Un doloroso esguince de muñeca que me ha mantenido alejada del teclado de este ordenador y de
otros muchos quehaceres, me ha permitido, sin embargo, poder observar la
cantidad de cosas que suceden en una sola semana, en este mundo en el que
vivimos, sin que ninguno de nosotros les demos la menor importancia, como si
fuera normal el ritmo frenético que soporta la humanidad y que pudiera ser el
culpable de muchos de los problemas que nos acucian.
En solo siete días, Grecia se ha visto obligada a doblegarse
ante las inaceptables exigencias de la madrastra europea, truncando las
ilusiones del Gobierno de Tsipras, que creyó poder hacer frente en soledad al
Goliat despiadado que le acechaba y que ahora no sabe ni puede explicar a sus
ciudadanos su más que humillante derrota. Como si los astros se hubieran aliado
contra él y por si fueran pocas sus
desgracias, Atenas ha sido cercada por
un incendio devastador que está costando mucho controlar y cuyas imágenes
podrían ofrecer un resuman de todo lo ocurrido allí en los últimos tiempos,
bajo el titular de “Arde la cuna de la Democracia”.
Ha continuado Rajoy su carrera maratoniana hacia la campaña
de las Generales, aprobando a marchas forzadas medidas que sólo pueden
aprobarse cuando a uno le respalda una mayoría absoluta que ya pesa como una
losa, aprovechando a la vez las desgracias de los griegos para arremeter
reiteradamente contra Podemos, en un intento patético por arañar un puñado de
votos de la manera que sea, sin que como siempre, importe para nada el
sufrimiento de las personas, con tal de mantener el poder del que cuesta tanto
desprenderse, quizá porque mientras se disfrutó de él, los privilegios que
reportaba, acabaron por convertirse en imprescindibles.
El periodo vacacional, nos ha traído este año un repunte de
los accidentes en carretera, volviendo a demostrar que la prudencia está reñida
con la potencia que se adjudica a los nuevos modelos de coches, siendo como es
la velocidad, la causa principal de casi todas estas muertes.
Hemos batido esta última semana, además, todos los records de
calor, lo que nos ha obligado a vivir, al menos durante la mayor parte de los
días, aposentados bajo el alivio del aire acondicionado, añorando un respiro
climático que nos permita poder admirar el paisaje exterior, al que hemos
tenido que renunciar, por las inclemencias del tiempo.
Entretanto, las hermosas fotografías de Plutón que se daban a
conocer en las páginas de toda la prensa, conseguían hacernos soñar con esos
mundos galácticos a los que desearíamos trasladarnos a veces, pensando
ilusoriamente que al no haber sido aún tocados por la mano del hombre, habrán
de ser infinitamente mejores que esta vieja tierra que nos alberga y que hemos
maltratado con tenacidad, hasta casi agotar sus recursos.
Ahora que puedo volver a escribir, me quedo con esta última
imagen por encima de todas las demás, a las que no he podido referirme durante
esta parada forzosa.
Qué grata es la ilusión frente a la desesperanza.

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