Dimite Varoufakis, a sólo unas horas de haberse celebrado el
Referéndum, demostrando con su gesto de generosidad que no todos los políticos
aman por encima de todo al poder y que quedan algunos capaces de anteponer el
bienestar de los ciudadanos de su país, al enriquecimiento y el prestigio propios.
Se va, tras haber luchado como un jabato por la idea de que
las medidas de austeridad impuestas por Bruselas han resultado ser un fracaso y
de conseguir que los griegos hayan plantado cara a la tiranía de la troika, de
la única manera que puede y debe hacerse, es decir, acudiendo a las urnas para
manifestar libremente lo que dicta la propia conciencia.
Se permite, con una elegancia inusual en el ambiente político
que nos rodea, admitir que su permanencia en el cargo que ocupaba podría retrasar el proceso de las
negociaciones que habrá de iniciarse a partir de ahora y ceder galantemente el
paso a otro que, según dice, será capaz de llevar a buen puerto la nave que los
griegos tomaron ayer, por su voluntad, haciendo frente al chantaje y al miedo.
Da con su dimisión, una lección magistral de honradez y
decencia, que los demás debieran aprender obligatoriamente, incluso antes de
ocupar cualquier cargo político, pues tendría que ser ley que la ética se impusiera a la idea de la
permanencia en el poder, cuando las circunstancias de un momento determinado,
así lo aconsejen.
Nos deja boquiabiertos este Ministro con pinta de matón de
película de Scorsese, haciendo gala de una exquisita sensibilidad que por
inusual, resulta asombrosa y hace crecer en nosotros un germen de renovada
confianza en que de verdad, las cosas pueden cambiar y que se dan las
circunstancias y existen las personas
adecuadas para poder hacerlo.
Qué difícil sería imaginar, en esta España en la que ahora
vivimos, que cualquiera de los Ministros que acompañan a Mariano Rajoy en su
andadura por la vida política, imitara de pronto la actitud demostrada por Varoufakis
en la gestión de este proceso, atreviéndose a presentar la dimisión ante todos
los españoles, únicamente por pensar que su permanencia en el cargo perjudicaría
la buena marcha de los asuntos del Estado.
Tan difícil, que ni siquiera los gravísimos casos de
corrupción que han tenido como protagonistas a miembros del PP, ni las
sospechas sobre la financiación ilegal o el asunto de los sobresueldos, han
conseguido mover ni un milímetro de su posición, a ninguno de los altos cargos
cuya obligación hubiera sido supervisar lo que ocurría dentro de su Partido y
que se han limitado a ignorar reiterativamente la evidencia de los delitos,
alegando un sorprendente desconocimiento sobre todos los hechos.
Tiene Varoufakis, si comparamos, el valor añadido de no
poder, por su dimisión, terminar aquello que empezó y cuyo mérito, de salir
bien, le correspondería en gran parte, por su tesón en mantenerse firme en la
negativa de aceptar las inadmisibles propuestas de Bruselas, dando a su pueblo
la oportunidad de poder conservar al menos, la dignidad, apoyando la iniciativa
del gobierno al que pertenece, de convocar un Referendum.
Irse no puede resultar nada fácil mientras se saborean las
mieles de un triunfo ganado a pulso con tenacidad y menos aún, pasar a ser un
mero observador de lo que pueda ocurrir a partir de ahora y que auguramos mucho
menos malo de lo que hubiera sido, de ganar la propuesta de Europa.
No podemos pues, más que desearle lo mejor en su nueva
andadura y agradecerle la enorme dosis de ilusión que nos ha traído, mientras
ha estado al frente de su Ministerio.
Su actuación en política ha sido del todo impecable.

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