miércoles, 29 de junio de 2011

La última sesión




Con el profundo reflejo de la soledad escrito en la mirada, el Presidente Zapatero se ha dirigido al Congreso de los Diputados, en una última y patética tentativa de justificar su política y flanqueado por sus correligionarios más fieles, aunque no ha conseguido aminorar el aluvión de críticas del resto de la Cámara, ni recuperar un ápice de la confianza perdida, por parte de los espectadores que han querido ver la retrasmisión, ofrecida por los canales públicos a lo largo de todo el día.
Nada se ha dicho que no sepamos ya los españoles, ni tampoco se han esbozado medidas por parte de la oposición, que pudieran hacer entender un cierto desahogo para la economía de las clases populares. La reiterativa música del Partido Popular reclamando elecciones anticipadas, en un momento muy oportuno para él, no ha dado paso, como sería de esperar, a un anticipo del programa con el que piensa gobernarnos si accede al fin al trono de Moncloa y se limita a una tediosa enumeración de los errores de los otros, como suele ser habitual en cada una de sus intervenciones, sin excepción que confirme la regla.
En su línea también, los camaleónicos nacionalistas, que lo mismo critican severamente leyes y argumentos que no les favorecen, que a los diez minutos prestan su apoyo incondicional a lo que antes odiaban, sin percatarse de que quienes miramos, gozamos de memoria e inteligencia.
Llamazares, reclamando con toda la razón un mayor protagonismo en la sede parlamentaria y una nueva ley electoral que coloque a cada cual en su sitio, según el número real de votos obtenidos, e intentando que se le de mayor importancia a lo que está sucediendo en las calles, pero con poco resultado, como tristemente viene ocurriendo desde que los comunistas perdieron su fuerza, tras la marcha de Santiago Carrillo.
Rosa Diez, sin haber conseguido olvidar sus diferencias personales en política antiterrorista y en ataque directo a quien la apartó de su endiosamiento particular, aprovechando la ruinosa situación que ahora se ve obligado a soportar, para machacar al caído con cierta saña irreverente.
El cruce de miradas con su sucesor, y la seriedad del rostro del vicepresidente, resaltando la evidencia de la extrema dificultad de los tiempos y la negrura de un futuro incierto, con el que tendrá que lidiar en una carrera contra reloj, sin precedentes en las anteriores convocatorias electorales.
Nunca hubo una sesión parlamentaria con una densidad igual en el ambiente, ni un discurso más vano en boca de ningún otro presidente, desde la muerte del dictador.
Mientras, el Presidente de la Junta Andaluza, ofrece un escaño a los indignados desde el que defender las propuestas que llevan reclamando en la calle, en una tribuna más trascendente.
Pero sobra dignidad para aceptar caramelos envenenados y experiencia en distinguir engaños, después de lo vivido con la clase política que nos ha llevado a la situación que soportamos.
La sensación de que se ha desperdiciado impunemente la oportunidad de desmarcarse de las líneas dictadas por los Señores de la Economía, late con fuerza en el corazón del pueblo y habrá de pasar mucho tiempo y cambiar mucho las cosas para que olvidemos esta experiencia.
Marcharse por la puerta de atrás precipitadamente, no aporta precisamente bondad alguna a la imagen deteriorada que ya teníamos de nuestro presidente y haber allanado el camino a la derecha para que llegue al poder triunfante, es la peor traición cometida contra la clase obrera, que se haya conocido, en ningún partido socialista.
Los vanos aplausos de sus compañeros, la adulación efímera que representan, son el camino directo hacia una salida que lleva directamente a la soledad. Quizá allí pueda reflexionar Zapatero y horrorizarse con el reflejo de su propia imagen proyectada en algún espejo.

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