domingo, 26 de junio de 2011

El cinturón del ciudadano




El último idilio entre el gobierno y los nacionalistas, dará como resultado la aprobación del debate sobre El Estado de la Nación, falsificando descaradamente el descontento que bulle en el País, con una buena capa del mejor maquillaje político, elaborado en las salas internas de nuestro Parlamento.
Relegado a un segundo plano por la irrupción de Rubalcaba como cara visible del PSOE, el Presidente Zapatero trata de vender su gestión, como la única salida posible a la interminable crisis que nos azota, prometiendo que las medidas tomadas en el último año, empezarán a dar sus frutos, en forma de puestos de trabajo, en cuanto se completen los aún ignorados recortes, siguiendo las órdenes recibidas desde Europa y con presupuestos mucho menores que los manejados hasta el día de hoy.
Su carrera contra reloj para no ser equiparado a los hermanos pobres que se han visto obligados a aceptar ayudas usureras para remontar del bache al que han sido empujados, hace que su política de la sensación de apresurada y poco meditada, mientras va perdiendo la poca confianza que le quedaba, a ojos de este pueblo que ya lo mira como el peor presidente de la Democracia.
Sin admitir en ningún momento sus dramáticos errores, vuelve a exigir esfuerzos irrealizables a todos aquellos que ya se encuentran en el umbral de la pobreza, como si el cinturón del ciudadano tuviera una longitud infinita, en la que poder ir saltando agujeros indefinidamente, sin que se resienta un modo de vida, que ha pasado de la comodidad a la desesperación de no tener las necesidades primarias cubiertas.
La interesada palmada en la espalda de vascos y catalanes, ávidos de obtener prebendas para sus autonomías y sabedores de su auténtico poder en el Estado español, colabora matemáticamente a que no se consume la ruina del partido que Zapatero representa y lo mantiene en la cuerda floja del poder, hasta cumplir la legislatura, sin que se vea forzado a convocar nuevas elecciones, aún no sabemos a qué precio.
Por tanto, no pagamos igual la crisis el resto de los ciudadanos y mientras las citadas comunidades obtienen sendos beneficios de su apoyo incondicional a la cabezonería del presidente, las otras, nadan en un mar de desesperanza teniendo que aportar, con su esfuerzo, las rentas prometidas por el gobierno a sus amigos nacionalistas, soportando el amargo sabor de ser ninguneados por los juegos malabares de quien tanto amor parece tener al poder.
Nuestra situación no puede ser más desastrosa. A los recortes generales infringidos por la nefasta reforma laboral vigente, habremos pues de añadir, la merma paulatina de prestaciones sociales necesarias, a la vez que contemplamos indignados cómo mejoran las condiciones en otras partes del territorio nacional, donde se cobran sueldos más altos por hacer las mismas funciones y se disfruta de un nivel de vida, que nada tiene que ver con la vergüenza de tener que cobrar subsidios para llegar a fin de mes.
La maniobra de distraer la atención de los ciudadanos con las peculiaridades de Bildu, por ejemplo, es una vileza sin parangón que trata de ocultar males mayores, como la creciente brecha de desigualdad que nos hace descender a la segunda división del país y que no nos deja avanzar hacia el futuro en buena lid, con vascos, catalanes y todos aquellos que tengan la llave que permita el gobierno.
Esta burda manipulación de las masas, unida a la indignación generalizada que se manifiesta en las calles, terminará por estallar de algún modo en alguna parte, si más pronto que tarde, no se da un paso atrás y se establece como quehacer prioritario la reforma de una ley electoral que acabe de un plumazo con la tiranía desmedida de los que menos votos necesitan para adquirir escaños.
Hace tiempo que el cinturón del ciudadano se rompió y ya no existe, materialmente, la posibilidad de apretarlo más sin llegar al colapso que provocaría un ahorcamiento consentido.
Se podría probar a reducir gastos militares, a cerrar las diputaciones, a prescindir de la familia real, a auditar en profundidad Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, a olvidar la primera clase en los viajes de los políticos y también los hoteles de cinco estrellas y los restaurantes de cinco tenedores en las reuniones en las que se esbozan lo que tendríamos que ahorrar los demás. Tampoco vendría mal una estricta ley de incompatibilidades que les prohibiera cobrar más de un sueldo o prescindir de obras faraónicas inservibles como las que tanto agradan al Partido popular, por ejemplo.
Y la medida estrella; nacionalizar la banca. Aunque esa es otra historia y estos si que son verdaderamente intocables.

No hay comentarios:

Publicar un comentario