No le ha temblado la mano al Primer Ministro griego, a la hora de elaborar las más drásticas reformas conocidas hasta el día de hoy, en contra de los derechos de sus propios trabajadores, sentando un fatal precedente, que podría ser seguido por otros países en recesión, cuyas economías penden ahora del fino hilo tejido por los usureros que los codician.
Paga el trabajador, por enésima vez, los efectos de la crisis de la avaricia y de nuevo queda en total impunidad el sistema bancario, auténtico artífice de la ruinosa situación de los Estados, como si su negocio estuviera libre de cualquier riesgo y sus pérdidas hubieran de ser asumidas por los ciudadanos, que han de subsanar íntegramente su importe con el fruto obtenido de su trabajo y la merma de prestaciones que se habían conseguido conquistar con la lucha de nuestros antepasados.
Ni un solo líder europeo se atreve a mencionar la posibilidad de un cambio profundo, de un sistema que se ha convertido en la peor dictadura sufrida por la clase obrera, desde que abandonó los campos para afincarse en las ciudades, al amparo de una Revolución Industrial, que intentó y consiguió su explotación desde el primer momento.
Están, demasiado endeudados en la maraña del capitalismo, como para sugerir siquiera una modificación drástica de este neoliberalismo caníbal, que acabará fagocitándose el poder adquisitivo de las clases humildes, situándolas en el umbral de la pobreza, mientras se nutre de la totalidad de los beneficios que genera su esfuerzo, que ya empieza a no cubrir sus necesidades más elementales.
La voz del amo es clamorosamente exigente con los gobiernos y los que los representan han pasado a ser meros títeres sin voluntad e ideología, llevados aquí y allá por los interesados defensores de una mayor utilización del rendimiento que producen los demás.
Hemos quedado relegados al último lugar de la sociedad, convirtiéndonos en parias sin voz para los que ocupan los Parlamentos, naturalmente, sin otro poder decisorio que el que les viene dado desde el poder absoluto de los grandes capitalistas, y aguardamos aún tiempos peores, con la sola esperanza de ser capaces de producir un milagro con la fuerza pacífica de los movimientos de la calle, mientras un gigante colosal nos retuerce el cuello sin un atisbo de compasión por la situación en que nos deja.
Habría ahora que encauzar el esfuerzo de nuestra lucha en las plazas, hacia el apoyo incondicional que merece el pueblo griego, que será el primero en sufrir en carne propia el despojo casi total de derechos establecidos y fundamentales, sin que su clamorosa protesta sea tenida en cuenta por los mercaderes que lo gobiernan y que se niegan a abandonar el poco poder que manejan, a pesar de haber conducido a los suyos a la más absoluta ruina
No sirven las palmadas en la espalda de otros socios europeos ofreciendo las míseras migajas de su apoyo, ni las reuniones de las cabezas visibles del Continente, por cierto esbozando sonrisas que, para nada, se corresponden con el gravísimo periodo que atravesamos, gracias a su gestión económica, dicho sea de paso.
Se impone atajar la cuestión de raíz, segando cualquier posibilidad de que las medidas puedan ser llevadas a cabo ni en Grecia, ni en cualquier otra parte y la ciudadanía europea, debe ser un ejemplo de cohesión que no transija, bajo ningún concepto, con este nefasto precedente que abre las puertas a los demás para calcar estas imposiciones deplorables, en un futuro próximo.
No hay mayor verdad en este momento, que la distancia entre políticos y pueblo. No son nuestros representantes, aunque los hayamos elegido. Y no lo son, porque carecen de la honestidad suficiente para posicionarse al lado de la justicia y escribir una historia que favorezca a la humanidad y no a las entidades financieras que solo pretenden dominarla.
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Paga el trabajador, por enésima vez, los efectos de la crisis de la avaricia y de nuevo queda en total impunidad el sistema bancario, auténtico artífice de la ruinosa situación de los Estados, como si su negocio estuviera libre de cualquier riesgo y sus pérdidas hubieran de ser asumidas por los ciudadanos, que han de subsanar íntegramente su importe con el fruto obtenido de su trabajo y la merma de prestaciones que se habían conseguido conquistar con la lucha de nuestros antepasados.
Ni un solo líder europeo se atreve a mencionar la posibilidad de un cambio profundo, de un sistema que se ha convertido en la peor dictadura sufrida por la clase obrera, desde que abandonó los campos para afincarse en las ciudades, al amparo de una Revolución Industrial, que intentó y consiguió su explotación desde el primer momento.
Están, demasiado endeudados en la maraña del capitalismo, como para sugerir siquiera una modificación drástica de este neoliberalismo caníbal, que acabará fagocitándose el poder adquisitivo de las clases humildes, situándolas en el umbral de la pobreza, mientras se nutre de la totalidad de los beneficios que genera su esfuerzo, que ya empieza a no cubrir sus necesidades más elementales.
La voz del amo es clamorosamente exigente con los gobiernos y los que los representan han pasado a ser meros títeres sin voluntad e ideología, llevados aquí y allá por los interesados defensores de una mayor utilización del rendimiento que producen los demás.
Hemos quedado relegados al último lugar de la sociedad, convirtiéndonos en parias sin voz para los que ocupan los Parlamentos, naturalmente, sin otro poder decisorio que el que les viene dado desde el poder absoluto de los grandes capitalistas, y aguardamos aún tiempos peores, con la sola esperanza de ser capaces de producir un milagro con la fuerza pacífica de los movimientos de la calle, mientras un gigante colosal nos retuerce el cuello sin un atisbo de compasión por la situación en que nos deja.
Habría ahora que encauzar el esfuerzo de nuestra lucha en las plazas, hacia el apoyo incondicional que merece el pueblo griego, que será el primero en sufrir en carne propia el despojo casi total de derechos establecidos y fundamentales, sin que su clamorosa protesta sea tenida en cuenta por los mercaderes que lo gobiernan y que se niegan a abandonar el poco poder que manejan, a pesar de haber conducido a los suyos a la más absoluta ruina
No sirven las palmadas en la espalda de otros socios europeos ofreciendo las míseras migajas de su apoyo, ni las reuniones de las cabezas visibles del Continente, por cierto esbozando sonrisas que, para nada, se corresponden con el gravísimo periodo que atravesamos, gracias a su gestión económica, dicho sea de paso.
Se impone atajar la cuestión de raíz, segando cualquier posibilidad de que las medidas puedan ser llevadas a cabo ni en Grecia, ni en cualquier otra parte y la ciudadanía europea, debe ser un ejemplo de cohesión que no transija, bajo ningún concepto, con este nefasto precedente que abre las puertas a los demás para calcar estas imposiciones deplorables, en un futuro próximo.
No hay mayor verdad en este momento, que la distancia entre políticos y pueblo. No son nuestros representantes, aunque los hayamos elegido. Y no lo son, porque carecen de la honestidad suficiente para posicionarse al lado de la justicia y escribir una historia que favorezca a la humanidad y no a las entidades financieras que solo pretenden dominarla.
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