Nunca sabremos si hubo una estrategia preconcebida para preparar esta crisis. No pertenecemos al selecto grupo que tiene en sus manos las riendas de un mundo que se mueve a merced de los hilos que manejan con movimientos milimétricamente estudiados, para alcanzar metas ya previstas.
Siendo, como somos, hijos nacidos de la clase dominada, habremos de contar únicamente con nuestra propia inteligencia para llegar a conclusiones presumibles, pero difíciles de probar, que afectan de modo directo a nuestras vidas, aunque las decisiones siempre se toman sin contar con nosotros.
En los años de la bonanza, los pueblos parecían preferir gobiernos de corte progresista y Europa coreaba a una social democracia exultante, que presumía de sus fabulosos resultados económicos arrinconando a los partidos conservadores, sin ofrecerles ninguna posibilidad de alternancia parlamentaria, condenándolos a un ostracismo nada grato para las clases altas, que siempre apoyaron abiertamente, este tipo de corrientes ideológicas.
Los pueblos, afincados en el espejismo reluciente de su aparente riqueza, sustentada fundamentalmente en el negocio de liberar suelos y construir viviendas ofrecidas para su disfrute, con la complacencia de una banca incomprensiblemente generosa con el sistema de créditos, descuidaron su obligación de permanecer alerta y llegaron a creer que la lucha de clases había quedado relegada al recuerdo en los libros de historia que hablaban de los siglos pasados.
A nosotros nos pudo la codicia, la felicidad de no tener que pensar en un futuro que nos parecía que nos daban resuelto y la fascinación por el lujo de parecer mucho mejores que nuestros antecesores, creyendo que el camino de la pobreza ya nuca tendría vuelta atrás.
Y a ellos les convino enormemente hipotecarnos la vida, enredarnos con lazos de seda a los potros de martirio de los débitos a largo plazo y alienar nuestra capacidad de pensamiento, con hipotéticos presentes que nos hicieran adquirir la costumbre de vivir maravillosamente, a través del consumo desenfrenado de bienes materiales y sin necesitar para nada usar la imaginación, porque siempre había alguien que ya lo había pensado todo por nosotros.
Y cuando el dócil rebaño llegó justo dónde se esperaba, aconteció la catástrofe de forma absolutamente impredecible, empezaron a derrumbarse, una tras otra, todas las estructuras que antaño cimentaron la gloria de los buenos tiempos y caímos de bruces, de nuevo, en el abismo de las carencias más esenciales, ahora con el agravante de no haber previsto el brusco retorno a otras épocas que preferíamos no recordar.
Los Gobiernos no se habían preparado para tener que afrontar una hecatombe semejante. También ellos habían hecho demasiadas concesiones ideológicas, abandonando los principios fundamentales de su doctrina y subiendo al carro deslumbrante que los capitalistas les habían ofrecido en bandeja de plata, sin detenerse a considerar la imposibilidad de que posturas diametralmente opuestas, pudieran llegar a acerarse sin ninguna exigencia, como pago de los favores otorgados a lo largo de varios años.
En este punto, nada más fácil que empezar a apretar el lazo colocado sibilinamente alrededor de nuestro cuello y empezar requerir la devolución inmediata de aquello que sólo nos había sido prestado, siguiendo un escrupuloso guión, hasta llevarnos a un punto sin retorno.
Curiosamente, la “inesperada” crisis afectó de manera infinitamente más grave a los Estados gobernados por formaciones de izquierda, que a los regentados por partidos conservadores, que pronto empezaron a dejar atrás los efectos nocivos del desastre, como en los casos de Alemania, Francia o Italia.
Y en razón de esto, las consecuencias han sido absolutamente desiguales para los unos y los otros. La imposibilidad de hacer frente a las exigencias de los menos afectados, ha ido desgastando la maltrecha imagen de los líderes progresistas, hasta acabar colocándolos ante un paredón de fusilamiento en el que ha terminado fulminantemente su vida pública, a manos de un voto de castigo, fruto del hartazgo de sus respectivos pueblos.
Europa se ha teñido “milagrosamente” de azul y ya se encuentra preparada para recibir las propuestas de un conservadurismo triunfante que promete afrontar el futuro con mano firme hasta sacarnos del embrollo en que nos metieron los “rojos”.
Han llegado con el beneplácito de las mayorías absolutas que arrancaron a los errores de una izquierda excesivamente complaciente con sus enemigos naturales y al descontento de unas masas incapaces de relacionar partidos con ideologías y que sólo esperan sentadas que alguien arregle su frustración sin pararse a pensar por qué camino circularán los que lleguen.
Nadie podría dudar que la estrategia ha sido perfecta. La marea azul se expande por nuestros territorios con fuerzas renovadas para empezar a aplicar cuántas medidas satisfagan la voracidad de aquellos a los que realmente representan.
Sólo la inesperada aparición de los movimientos ciudadanos dificulta su gloriosa ascensión hacia la cima del poder, con sus molestas reivindicaciones de justicia social desequilibrando un partido que creían ganado desde el principio.
Por eso claman reiterativamente por frenar estas iniciativas y buscan desesperadamente motivos para reprimirlas y enterrarlas. Por nuestro bien, espero que no lo consigan.
Siendo, como somos, hijos nacidos de la clase dominada, habremos de contar únicamente con nuestra propia inteligencia para llegar a conclusiones presumibles, pero difíciles de probar, que afectan de modo directo a nuestras vidas, aunque las decisiones siempre se toman sin contar con nosotros.
En los años de la bonanza, los pueblos parecían preferir gobiernos de corte progresista y Europa coreaba a una social democracia exultante, que presumía de sus fabulosos resultados económicos arrinconando a los partidos conservadores, sin ofrecerles ninguna posibilidad de alternancia parlamentaria, condenándolos a un ostracismo nada grato para las clases altas, que siempre apoyaron abiertamente, este tipo de corrientes ideológicas.
Los pueblos, afincados en el espejismo reluciente de su aparente riqueza, sustentada fundamentalmente en el negocio de liberar suelos y construir viviendas ofrecidas para su disfrute, con la complacencia de una banca incomprensiblemente generosa con el sistema de créditos, descuidaron su obligación de permanecer alerta y llegaron a creer que la lucha de clases había quedado relegada al recuerdo en los libros de historia que hablaban de los siglos pasados.
A nosotros nos pudo la codicia, la felicidad de no tener que pensar en un futuro que nos parecía que nos daban resuelto y la fascinación por el lujo de parecer mucho mejores que nuestros antecesores, creyendo que el camino de la pobreza ya nuca tendría vuelta atrás.
Y a ellos les convino enormemente hipotecarnos la vida, enredarnos con lazos de seda a los potros de martirio de los débitos a largo plazo y alienar nuestra capacidad de pensamiento, con hipotéticos presentes que nos hicieran adquirir la costumbre de vivir maravillosamente, a través del consumo desenfrenado de bienes materiales y sin necesitar para nada usar la imaginación, porque siempre había alguien que ya lo había pensado todo por nosotros.
Y cuando el dócil rebaño llegó justo dónde se esperaba, aconteció la catástrofe de forma absolutamente impredecible, empezaron a derrumbarse, una tras otra, todas las estructuras que antaño cimentaron la gloria de los buenos tiempos y caímos de bruces, de nuevo, en el abismo de las carencias más esenciales, ahora con el agravante de no haber previsto el brusco retorno a otras épocas que preferíamos no recordar.
Los Gobiernos no se habían preparado para tener que afrontar una hecatombe semejante. También ellos habían hecho demasiadas concesiones ideológicas, abandonando los principios fundamentales de su doctrina y subiendo al carro deslumbrante que los capitalistas les habían ofrecido en bandeja de plata, sin detenerse a considerar la imposibilidad de que posturas diametralmente opuestas, pudieran llegar a acerarse sin ninguna exigencia, como pago de los favores otorgados a lo largo de varios años.
En este punto, nada más fácil que empezar a apretar el lazo colocado sibilinamente alrededor de nuestro cuello y empezar requerir la devolución inmediata de aquello que sólo nos había sido prestado, siguiendo un escrupuloso guión, hasta llevarnos a un punto sin retorno.
Curiosamente, la “inesperada” crisis afectó de manera infinitamente más grave a los Estados gobernados por formaciones de izquierda, que a los regentados por partidos conservadores, que pronto empezaron a dejar atrás los efectos nocivos del desastre, como en los casos de Alemania, Francia o Italia.
Y en razón de esto, las consecuencias han sido absolutamente desiguales para los unos y los otros. La imposibilidad de hacer frente a las exigencias de los menos afectados, ha ido desgastando la maltrecha imagen de los líderes progresistas, hasta acabar colocándolos ante un paredón de fusilamiento en el que ha terminado fulminantemente su vida pública, a manos de un voto de castigo, fruto del hartazgo de sus respectivos pueblos.
Europa se ha teñido “milagrosamente” de azul y ya se encuentra preparada para recibir las propuestas de un conservadurismo triunfante que promete afrontar el futuro con mano firme hasta sacarnos del embrollo en que nos metieron los “rojos”.
Han llegado con el beneplácito de las mayorías absolutas que arrancaron a los errores de una izquierda excesivamente complaciente con sus enemigos naturales y al descontento de unas masas incapaces de relacionar partidos con ideologías y que sólo esperan sentadas que alguien arregle su frustración sin pararse a pensar por qué camino circularán los que lleguen.
Nadie podría dudar que la estrategia ha sido perfecta. La marea azul se expande por nuestros territorios con fuerzas renovadas para empezar a aplicar cuántas medidas satisfagan la voracidad de aquellos a los que realmente representan.
Sólo la inesperada aparición de los movimientos ciudadanos dificulta su gloriosa ascensión hacia la cima del poder, con sus molestas reivindicaciones de justicia social desequilibrando un partido que creían ganado desde el principio.
Por eso claman reiterativamente por frenar estas iniciativas y buscan desesperadamente motivos para reprimirlas y enterrarlas. Por nuestro bien, espero que no lo consigan.

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