lunes, 6 de julio de 2015

El gesto generoso


Dimite Varoufakis, a sólo unas horas de haberse celebrado el Referéndum, demostrando con su gesto de generosidad que no todos los políticos aman por encima de todo al poder y que quedan algunos capaces de anteponer el bienestar de los ciudadanos de su país, al enriquecimiento y  el prestigio propios.
Se va, tras haber luchado como un jabato por la idea de que las medidas de austeridad impuestas por Bruselas han resultado ser un fracaso y de conseguir que los griegos hayan plantado cara a la tiranía de la troika, de la única manera que puede y debe hacerse, es decir, acudiendo a las urnas para manifestar libremente lo que dicta la propia conciencia.
Se permite, con una elegancia inusual en el ambiente político que nos rodea, admitir que su permanencia en el cargo que  ocupaba podría retrasar el proceso de las negociaciones que habrá de iniciarse a partir de ahora y ceder galantemente el paso a otro que, según dice, será capaz de llevar a buen puerto la nave que los griegos tomaron ayer, por su voluntad,  haciendo frente al chantaje y al miedo.
Da con su dimisión, una lección magistral de honradez y decencia, que los demás debieran aprender obligatoriamente, incluso antes de ocupar cualquier cargo político, pues tendría que ser ley  que la ética se impusiera a la idea de la permanencia en el poder, cuando las circunstancias de un momento determinado, así lo aconsejen.
Nos deja boquiabiertos este Ministro con pinta de matón de película de Scorsese, haciendo gala de una exquisita sensibilidad que por inusual, resulta asombrosa y hace crecer en nosotros un germen de renovada confianza en que de verdad, las cosas pueden cambiar y que se dan las circunstancias y existen  las personas adecuadas para poder hacerlo.
Qué difícil sería imaginar, en esta España en la que ahora vivimos, que cualquiera de los Ministros que acompañan a Mariano Rajoy en su andadura por la vida política, imitara de pronto la actitud demostrada por Varoufakis en la gestión de este proceso, atreviéndose a presentar la dimisión ante todos los españoles, únicamente por pensar que su permanencia en el cargo perjudicaría  la buena marcha de los asuntos del Estado.
Tan difícil, que ni siquiera los gravísimos casos de corrupción que han tenido como protagonistas a miembros del PP, ni las sospechas sobre la financiación ilegal o el asunto de los sobresueldos, han conseguido mover ni un milímetro de su posición, a ninguno de los altos cargos cuya obligación hubiera sido supervisar lo que ocurría dentro de su Partido y que se han limitado a ignorar reiterativamente la evidencia de los delitos, alegando un sorprendente desconocimiento sobre todos los hechos.
Tiene Varoufakis, si comparamos, el valor añadido de no poder, por su dimisión, terminar aquello que empezó y cuyo mérito, de salir bien, le correspondería en gran parte, por su tesón en mantenerse firme en la negativa de aceptar las inadmisibles propuestas de Bruselas, dando a su pueblo la oportunidad de poder conservar al menos, la dignidad, apoyando la iniciativa del gobierno al que pertenece, de convocar un Referendum.
Irse no puede resultar nada fácil mientras se saborean las mieles de un triunfo ganado a pulso con tenacidad y menos aún, pasar a ser un mero observador de lo que pueda ocurrir a partir de ahora y que auguramos mucho menos malo de lo que hubiera sido, de ganar la propuesta de Europa.
No podemos pues, más que desearle lo mejor en su nueva andadura y agradecerle la enorme dosis de ilusión que nos ha traído, mientras ha estado al frente de su Ministerio.
Su actuación en política ha sido del todo  impecable.




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