Lo peor de todas estas tramas de corrupción que están
apareciendo a diario, no está sólo en la cantidad de capitales que se ha
sustraído a los españoles a través de ellas, sino en la amarga sensación de que
una multitud de nuestros representantes políticos ni siquiera poseían los
mínimos valores fundamentales que se necesitan tener, para alcanzar la
categoría de persona.
Los comentarios provenientes de las conversaciones
telefónicas que estos individuos han venido manteniendo entre ellos, mientras
saqueaban las arcas del País, dan una idea de la catadura moral que toda esta
suerte de arribistas, sin ideología, sin pundonor y sin vergüenza poseen y no
se explica cómo nadie, desde la dirección de sus Partidos, no ha
investigado sobre su antiguo proceder,
antes de colocarles en las listas que les permitían acceder a un puesto de
responsabilidad, que después utilizaron para un enriquecimiento personal
descarado y soez, perjudicando gravemente la
solvencia de todo el Estado.
No hay más que oír atentamente los diálogos que
intercambiaban, el tono siempre rayano
en la grosería con que se refieren en ellos a sus “benefactores” y el desprecio
que demuestran hacia las obligaciones propias de sus cargos, para comprender
inmediatamente que con individuos así, no es de extrañar que hayamos caído en
el pozo sin fondo del que tanto trabajo nos está costando salir y que nos ha
colocado en una situación de emergencia que debemos, literalmente, a esta mafia
encubierta que ha ocupado los sillones de las Instituciones.
En el caso del Partido Popular, que vuelve estos días a
enfrentarse a nuevas investigaciones relacionadas con la trama Púnica, parece
del todo imposible que todas estas atrocidades hayan venido sucediendo durante
más de veinte años, sin que ninguno de los que han formado parte de los
gobiernos de José María Áznar y ahora de Mariano Rajoy, se hayan percatado de
las actividades de toda esta interminable lista de corruptos, que en muchísimas
veces se movían en los círculos más cercanos a la Presidencia, como puede ser
el caso de Bárcenas.
Parece evidente que estos círculos de corrupción, cercan cada
vez más a la isla aparentemente “impoluta” de los órganos del poder,
salpicándolos casi a diario con una sombra cada vez más grande de pura sospecha
y que a pesar de alegar constantemente un
total desconocimiento de todos los hechos, la verdad trata de abrirse
paso entre unas excusas que empiezan a sonar increíbles y que deterioran aún
más, si cabe, la mala imagen que el pueblo tiene ya de estos dirigentes.
El hecho de que todas las investigaciones apunten además, a
una financiación ilegal de Campañas Electorales, Congresos y Actos, celebrados
en toda España, tampoco ayuda a que los populares consigan convencer de su
inocencia a una población que en general, padece directamente los efectos de
las medidas tomadas bajo su mandato, para gestionar esta crisis.
La coincidencia de esta serie de Celebraciones, de costo
millonario, con la pérdida generalizada de poder adquisitivo que ha sufrido la
Sociedad y con la supresión de tantos y tantos derechos sociales de los que
disfrutábamos con anterioridad, no pueden, sino generar en nosotros, una
profunda repugnancia difícil de olvidar, de cara a próximos Comicios.
Muchas explicaciones tendría que ofrecer el PP para conseguir
convencernos de su tan cacareada inocencia, aunque a causa de la mayoría
absoluta que consiguió, de momento, se está librando de tener que hacerlo.
La táctica de mirar a otro lado, el hecho de declarar ahora,
con las generales encima, su sentimiento de vergüenza, ni cambia el curso de la
negra historia que bajo su mandato hemos vivido, ni redime a los estafadores
del bien público, ni logra borrar el hecho de que fueron sus militantes más
predilectos.
La podredumbre de esta clase de políticos, que se ha instalado
entre nosotros con el único objetivo de saquear al País, no nos deja otra
alternativa más que la de apartarles a través de las urnas de nuestras vidas,
desear que no vuelvan nunca y luchar para que la justicia funcione con dureza,
haciéndoles pagar hasta el último de sus delitos y obligándoles a devolver, por
supuesto, el inmenso capital que nos robaron, a cara descubierta y mofándose
descaradamente de todos y cada uno de nosotros.

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