La descarnada lucha por el poder que protagonizan los dos grandes partidos de nuestro país no conoce treguas ni hace distinciones temáticas que demuestren, en ningún momento, la voluntad de alcanzar un consenso por el bien común.
Ni siquiera en cuestiones como la que ahora ocupa a los agricultores españoles, se rompe la férrea oposición de un Partido Popular mas ocupado en no perder el tirón protagonizado en las elecciones municipales, que en encontrar una vía que permita la resolución del conflicto, si para ello hay que dar apoyo a un gobierno herido de muerte, al que aplicarían sin recato una rápida ley de eutanasia.
No se si el ciudadano percibe la ambición que se palpa en el ambiente cuando los representantes de la oposición vapulean sin piedad cualquier iniciativa salida de las filas de sus enemigos políticos, pero sería conveniente pararse a pensar si esta despiadada forma de hacer es en realidad la mas conveniente para un periodo histórico desastroso como el que nos ha tocado vivir y qué orden de prioridades habría que establecer, en justicia, cuando la espada de Damocles se balancea continuamente sobre nuestras cabezas.
Mientras estas batallas prosiguen, la gente muere afectada por una bacteria incontrolada, de origen desconocido hasta ahora, sin que las autoridades alemanas sean capaces de frenar su avance indiscriminado y aquí ni siquiera se hable de una política de prevención que nos ayude a sortear los rigores de esta epidemia, en el caso de que llegara a nuestra tierra infectando a nuestra gente.
Hay momentos para el debate y otros para la unidad. En este caso, en el que hay pérdidas de vidas humanas de por medio, han de aparcarse las diferencias buscando el bienestar de la nación y remar en la misma dirección sin fisuras de tintes ambiciosos que oscurezcan un panorama suficientemente degradado por las circunstancias, para intentar alcanzar soluciones que tranquilicen a los ciudadanos que no saben muy bien dónde posicionarse en una guerra absurda que ni les va ni les viene.
Las acusaciones alemanas contra los productos españoles constituyen un borrón que como cualquier rumor malediciente, será difícil de olvidar en un momento en el que se juega con la salud de unos consumidores, que se lo pensarán dos veces antes de decidirse a volver a comprar nada que venga de nuestras fronteras.
Ni siquiera importa ya el enrevesado episodio, que cede toda su actualidad a las gravísimas consecuencias de la epidemia, pero empieza a cobrar protagonismo el miedo que acompaña a cualquier tema sanitario y nosotros, como país, no dejamos de estar implicados en el proceso.
El desencuentro permanente entre nuestras fuerzas políticas no tendría que anular la necesidad de salir del atolladero en que nos encontramos, desestabilizando los remedios propuestos con su verborrea gratuita, sino estudiar qué medidas son las mejores para un beneficio común que nos aparte del punto de mira de los mercados europeos, en estos delicados momentos.
Entretanto, Rubalcaba insinúa que va siendo hora de que el movimiento 15M abandone las plazas del país, con un discurso que suena a pronta intervención policial y desalojo. Quizá debiera preguntar a estos jóvenes si se les ocurre un modo de afrontar la crisis de los pepinos mejor que la que protagonizan, a gritos, ellos y sus opositores. Podría llevarse una grata sorpresa.
Ni siquiera en cuestiones como la que ahora ocupa a los agricultores españoles, se rompe la férrea oposición de un Partido Popular mas ocupado en no perder el tirón protagonizado en las elecciones municipales, que en encontrar una vía que permita la resolución del conflicto, si para ello hay que dar apoyo a un gobierno herido de muerte, al que aplicarían sin recato una rápida ley de eutanasia.
No se si el ciudadano percibe la ambición que se palpa en el ambiente cuando los representantes de la oposición vapulean sin piedad cualquier iniciativa salida de las filas de sus enemigos políticos, pero sería conveniente pararse a pensar si esta despiadada forma de hacer es en realidad la mas conveniente para un periodo histórico desastroso como el que nos ha tocado vivir y qué orden de prioridades habría que establecer, en justicia, cuando la espada de Damocles se balancea continuamente sobre nuestras cabezas.
Mientras estas batallas prosiguen, la gente muere afectada por una bacteria incontrolada, de origen desconocido hasta ahora, sin que las autoridades alemanas sean capaces de frenar su avance indiscriminado y aquí ni siquiera se hable de una política de prevención que nos ayude a sortear los rigores de esta epidemia, en el caso de que llegara a nuestra tierra infectando a nuestra gente.
Hay momentos para el debate y otros para la unidad. En este caso, en el que hay pérdidas de vidas humanas de por medio, han de aparcarse las diferencias buscando el bienestar de la nación y remar en la misma dirección sin fisuras de tintes ambiciosos que oscurezcan un panorama suficientemente degradado por las circunstancias, para intentar alcanzar soluciones que tranquilicen a los ciudadanos que no saben muy bien dónde posicionarse en una guerra absurda que ni les va ni les viene.
Las acusaciones alemanas contra los productos españoles constituyen un borrón que como cualquier rumor malediciente, será difícil de olvidar en un momento en el que se juega con la salud de unos consumidores, que se lo pensarán dos veces antes de decidirse a volver a comprar nada que venga de nuestras fronteras.
Ni siquiera importa ya el enrevesado episodio, que cede toda su actualidad a las gravísimas consecuencias de la epidemia, pero empieza a cobrar protagonismo el miedo que acompaña a cualquier tema sanitario y nosotros, como país, no dejamos de estar implicados en el proceso.
El desencuentro permanente entre nuestras fuerzas políticas no tendría que anular la necesidad de salir del atolladero en que nos encontramos, desestabilizando los remedios propuestos con su verborrea gratuita, sino estudiar qué medidas son las mejores para un beneficio común que nos aparte del punto de mira de los mercados europeos, en estos delicados momentos.
Entretanto, Rubalcaba insinúa que va siendo hora de que el movimiento 15M abandone las plazas del país, con un discurso que suena a pronta intervención policial y desalojo. Quizá debiera preguntar a estos jóvenes si se les ocurre un modo de afrontar la crisis de los pepinos mejor que la que protagonizan, a gritos, ellos y sus opositores. Podría llevarse una grata sorpresa.

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