No mide Europa con el mismo rasero cuando se habla de indemnizaciones que cuando se trata de exigencias.
El triste episodio de los pepinos españoles, que tan graves consecuencias ha traído a la economía nacional, parece condenado a resolverse con las ridículas ayudas propuestas por la Unión, obviando deliberadamente el perjuicio que la gran mentira ha causado al prestigio de nuestros agricultores y las enormes pérdidas sufridas por causa de el imperdonable desliz cometido por las autoridades alemanas.
Bien es verdad que la bacteria causante de las muertes nunca tuvo nada que ver con nosotros, pero las ventas de nuestros productos se siguen viendo afectadas por el recelo de los consumidores que oyeron la noticia, sin que, hasta el momento, se haya encontrado el origen de la infección, ni haya trazas de que esto sea posible en un corto periodo de tiempo.
Es normal que ante esta falta de resultados, la gente sea precavida con sus compras, fundamentalmente con aquellas materias que en un principio levantaron sospechas y como ni siquiera se han pedido disculpas por el error cometido, lo natural es hacer otra elección de consumo que no presente dudas de insalubridad, mientras se resuelve el enigma.
Pero es tan grave lo sucedido, que no ha de poder repararse con unas migajas que vayan ayudando a los productores a salir del bache en que han sido colocados, sin una sola prueba en su contra, ni nuestras autoridades deben en modo alguno tolerar que el incidente quede en agua de borrajas, sin exigir que sea subsanado, a la mayor brevedad, con el montante total de las pérdidas.
Y luego está el honor. Ahora parece no tener la menor importancia este término porque casi todo el mundo lo pierde con pasmosa facilidad, en este época de inmoralidad que nos ha tocado vivir, pero la mácula vertida sobre nuestro país y sobre las normas sanitarias aplicadas en nuestras fronteras, parece, por venir de quien viene, una acusación de falta de profesionalidad, como si para Alemania fuéramos un socio de tercera categoría.
Sería de desear que el gobierno, al menos por una vez, no consintiese tamaño desatino y fuera capaz de levantar la voz contra la señora Cancillera a favor de sus agricultores, haciéndole ver que las equivocaciones hay que pagarlas se cometan donde se cometan y caiga quien caiga.
Para los alemanes y su boyante economía, éste no deja de ser un episodio meramente anecdótico, que en nada cambia su prometedor futuro como primera potencia europea, ni merma sus aspiraciones de liderazgo, tan tenazmente consolidadas por su despiadada política capitalista, pero para nosotros, débiles acreedores de los viles banqueros que nos han ido llevando a la ruina, la anécdota implica una herida aún mayor que pone en peligro nuestra curación, ya de por sí improbable, dado el desastroso panorama en que nos movemos.
Si Europa es implacable en según qué materias, también ha de serlo cuando uno de sus componentes es fieramente atacado sin motivo por otro de sus miembros y es de ley, aquí, en Alemania y en cualquier otro lugar del Universo, resarcir a las víctimas de un delito y restituir su honorabilidad hasta que vuelvan al punto en el que se encontraban cuando se cometió la agresión.
El triste episodio de los pepinos españoles, que tan graves consecuencias ha traído a la economía nacional, parece condenado a resolverse con las ridículas ayudas propuestas por la Unión, obviando deliberadamente el perjuicio que la gran mentira ha causado al prestigio de nuestros agricultores y las enormes pérdidas sufridas por causa de el imperdonable desliz cometido por las autoridades alemanas.
Bien es verdad que la bacteria causante de las muertes nunca tuvo nada que ver con nosotros, pero las ventas de nuestros productos se siguen viendo afectadas por el recelo de los consumidores que oyeron la noticia, sin que, hasta el momento, se haya encontrado el origen de la infección, ni haya trazas de que esto sea posible en un corto periodo de tiempo.
Es normal que ante esta falta de resultados, la gente sea precavida con sus compras, fundamentalmente con aquellas materias que en un principio levantaron sospechas y como ni siquiera se han pedido disculpas por el error cometido, lo natural es hacer otra elección de consumo que no presente dudas de insalubridad, mientras se resuelve el enigma.
Pero es tan grave lo sucedido, que no ha de poder repararse con unas migajas que vayan ayudando a los productores a salir del bache en que han sido colocados, sin una sola prueba en su contra, ni nuestras autoridades deben en modo alguno tolerar que el incidente quede en agua de borrajas, sin exigir que sea subsanado, a la mayor brevedad, con el montante total de las pérdidas.
Y luego está el honor. Ahora parece no tener la menor importancia este término porque casi todo el mundo lo pierde con pasmosa facilidad, en este época de inmoralidad que nos ha tocado vivir, pero la mácula vertida sobre nuestro país y sobre las normas sanitarias aplicadas en nuestras fronteras, parece, por venir de quien viene, una acusación de falta de profesionalidad, como si para Alemania fuéramos un socio de tercera categoría.
Sería de desear que el gobierno, al menos por una vez, no consintiese tamaño desatino y fuera capaz de levantar la voz contra la señora Cancillera a favor de sus agricultores, haciéndole ver que las equivocaciones hay que pagarlas se cometan donde se cometan y caiga quien caiga.
Para los alemanes y su boyante economía, éste no deja de ser un episodio meramente anecdótico, que en nada cambia su prometedor futuro como primera potencia europea, ni merma sus aspiraciones de liderazgo, tan tenazmente consolidadas por su despiadada política capitalista, pero para nosotros, débiles acreedores de los viles banqueros que nos han ido llevando a la ruina, la anécdota implica una herida aún mayor que pone en peligro nuestra curación, ya de por sí improbable, dado el desastroso panorama en que nos movemos.
Si Europa es implacable en según qué materias, también ha de serlo cuando uno de sus componentes es fieramente atacado sin motivo por otro de sus miembros y es de ley, aquí, en Alemania y en cualquier otro lugar del Universo, resarcir a las víctimas de un delito y restituir su honorabilidad hasta que vuelvan al punto en el que se encontraban cuando se cometió la agresión.

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