domingo, 27 de abril de 2014

Igual que hace mil años


Mientras en Roma se santifica a los dos Papas más carismáticos de toda la historia de la Iglesia, en una ceremonia que por su ritual, parece sacada de otro tiempo, vientos de guerra cada vez más violentos soplan sobre el entorno de Ucrania, colocando al resto del mundo en la difícil situación de tener que elegir nuevamente entre los dos grandes bloques que acapararon mayor protagonismo, en la segunda mitad del siglo XX.
Esta coincidencia en el tiempo de dos ceremoniales de lo espiritual y lo material, escrupulosamente preparados por sus respectivos organizadores, con toda la solemnidad que exige la importancia que da cada cual a la batalla que libra con la intención de acarrearse adeptos, ofrece al espectador neutral, sin embargo, una visión esperpéntica de dos enfoques desmesurados de una misma realidad, en la que nos vemos obligados a vivir, incluso teniendo que hacerlo rodeados de espectáculos como éstos.
El boato de las cabezas coronadas en primera fila de los actos de santificación, con la decadencia que supone la permanencia de estas instituciones en los tiempos que corren y las continuas demostraciones de fuerza exhibidas sin pudor  por los líderes de mayor peso político de Oriente y Occidente, son a la vez,  dos caras de una misma moneda, que resulta ser la de curso legal que nos es impuesta por una concepción del Mundo que entre todos hemos creado y que se ha convertido en una especie de Leviatán, que se ha hecho con nuestra voluntad sin permitirnos una sola salida por la que dignificar nuestra especie.
Atónitos ante lo que vemos, los hombres y mujeres de hoy no acabamos de comprender cómo hemos podido llegar a este punto y menos aún, como sin quererlo, somos arrastrados por estas corrientes populistas que nos llevan y nos traen por caminos que seguramente, jamás hubiéramos elegido.
Y sin embargo, la convivencia inexplicable de fenómenos como éstos, sobreviven al paso de las épocas repitiéndose periódicamente, como si no hubiéramos avanzado nada y nuestra inteligencia de seres racionales hubiera quedado anclada en las costumbres del Medioevo, incapaz de avanzar al mismo tiempo que la ciencia, como sumida en una niebla inexpugnable de oscurantismo.
Los Dioses y la Guerra, siguen condicionando nuestros pasos para crear nuestra propia historia y continúan constituyendo la peor de las amenazas para obtener un crecimiento en libertad, como sería lo natural, en esta época contemporánea.
Ritos ancestrales, que solo han cambiado en la imagen que ofrecen a quienes los contemplan, pues el marketing es la base de todo negocio, se perpetúan en el devenir de una humanidad, incapaz todavía de deshacerse de la desazón que le sigue provocando su propio miedo a cualquier clase de muerte.
Así, una vez que percibimos alguna amenaza que pueda perturbar nuestra deseada tranquilidad, apoyarnos en el consuelo que ofrecen las religiones y creer que paliaremos de algún modo la terrible soledad en que nos encontraremos cuando llegue nuestro final inevitable, se convierte en una frágil tabla de supuesta salvación, sobre la que ilusoriamente prolongar nuestra estancia en la tierra.
Y si lo que sentimos amenazado es ese arraigo territorial que sutilmente se nos ha venido inculcando desde tiempos inmemoriales, para convertirnos en defensores a ultranza de las líneas imaginarias que constituyen las fronteras, el paso para transformarnos en soldados y lo que ello conlleva, acaba por ser  dado, incluso con el orgullo de estar haciendo lo que uno debe, sin que se sepa muy bien quién estableció este principio y con qué fin real fue ideado, allá en la lejanía de los tiempos.
Pero lo cierto es que ambas cosas mueven multitudes y que la estupidez humana no ha conseguido aún saber decir que no a estos mensajes obsoletos.
Aquí seguimos, en el mismo sitio que hace mil años. Rindiendo pleitesía a los Papas y a los Reyes.


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