domingo, 5 de junio de 2011

Infancias robadas

Durante más de cuarenta años, las maternidades españolas fueron regentadas por incondicionales del régimen. Todo el personal era cuidadosamente cribado en un tamiz que no permitía pasar una sola brizna de cualquier otra ideología y se acompañaba, sobre todo en las escalas de enfermería, por monjas católicas que ejercían también funciones administrativas, siempre dentro de estrictas normas de moralidad, sin compasión humana para con las supuestas pecadoras que habían tenido la mala suerte de quedar en estado.
Otorgándose una autoridad casi divina, pasaron décadas arrebatando a sus familiares cualquier bebé fruto del pecado de adulterio, hijo de la pobreza o caprichosamente elegido, para colocarlo, previo cobro de sumas de dinero cuyo destino resulta difícil aclarar, en el seno de matrimonios supuestamente bien avenidos y naturalmente, cercanos a su ideología religiosa y política.
En este sórdido entramado se mezclaban también los propios médicos que asistían a los partos y que, en muchos de los casos, certificaban la muerte de los recién nacidos dados en adopción, llegando a mostrar cadáveres congelados a las madres biológicas para paliar el dolor provocado por la falaz pérdida de sus hijos.
Ya era sabido que muchos niños fueron arrebatados a las presas republicanas durante la post guerra, cosa que debió asentar una insana costumbre de negociar espléndidamente con el material humano más débil, creando precedentes que se extendieron hasta después de la muerte del dictador.
Se pasó la mano sobre estos hechos durante la transición, considerando que la gravedad del asunto podría levantar ampollas en una sociedad ávida de justicia por los agravios sufridos, prolongando de esta manera, incomprensiblemente, esta situación hasta nuestros días, en que cientos de familias han empezado a reclamar explicaciones sobre el paradero de estos niños robados, exigiendo que su causa sea vista en los tribunales, aunque haya pasado demasiado tiempo.
Estos chavales, criados por personas que probablemente nunca les desvelaron su auténtica procedencia, seguramente están a punto de recibir una mayúscula sorpresa que les coloca en una difícil situación anímica y que ha de provocar en ellos una situación de desarraigo difícil de superar a la edad que deben tener en el momento actual.
Pero es grande la necesidad de compensación afectiva que tienen las familias vilipendiadas por la vileza de los ladrones y es de entender que sientan afán desmedido de conocer qué ha sido de aquellos que, por sangre, les pertenecen. Muchos de ellos han pasado décadas con una profunda duda sobre las extrañas muertes que nunca lo fueron, y conservando la esperanza de que sus hijos han estado en el mundo, aunque sin conocer su destino real, ni el sitio en el que se hallan ubicados.
Ahora aparece un chileno reclamando la nacionalidad española, que presenta los recibos de compra guardados por sus padres, en los que aparecen con pelos y señales las cantidades satisfechas y las firmas de los profesionales que intervinieron en la adopción, aunque no se menciona el origen de la criatura.
No podemos volver a pasar de puntillas por este asunto, obviando el profundo sufrimiento de los que pudieron haber sido padres felices y a los que se hurtó descaradamente la oportunidad de disfrutar de vínculos familiares directos a los que tenían derecho pleno.
Los niños, ahora hombres, habrán de colaborar también en el esclarecimiento de los hechos y al menos, conocer una verdad que fue enterrada sin recato junto con los féretros vacíos en los que supuestamente, reposaban sus restos.
Aún viven algunos de los doctores implicados en estos actos e incluso continúan ejerciendo la medicina libremente, como si el negro pasado profesional que arrastran no fuera a pasarles factura nunca ni se arrepintieran de su actitud monstruosa, aferrados a su propio endiosamiento.
Pero si se acaban de esclarecer las culpas, sería de esperar un castigo ejemplar para los que careciendo de conciencia, fueron capaces de decidir el futuro de estos niños desde su posición privilegiada e incontestable, amparada y premiada por una dictadura de infausto recuerdo.
Nada paga la deuda pendiente con estas familias, ni con las criaturas indefensas con las que se comerció inventándoles una nueva vida, pero es de ley que unos y otros conozcan los oscuros entresijos de esta trama para que puedan aprender a seguir adelante con su verdad, por dura que ésta sea.


1 comentario:

  1. Desgraciadamente, no creo que "los que vienen" vayan a insistir mucho en siguir abriendo la caja de Pandora. Seguramente lo tildarán de investigación electoralista de los que se fueron y los medios de comunicación contribuirán a su lento olvido mediático.
    Al menos no podrán arrebatarle la memoria a las víctimas, pero en cualquier caso jamás podrán compensarlas.

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