De nada han valido las múltiples carantoñas que nuestro Presidente ha dedicado durante años a la madrastra de Cenicienta, ni la obediencia sumisa que le ha demostrado, acatando cada una de sus órdenes, a rajatabla, sufridamente y sin protestas de por medio.
Haciendo honor a la peor leyenda de su personaje, ha bastado una sutil sospecha en uno de nuestros productos nacionales, para iniciar una sonora reprimenda en un foro público, sin llevar a cabo las investigaciones oportunas y dejar a los pies de los caballos al sector agrícola, cuya situación ya era lo suficientemente desastrosa como para no detenerse siquiera a pensar lo que podría acarrear un episodio como éste.
Quedaron atrás, de un plumazo, los guiños cómplices tratando de imponer las reformas laborales que la Europa que ella maneja quería, las palmaditas en la espalda encorvada de Zapatero cuando trataba de zafarse de las amenazas y las sonrisas complacientes dedicadas a los deberes cumplidos sobre el cadáver de la clase trabajadora, diligentemente y por encima de cualquier norma racional.
De nada ha servido arrastrarse, lamer el trasero orondo de la cancillera, ponerla como ejemplo de buena gestión y alabarla hasta el empalago en cualquier ocasión que se presentara. Al final, nos ha apuñalado por la espalda y con un arma en forma de pepino, se ha cebado con nuestra desastrosa economía y restado muchos puntos a la posibilidad de empezar a sacar la cabeza del oscuro agujero en que nos encontramos.
El bochorno del presidente debe ser absoluto, porque no se atreve siquiera a dar la cara ante la imposible defensa de esta actitud que arrasa todo el camino recorrido con tan poca dignidad y que le ha costado una pérdida de poder que al día de hoy, se ve irrecuperable.
Ha puesto en primera línea de fuego al recién ascendido Rubalcaba y a una Rosa Aguilar cuyo rostro de indignación no necesita mayores explicaciones, mientras probablemente, anda llorando por los rincones la ignominia de su estrepitoso fracaso amoroso.
Cuando pase el sofocón inicial y sea capaz de afrontar que su amada le acaba de dejar en la estacada sin una pizca de rubor ni recato, quizá venga la etapa de indignación lógica en todo duelo que se precie y se atreva a levantar la voz en demanda de justicia para todos aquellos cuya profesionalidad ha sido puesta en tela de juicio por Alemania, a la vez que empujaba a cerrar los mercados extranjeros a nuestros productos, sin esperar a saber el verdadero origen del problema.
Poco puede hacer el candidato sin la venia explícita del enamorado despechado y menos aún un sector agrícola que está mirando cómo se pudren sus productos mientras esperamos que se tome la determinación de denunciar ante los tribunales el atropello cometido.
Y aún la perdonará. Y volverá a caer en sus pérfidos brazos pidiendo con ojos de cordero degollado una caricia leve de sus manos y la obedecerá hasta la muerte en cualquier ocurrencia alevosa que le pase por la cabeza para organizar Europa como un cuartel de caballería, incluso para volver a ser abandonado de nuevo a su perra suerte, si se tuercen las cosas y el viento empieza a soplar con virulencia sobre nuestra desvencijada nación.
Debe ser cierto que el amor es ciego y que la admiración profesada es tanta, que nada importan los rechazos, ni la mala opinión formada a cerca de este culo de Europa que habitamos, lleno de típicos tópicos de vagueo y maledicencia.
Lo peor es que el enamoramiento se lleva por delante las esperanzas de la gente y la paciencia se agota mientras el idilio fatal pasa delante de los ojos, sin que las verdades lleguen a ser reconocidas jamás por el apasionado líder saliente.
Haciendo honor a la peor leyenda de su personaje, ha bastado una sutil sospecha en uno de nuestros productos nacionales, para iniciar una sonora reprimenda en un foro público, sin llevar a cabo las investigaciones oportunas y dejar a los pies de los caballos al sector agrícola, cuya situación ya era lo suficientemente desastrosa como para no detenerse siquiera a pensar lo que podría acarrear un episodio como éste.
Quedaron atrás, de un plumazo, los guiños cómplices tratando de imponer las reformas laborales que la Europa que ella maneja quería, las palmaditas en la espalda encorvada de Zapatero cuando trataba de zafarse de las amenazas y las sonrisas complacientes dedicadas a los deberes cumplidos sobre el cadáver de la clase trabajadora, diligentemente y por encima de cualquier norma racional.
De nada ha servido arrastrarse, lamer el trasero orondo de la cancillera, ponerla como ejemplo de buena gestión y alabarla hasta el empalago en cualquier ocasión que se presentara. Al final, nos ha apuñalado por la espalda y con un arma en forma de pepino, se ha cebado con nuestra desastrosa economía y restado muchos puntos a la posibilidad de empezar a sacar la cabeza del oscuro agujero en que nos encontramos.
El bochorno del presidente debe ser absoluto, porque no se atreve siquiera a dar la cara ante la imposible defensa de esta actitud que arrasa todo el camino recorrido con tan poca dignidad y que le ha costado una pérdida de poder que al día de hoy, se ve irrecuperable.
Ha puesto en primera línea de fuego al recién ascendido Rubalcaba y a una Rosa Aguilar cuyo rostro de indignación no necesita mayores explicaciones, mientras probablemente, anda llorando por los rincones la ignominia de su estrepitoso fracaso amoroso.
Cuando pase el sofocón inicial y sea capaz de afrontar que su amada le acaba de dejar en la estacada sin una pizca de rubor ni recato, quizá venga la etapa de indignación lógica en todo duelo que se precie y se atreva a levantar la voz en demanda de justicia para todos aquellos cuya profesionalidad ha sido puesta en tela de juicio por Alemania, a la vez que empujaba a cerrar los mercados extranjeros a nuestros productos, sin esperar a saber el verdadero origen del problema.
Poco puede hacer el candidato sin la venia explícita del enamorado despechado y menos aún un sector agrícola que está mirando cómo se pudren sus productos mientras esperamos que se tome la determinación de denunciar ante los tribunales el atropello cometido.
Y aún la perdonará. Y volverá a caer en sus pérfidos brazos pidiendo con ojos de cordero degollado una caricia leve de sus manos y la obedecerá hasta la muerte en cualquier ocurrencia alevosa que le pase por la cabeza para organizar Europa como un cuartel de caballería, incluso para volver a ser abandonado de nuevo a su perra suerte, si se tuercen las cosas y el viento empieza a soplar con virulencia sobre nuestra desvencijada nación.
Debe ser cierto que el amor es ciego y que la admiración profesada es tanta, que nada importan los rechazos, ni la mala opinión formada a cerca de este culo de Europa que habitamos, lleno de típicos tópicos de vagueo y maledicencia.
Lo peor es que el enamoramiento se lleva por delante las esperanzas de la gente y la paciencia se agota mientras el idilio fatal pasa delante de los ojos, sin que las verdades lleguen a ser reconocidas jamás por el apasionado líder saliente.

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