Sigue esta primavera alterándonos la sangre con sus continuos cambios meteorológicos, sin dejar que empiece a entrar el verano por las ventanas de nuestras casas, como sería lo natural a la altura del mes que estamos.
Estos cambios de tiempo, pasar del calor al frío en un solo día, envueltos por el sonido ensordecedor de unas tormentas de larga duración y abundante aparato eléctrico, afectan gravemente a la salud mental del personal, sin dejar que lleven a cabo los planes previstos, como si los vientos helados que se acaban de colar por la cornisa cantábrica, devolviera a la gente a la soledad de sus casas apartándola del bullicio de las calles, por las que hasta ayer paseaban el incipiente bronceado de las primeras escapadas a la playa.
El panorama del país también parece tocado por los fenómenos atmosféricos y no acaba de alcanzar la armonía deseada, después del intenso periodo electoral vivido, manteniendo frentes abiertos entre los oponentes políticos, que no paran de hacerse acusaciones múltiples y de elucubrar sobre la conveniencia de los pactos en los municipios, siempre mirando cada cual por su beneficio y sin echar siquiera una ojeada a lo que se cuece en las plazas, que es lo verdaderamente novedoso.
Tratan de auditar los Populares las comunidades heredadas, apelando clamorosamente al estado ruinoso que encuentran, sin mencionar la situación de aquellos sitios en los que siguen mandando y que según dicen, son los más endeudados del territorio patrio, y aunque imaginamos que alguna intención oculta debe haber en el trasfondo de las acusaciones, no hay indicios de qué medidas se adoptarán cuando tomen posesión de los cargos, ni si éstas solucionarán los problemas que dejaron los anteriores.
Los que mejor lo pasan, con diferencia, son los grupos pequeños que se han convertido en la llave de los acuerdos y a los que todo el mundo anda ahora halagando y ofreciendo prebendas para que su favor se incline hacia un lugar determinado, sin reparar en lo que haya que ofrecer para conseguir el poder que otorga a veces la presencia de los pequeños, a los que nadie daba importancia.
En esta tesitura, los revoltosos nacionalistas hacen su agosto con plena consciencia de que su ayuda resulta imprescindible para que no se desnivelen cuestiones relevantes como los pactos antiterroristas o los asuntos sanitarios y exponen, cada cual arrimando el ascua a su sardina, soluciones a corto plazo que suelen pasar siempre por reuniones de alto nivel, en las que el ciudadano, de seguro, acabará perdiendo algún privilegio.
Sube Europa la oferta en las indemnizaciones para la crisis de los pepinos sin acercarse a la auténtica realidad del estropicio organizado por las acusaciones alemanas y los agricultores se dedican a repartir productos a pie de calle, dando lugar a interminables colas de jubilados que se matan por llenar la cesta de la compra de la gratuidad ofrecida, dando una imagen que siempre me pareció más cercana a la avaricia que a la necesidad.
Llegan órdenes de volver a subir el IVA. La ministra se niega. Los encargados de las finanzas dicen que no se fían de España y los fantasmas de Grecia, Irlanda y Portugal, arrastran sus cadenas en la oscuridad de la crítica noche haciendo un guiño a la piel de toro para que se una a su procesión silenciosa.
No da el sueldo de los funcionarios para más recortes ni las pensiones pueden ser estiradas hasta el infinito. Si suben los cánones de los peajes, la cesta de la compra se disparará y habrá que hacer cola de forma obligatoria allá donde repartan lo que sea, porque el poder adquisitivo estará ya a nivel de suelo y seremos, de hecho, pobres de la más estricta solemnidad.
Hace falta que llegue el verano, que cambien los vientos y que añoremos el frescor de las brisas vespertinas para dar una bien merecida tregua a nuestra locura. Que se cierre el curso político, que sus Señorías abandonen en desbandada el Parlamento y dejen de elucubrar nuevas maldades con las que martirizarnos, que se vayan de vacaciones y que olviden durante un tiempo, cualquier tipo de relación que les una a nosotros para dejarnos respirar la libertad de vivir sin su acoso permanente.
Puede que cuando vuelvan encuentren la sorpresa mayúscula de que su poder de hipnosis ya no funciona y que hemos despertado, mayoritariamente, del influjo maligno que sobre nosotros ejercieron, plantando seriamente cara a su descarada forma de manipulación y acabando con su prolongada hegemonía.
Nadie puede perderse el magnífico Otoño que nos espera.
Estos cambios de tiempo, pasar del calor al frío en un solo día, envueltos por el sonido ensordecedor de unas tormentas de larga duración y abundante aparato eléctrico, afectan gravemente a la salud mental del personal, sin dejar que lleven a cabo los planes previstos, como si los vientos helados que se acaban de colar por la cornisa cantábrica, devolviera a la gente a la soledad de sus casas apartándola del bullicio de las calles, por las que hasta ayer paseaban el incipiente bronceado de las primeras escapadas a la playa.
El panorama del país también parece tocado por los fenómenos atmosféricos y no acaba de alcanzar la armonía deseada, después del intenso periodo electoral vivido, manteniendo frentes abiertos entre los oponentes políticos, que no paran de hacerse acusaciones múltiples y de elucubrar sobre la conveniencia de los pactos en los municipios, siempre mirando cada cual por su beneficio y sin echar siquiera una ojeada a lo que se cuece en las plazas, que es lo verdaderamente novedoso.
Tratan de auditar los Populares las comunidades heredadas, apelando clamorosamente al estado ruinoso que encuentran, sin mencionar la situación de aquellos sitios en los que siguen mandando y que según dicen, son los más endeudados del territorio patrio, y aunque imaginamos que alguna intención oculta debe haber en el trasfondo de las acusaciones, no hay indicios de qué medidas se adoptarán cuando tomen posesión de los cargos, ni si éstas solucionarán los problemas que dejaron los anteriores.
Los que mejor lo pasan, con diferencia, son los grupos pequeños que se han convertido en la llave de los acuerdos y a los que todo el mundo anda ahora halagando y ofreciendo prebendas para que su favor se incline hacia un lugar determinado, sin reparar en lo que haya que ofrecer para conseguir el poder que otorga a veces la presencia de los pequeños, a los que nadie daba importancia.
En esta tesitura, los revoltosos nacionalistas hacen su agosto con plena consciencia de que su ayuda resulta imprescindible para que no se desnivelen cuestiones relevantes como los pactos antiterroristas o los asuntos sanitarios y exponen, cada cual arrimando el ascua a su sardina, soluciones a corto plazo que suelen pasar siempre por reuniones de alto nivel, en las que el ciudadano, de seguro, acabará perdiendo algún privilegio.
Sube Europa la oferta en las indemnizaciones para la crisis de los pepinos sin acercarse a la auténtica realidad del estropicio organizado por las acusaciones alemanas y los agricultores se dedican a repartir productos a pie de calle, dando lugar a interminables colas de jubilados que se matan por llenar la cesta de la compra de la gratuidad ofrecida, dando una imagen que siempre me pareció más cercana a la avaricia que a la necesidad.
Llegan órdenes de volver a subir el IVA. La ministra se niega. Los encargados de las finanzas dicen que no se fían de España y los fantasmas de Grecia, Irlanda y Portugal, arrastran sus cadenas en la oscuridad de la crítica noche haciendo un guiño a la piel de toro para que se una a su procesión silenciosa.
No da el sueldo de los funcionarios para más recortes ni las pensiones pueden ser estiradas hasta el infinito. Si suben los cánones de los peajes, la cesta de la compra se disparará y habrá que hacer cola de forma obligatoria allá donde repartan lo que sea, porque el poder adquisitivo estará ya a nivel de suelo y seremos, de hecho, pobres de la más estricta solemnidad.
Hace falta que llegue el verano, que cambien los vientos y que añoremos el frescor de las brisas vespertinas para dar una bien merecida tregua a nuestra locura. Que se cierre el curso político, que sus Señorías abandonen en desbandada el Parlamento y dejen de elucubrar nuevas maldades con las que martirizarnos, que se vayan de vacaciones y que olviden durante un tiempo, cualquier tipo de relación que les una a nosotros para dejarnos respirar la libertad de vivir sin su acoso permanente.
Puede que cuando vuelvan encuentren la sorpresa mayúscula de que su poder de hipnosis ya no funciona y que hemos despertado, mayoritariamente, del influjo maligno que sobre nosotros ejercieron, plantando seriamente cara a su descarada forma de manipulación y acabando con su prolongada hegemonía.
Nadie puede perderse el magnífico Otoño que nos espera.

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