamos sin ningún tipo de equipaje en un barco de novísima construcción,
capitaneado por una serie de líderes, que al haber combatido en la
clandestinidad por cuestiones sencillamente ideológicas, se presuponían de una
honradez indiscutible y posesores de la suficiente ilusión para ser capaces de
cambiar el rumbo oxidado de la vieja España, por uno nuevo que nos trajera a
todos los derechos y la dignidad que se nos había arrebatado, tras la victoria
de los fascistas en la guerra civil.
La izquierda fue entonces mucho más generosa que la derecha,
renunciando a poner en claro los episodios más oscuros de nuestro pasado, a
cambio de que la transición pudiera hacerse, por fin, en buena armonía entre
todos los españoles, independientemente de sus creencias y de cómo hubieran
actuado durante la Dictadura, en uno u otro sentido.
Se consintió que los muertos continuaran en las cunetas y se
desistió de encontrar a los niños robados a las presas políticas en las
cárceles de los años cuarenta. Se admitió que se instaurara una monarquía, como
forma de gobierno y hasta se silenciaron los ataques permanentemente sufridos,
a manos de la extrema derecha, durante la redacción del Documento y se
guardaron en un cajón las protestas de las familias de los que fueran
militantes de izquierdas, que durante los años de oscuridad, habían sido
permanentemente señaladas y maltratadas por los ganadores de la contienda, sin
que nunca llegara para ellas ni el perdón, ni la misericordia, mientras el
dictador vivió manejando de forma tiránica nuestros destinos.
Era tal la importancia que dábamos entonces a que el proceso
de transición pudiera ser un éxito, que dimos por bueno un texto que adolecía
de carencias imperdonables, con tal de resurgir de las cenizas de la
desolación, para alumbrar un destino que pudiera acercarnos a la libertad y al
progreso.
Creíamos, que la corrupción era únicamente un feudo de
quienes nos habían gobernado durante demasiado tiempo y no éramos siquiera
capaces de dudar de la honestidad de aquellos hombres y mujeres que por primera
vez, ocuparon sus escaños en un Parlamento, al fin, elegido por sufragio
universal, en paz y en concordia entre todas las fuerzas políticas que
acudieron a las urnas, representando cada una, la esencia de su pensamiento.
Pero han pasado los años y todos hemos envejecido y en este
camino recorrido han ido pasando demasiadas cosas que se han ido encargando de
herir en lo más profundo de su condición a la vieja Constitución que entonces
votamos, creyendo firmemente que nadie se atrevería jamás a vulnerar aquellos
capítulos que nos aseguraban a todos una convivencia plena de equidad y que
sentaban para siempre, nuestros bien ganados derechos.
Sin embargo y particularmente en los últimos años, el texto
ha sido reiterativamente pisoteado con la aquiescencia de nuestros gobernantes
y los españoles hemos sido vilmente despojados, a saber, de nuestros trabajos,
de nuestras viviendas, de nuestros sueldos y de nuestras necesidades sociales,
contradiciendo gravemente la letra que aún permanece escrita en nuestra
Constitución, sin que por ello ninguno de nuestros representantes se haya
atrevido a denunciar ante la justicia tal atropello, permitiendo que el texto
haya ido languideciendo y siendo olvidado, en su totalidad, quedando muy
necesitado de una intervención de urgencia que suture las gravas lesiones
sufridas, a manos de los que traicionan su espíritu, con cada una de las
sórdidas medidas que adoptan, para desesperación de los españoles.
Y hemos llegado a un punto, en el que se prevé un futuro, en
el que ni siquiera se nos permita, bajo amenaza de multa contundente, hacer uso
de nuestra libertad de expresión y de reunión, considerando quienes nos
gobiernan que ponemos en riesgo con la fuerza de nuestras voces, su integridad
personal, por el mero hecho de acercarnos físicamente a ellos, como si la
oposición volviera a ser delito, como lo fue en un pasado que creíamos
enterrado, por la fuerza de la razón y no por la razón de la fuerza.
Se cuestiona que podamos acudir a la huelga, que podamos
reunirnos ante las puertas del Parlamento, e incluso que podamos alzar la voz
para manifestar nuestro descontento con las políticas seguidas por los que
manejan el poder.
Y con el argumento de una inexistente violencia, se
quebrantan una y otra vez las garantías que nos ofrece la Constitución, sin que
en justicia, podamos responder exigiendo un cambio inmediato en el texto, que
asegure para nosotros la honestidad de nuestros impresentables políticos.
Naturalmente, aquella ilusión con que recibimos la carta
Magna, se ha ido transformando en una indignación sin límites, al comprobar en
carne propia que se incumplen a diario todos y cada uno de sus preceptos.
Puede que haya llegado el momento de que el Documento pase a
formar parte de los libros de historia expuestos en los museos y de que se
piense en redactar uno nuevo, mucho más acorde con lo que exige la Sociedad
aquí y ahora, sin que esta vez, se nos pida tanta benevolencia.

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