jueves, 9 de junio de 2011

La carga de Valencia

Parece que se está convirtiendo en costumbre ordenar la intervención policial, cada vez que los indignados se manifiestan.
Se ha vuelto a una dureza que recuerda aquel tiempo en que todo estaba prohibido para los ciudadanos, cuando la dictadura azuzaba a sus esbirros para deshacer cualquier amago que oliera a libertad y se detenía a la gente en las calles, al menor síntoma de que su voz pudiera ser alzada en contra del régimen.
También estos movimientos molestan sobremanera a los poderes establecidos, por la sinceridad que se desprende de sus acciones y por su defensa de la verdad frente a los reiterados abusos de la clase política, que han sido el auténtico vehículo del hartazgo que sufre el pueblo soberano, por mucho que intenten hacernos creer que los que se manifiestan son grupos de revoltosos que tratan de desestabilizar el orden establecido por las leyes.
No se puede negar a los habitantes del país su derecho de reunión ni la libertad de expresarse dónde y cómo quieran, atentando gravemente contra principios fundamentales reflejados en la Constitución porque sobresaltan la oronda tranquilidad de unos representantes, que han demostrado sobradamente su despotismo y su despreocupación por los problemas cotidianos de la mayoría. Pero primero en Barcelona y ahora en Valencia, las personas han sido desalojadas de la calle a golpe de inusitada violencia y se ha tratado de acallar el grito unánime de protesta que flota en todo el territorio nacional, con obsoletos discursos que nada tienen que ver con el funcionamiento real de cualquier democracia que se precie.
Recluidos en los magníficos edificios en los que debieran cumplir sus funciones, nuestros políticos tratan desesperadamente de deshacerse de lo que consideran un problema y que no es otra cosa que la voz de su propia conciencia apelando a la razón en las plazas de las ciudades, que son el único lugar en que los individuos se sienten representados, pese a quien pese.
En otras partes, como Madrid, se dedican a calentar a los comerciantes de las zonas ocupadas, invitándoles a presentar peticiones de indemnizaciones por pérdidas en sus negocios, exigiendo al Ministerio del Interior un pronto desalojo que deje limpias las aceras de cualquier recuerdo que ponga en duda su total ineficacia en resolver los problemas que azotan a una sociedad hastiada de sufrirlos.
Hiere aún más su vanidad, el hecho de que los manifestantes sean fundamentalmente esos jóvenes que consideraban alienados por el estado de bienestar que les ofrecieron y no soportan su rebelión perfectamente organizada que ahora reclama, sin más dilación, la desaparición de cualquier privilegio adjunto al ejercicio de sus cargos, poniendo en cuestión el sentido de honradez que manifiestan tener, cada vez que se les da la oportunidad de hablar ante una cámara.
No cuentan con que la fortaleza de la juventud es inagotable y que concretamente la nuestra, al carecer de oportunidades de trabajo, almacena una gran cantidad de tiempo libre para seguir al pie del cañón en los caminos iniciados, pudiéndose permitir no dar un paso atrás en sus pretensiones, e incluso volver a reagruparse en otros lugares, si fueran expulsados de los que ahora ocupan, por los esclavos del sistema.
Los que guardamos el recuerdo triste del pasado, naturalmente, nos sumamos a esta revolución pacífica animando a nuestros hijos a seguir en la brecha, en vista de la actitud que presentan aquellos que a diario utilizan nuestra confianza para negarles un futuro al que tienen derecho.
Nos encanta que hayan heredado el espíritu combativo de sus padres y que su negativa a la rendición produzca más de un dolor de cabeza a los que, en las altas esferas, tratan de detentar el poder sobre nuestras vidas, sin contar con nuestra opinión y sin el menor respeto.
No nos importa ceder el protagonismo a las generaciones actuales, ni pasar a la reserva en este combate que procura cambiar el mundo para que todos vivamos mejor.
Cada cuál desde dónde puede y yo desde aquí, emplearemos nuestra energía en ayudar a denunciar cuántos atropellos se comentan contra nosotros y no habrá tregua para los que nos niegan, como si no fuéramos parte de la sociedad que ensucian con sus actos, ni hubiera oportunidad para vivir en el diseño desastroso que hacen para un país que nos pertenece.
Volveremos y volverán a levantarse una y otra vez, pese a quien pese. Que a nadie le quepa la menor duda.

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