Mientras en Roma se santifica a los dos Papas más
carismáticos de toda la historia de la Iglesia, en una ceremonia que por su
ritual, parece sacada de otro tiempo, vientos de guerra cada vez más violentos
soplan sobre el entorno de Ucrania, colocando al resto del mundo en la difícil
situación de tener que elegir nuevamente entre los dos grandes bloques que
acapararon mayor protagonismo, en la segunda mitad del siglo XX.
Esta coincidencia en el tiempo de dos ceremoniales de lo
espiritual y lo material, escrupulosamente preparados por sus respectivos
organizadores, con toda la solemnidad que exige la importancia que da cada cual
a la batalla que libra con la intención de acarrearse adeptos, ofrece al
espectador neutral, sin embargo, una visión esperpéntica de dos enfoques
desmesurados de una misma realidad, en la que nos vemos obligados a vivir,
incluso teniendo que hacerlo rodeados de espectáculos como éstos.
El boato de las cabezas coronadas en primera fila de los
actos de santificación, con la decadencia que supone la permanencia de estas
instituciones en los tiempos que corren y las continuas demostraciones de
fuerza exhibidas sin pudor por los
líderes de mayor peso político de Oriente y Occidente, son a la vez, dos caras de una misma moneda, que resulta ser
la de curso legal que nos es impuesta por una concepción del Mundo que entre
todos hemos creado y que se ha convertido en una especie de Leviatán, que se ha
hecho con nuestra voluntad sin permitirnos una sola salida por la que
dignificar nuestra especie.
Atónitos ante lo que vemos, los hombres y mujeres de hoy no
acabamos de comprender cómo hemos podido llegar a este punto y menos aún, como
sin quererlo, somos arrastrados por estas corrientes populistas que nos llevan
y nos traen por caminos que seguramente, jamás hubiéramos elegido.
Y sin embargo, la convivencia inexplicable de fenómenos como
éstos, sobreviven al paso de las épocas repitiéndose periódicamente, como si no
hubiéramos avanzado nada y nuestra inteligencia de seres racionales hubiera
quedado anclada en las costumbres del Medioevo, incapaz de avanzar al mismo
tiempo que la ciencia, como sumida en una niebla inexpugnable de oscurantismo.
Los Dioses y la Guerra, siguen condicionando nuestros pasos
para crear nuestra propia historia y continúan constituyendo la peor de las
amenazas para obtener un crecimiento en libertad, como sería lo natural, en
esta época contemporánea.
Ritos ancestrales, que solo han cambiado en la imagen que
ofrecen a quienes los contemplan, pues el marketing es la base de todo negocio,
se perpetúan en el devenir de una humanidad, incapaz todavía de deshacerse de
la desazón que le sigue provocando su propio miedo a cualquier clase de muerte.
Así, una vez que percibimos alguna amenaza que pueda
perturbar nuestra deseada tranquilidad, apoyarnos en el consuelo que ofrecen
las religiones y creer que paliaremos de algún modo la terrible soledad en que
nos encontraremos cuando llegue nuestro final inevitable, se convierte en una
frágil tabla de supuesta salvación, sobre la que ilusoriamente prolongar
nuestra estancia en la tierra.
Y si lo que sentimos amenazado es ese arraigo territorial que
sutilmente se nos ha venido inculcando desde tiempos inmemoriales, para
convertirnos en defensores a ultranza de las líneas imaginarias que constituyen
las fronteras, el paso para transformarnos en soldados y lo que ello conlleva,
acaba por ser dado, incluso con el
orgullo de estar haciendo lo que uno debe, sin que se sepa muy bien quién
estableció este principio y con qué fin real fue ideado, allá en la lejanía de
los tiempos.
Pero lo cierto es que ambas cosas mueven multitudes y que la
estupidez humana no ha conseguido aún saber decir que no a estos mensajes
obsoletos.
Aquí seguimos, en el mismo sitio que hace mil años. Rindiendo
pleitesía a los Papas y a los Reyes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario