Precisamente cuando el juez Ruz parece haber hallado indicios
de la financiación ilegal del PP, salta a la palestra la impenitente Esperanza
Aguirre, esta vez, como protagonista de una infracción de tráfico que terminó
según los agentes sancionadores, con una fuga de la ex Presidenta madrileña,
pero que la coloca de nuevo en el candelero informativo, consiguiendo captar la
atención de unos periodistas que seguramente harían mucho mejor su labor si se
adentraran ahora que pueden, en los entresijos de ocurrido en Génova, en vez de
especular con un incidente que tiene la importancia que tiene y que eso sí,
demuestra que Aguirre incurre como siempre, en un grave pecado de prepotencia.
Es verdad que aparcar
en el carril Bus de la Gran Vía, obstaculizando el enorme tráfico que por allí
discurre es, a todas luces, una infracción contra el código de la circulación y
que merece la sanción impuesta por los agentes sea quién sea el autor del delito
y cierto es que no ha lugar a la protesta y posterior fuga de la ex Presidenta
y mucho menos a los comentarios ofensivos que ha venido vertiendo en los medios
sobre los agentes de movilidad y la policía, ahora que han actuado contra ella
y no contra manifestantes ni perro flautas, de esos a los que suele aludir
Aguirre, cuando pide mayor contundencia policial a la hora de controlarlos.
También es cierto que no por ser quién es ha de tener mayor
peso su palabra que la de los agentes, que no han hecho otra cosa que cumplir
cabalmente con su obligación, puesto que la misma protagonista de los hechos
confesaba haber aparcado en zona prohibida, aunque después difería de la
versión oficial negando haberse fugado, a pesar de que en su huída rozó una de
las motos de los policías y a punto estuvo de atropellar a quien la pilotaba.
Pero este rifirrafe tenga quién tenga la razón, no puede ni
debe convertirse en tema obligado de todos los debates televisivos, ni ocupar
las primeras páginas de los periódicos como si de una emergencia nacional se
tratara, pues ya se encargará la ley de dilucidar si la ex Presidenta incurrió
en qué delitos y de aplicarle las sanciones que correspondan, en caso de
probarse su culpabilidad en los hechos denunciados por los agentes.
Lo verdaderamente importante estos días, sigue siendo si
puede probarse la existencia de sobresueldos en negro en el PP y si ese delito
fiscal pudiera traer consigo la inmediata imputación de todos sus
protagonistas, a saber, de cuántos figuran en los famosos papeles de Bárcenas,
ahora en posesión del juez.
Porque si es así, no se puede olvidar que uno de esos nombres
corresponde nada menos que al Presidente del gobierno y que no aparece allí
reflejado una vez, sino muchas, como perceptor de cantidades provenientes de
los donativos forzosos ofrecidos por determinados empresarios, favorecidos
después con la adjudicación de obras públicas que les reportaron pingues
beneficios.
Si esto llegara a probarse, mucho descaro tendría Rajoy si
pretendiera mantenerse en su puesto como si nada hubiera pasado, siendo su
presunto delito una forma de corrupción que, encima, chocaría frontalmente con
el sacrificio que ha venido exigiendo a la totalidad de unos ciudadanos, a los
que su política de recortes ha colocado al borde de un abismo insalvable, amén
de privarles de gran parte de sus bien ganados derechos.
Y es precisamente la gravedad de este asunto el que activa el
mecanismo de los malos pensamientos y hace que una se pregunte si la infracción
de Aguirre no habrá sido hecha adrede, para desviar la atención mediática de lo
ocurrido entre las paredes de la sede del PP y otras cuestiones, como la de la
Gurtel, que afectan directamente a los populares y en particular, al gobierno
madrileño que presidió Aguirre, tan implicado en el segundo de los casos.
A los ciudadanos ya no nos extraña nada y para que quede
constancia de que también nosotros somos capaces de imaginar cuál pudiera ser
el trasfondo de determinados asuntos, lo decimos. Y lo peor, es que acertamos
casi siempre.

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