jueves, 5 de diciembre de 2013

Sanar la Constitución


Aquella Carta Magna que los españoles recibimos con los brazos abiertos y celebramos con emoción contenida, como si fuera el tesoro más grande que hubiéramos visto en la vida, felicitándonos unos a otros por estar empezando a salir de una oscuridad que había nublado nuestros corazones durante más de cuarenta años, ha ido sufriendo enfermedades sobrevenidas por el paso del tiempo y hoy precisa de un tratamiento de urgencia, que le devuelva la brillantez con que fue presentada en sociedad, por los padres que la redactaron.
Claro que los ciudadanos de entonces, nos conformábamos con poco y nos bastaba con ver alejarse el fantasma de la Dictadura, mientras embarcábamos sin ningún tipo de equipaje en un barco de novísima construcción, capitaneado por una serie de líderes, que al haber combatido en la clandestinidad por cuestiones sencillamente ideológicas, se presuponían de una honradez indiscutible y posesores de la suficiente ilusión para ser capaces de cambiar el rumbo oxidado de la vieja España, por uno nuevo que nos trajera a todos los derechos y la dignidad que se nos había arrebatado, tras la victoria de los fascistas en la guerra civil.
La izquierda fue entonces mucho más generosa que la derecha, renunciando a poner en claro los episodios más oscuros de nuestro pasado, a cambio de que la transición pudiera hacerse, por fin, en buena armonía entre todos los españoles, independientemente de sus creencias y de cómo hubieran actuado durante la Dictadura, en uno u otro sentido.
Se consintió que los muertos continuaran en las cunetas y se desistió de encontrar a los niños robados a las presas políticas en las cárceles de los años cuarenta. Se admitió que se instaurara una monarquía, como forma de gobierno y hasta se silenciaron los ataques permanentemente sufridos, a manos de la extrema derecha, durante la redacción del Documento y se guardaron en un cajón las protestas de las familias de los que fueran militantes de izquierdas, que durante los años de oscuridad, habían sido permanentemente señaladas y maltratadas por los ganadores de la contienda, sin que nunca llegara para ellas ni el perdón, ni la misericordia, mientras el dictador vivió manejando de forma tiránica nuestros destinos.
Era tal la importancia que dábamos entonces a que el proceso de transición pudiera ser un éxito, que dimos por bueno un texto que adolecía de carencias imperdonables, con tal de resurgir de las cenizas de la desolación, para alumbrar un destino que pudiera acercarnos a la libertad y al progreso.
Creíamos, que la corrupción era únicamente un feudo de quienes nos habían gobernado durante demasiado tiempo y no éramos siquiera capaces de dudar de la honestidad de aquellos hombres y mujeres que por primera vez, ocuparon sus escaños en un Parlamento, al fin, elegido por sufragio universal, en paz y en concordia entre todas las fuerzas políticas que acudieron a las urnas, representando cada una, la esencia de su pensamiento.
Pero han pasado los años y todos hemos envejecido y en este camino recorrido han ido pasando demasiadas cosas que se han ido encargando de herir en lo más profundo de su condición a la vieja Constitución que entonces votamos, creyendo firmemente que nadie se atrevería jamás a vulnerar aquellos capítulos que nos aseguraban a todos una convivencia plena de equidad y que sentaban para siempre, nuestros bien ganados derechos.
Sin embargo y particularmente en los últimos años, el texto ha sido reiterativamente pisoteado con la aquiescencia de nuestros gobernantes y los españoles hemos sido vilmente despojados, a saber, de nuestros trabajos, de nuestras viviendas, de nuestros sueldos y de nuestras necesidades sociales, contradiciendo gravemente la letra que aún permanece escrita en nuestra Constitución, sin que por ello ninguno de nuestros representantes se haya atrevido a denunciar ante la justicia tal atropello, permitiendo que el texto haya ido languideciendo y siendo olvidado, en su totalidad, quedando muy necesitado de una intervención de urgencia que suture las gravas lesiones sufridas, a manos de los que traicionan su espíritu, con cada una de las sórdidas medidas que adoptan, para desesperación de los españoles.
Y hemos llegado a un punto, en el que se prevé un futuro, en el que ni siquiera se nos permita, bajo amenaza de multa contundente, hacer uso de nuestra libertad de expresión y de reunión, considerando quienes nos gobiernan que ponemos en riesgo con la fuerza de nuestras voces, su integridad personal, por el mero hecho de acercarnos físicamente a ellos, como si la oposición volviera a ser delito, como lo fue en un pasado que creíamos enterrado, por la fuerza de la razón y no por la razón de la fuerza.
Se cuestiona que podamos acudir a la huelga, que podamos reunirnos ante las puertas del Parlamento, e incluso que podamos alzar la voz para manifestar nuestro descontento con las políticas seguidas por los que manejan el poder.
Y con el argumento de una inexistente violencia, se quebrantan una y otra vez las garantías que nos ofrece la Constitución, sin que en justicia, podamos responder exigiendo un cambio inmediato en el texto, que asegure para nosotros la honestidad de nuestros impresentables políticos.
Naturalmente, aquella ilusión con que recibimos la carta Magna, se ha ido transformando en una indignación sin límites, al comprobar en carne propia que se incumplen a diario todos y cada uno de sus preceptos.

Puede que haya llegado el momento de que el Documento pase a formar parte de los libros de historia expuestos en los museos y de que se piense en redactar uno nuevo, mucho más acorde con lo que exige la Sociedad aquí y ahora, sin que esta vez, se nos pida tanta benevolencia. 

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