El asalto a la casa de Bárcenas por el falso cura, se salda
con una sentencia de 22 años de prisión, que podrían quedar en 18, una pena
mayor que la impuesta, por ejemplo, al asesino confeso de la joven Marta del
Castillo.
Este caso, juzgado en tiempo record y sospechosamente
relacionado con la truculenta trama que rodea las peripecias del ex tesorero
del PP, no parece esclarecer, sin embargo, los motivos que llevaron al
asaltante a cometer el delito y abandona definitivamente que los hechos se
produjeran como medida de presión, para que Bárcenas no revelara la totalidad
de sus secretos.
Sin embargo, sorprende la dureza de la sentencia, si se
compara con otras muchas de las que se dictan últimamente y que tienen que ver casi siempre con delitos fiscales que
son, en cierto modo también, un asalto contra las arcas del Estado,
perjudicando seriamente el bienestar de todos los españoles.
No hay más que mirar, por ejemplo, el tiempo que se lleva
instruyendo el caso de la Gurtel, que va ya para cinco años, o el del propio
yerno del Rey, para dudar de que se aplique el mismo criterio a la hora de
valorar según qué delitos, en esta justicia nuestra.
Así, no es raro que extrañe que el asunto del que hablamos
haya sido, en apenas unos meses, instruido, juzgado y sentenciado, mientras los
otros parecen eternizarse en los juzgados, sin que ni siquiera vayamos sabiendo
qué tipo de avances va haciendo la justicia en relación con ellos y sin atisbos
de que vayan a terminar próximamente, como sería lo más deseable.
Y sin embargo aquí, sin que en el asalto al domicilio de
Bárcenas se consiguiera el propósito de robar nada, ni se practicara más
violencia que las de las amenazas vertidas sobre la familia del ex tesorero,
todo se desarrolla con una premura inaudita
y el máximo peso de la Ley cae sobre el delincuente como si se tratara de un
asesino, como si se intentara terminar con el caso cuanto antes, no se sabe si
con la intención de cerrar definitivamente este determinado capítulo.
¿Por qué? Probablemente nunca lo sabremos, pero si nos
quedamos con la hipótesis perfectamente posible de que el asaltante hubiera
sido enviado por alguien al domicilio del ex tesorero, con el propósito de
amedrentar a su familia para imponer la Ley del silencio, la diligencia en
terminar con el asunto, podría cobrar un sentido mucho más lógico.
Si el falso cura hubiera dispuesto sin ser sentenciado de
mucho más tiempo y siempre en el caso hipotético de que hubiera detrás de su
delito, alguien con mucho más renombre que este esperpéntico personaje, quizá
podría haber caído en la tentación de revelar algún inconfesable secreto y por
tanto, comprometer a alguien que a todas luces, intenta permanecer en la sombra.
Pero de lo que allí
pasó y de cómo se desarrollaron los hechos, solo podría hablar la familia de
Bárcenas y quizá, si existieron otras razones, que las hasta ahora expuestas,
opta por no hacerlo.
Que el ex tesorero ha debido estar recibiendo presiones de
todo tipo y grandes, parece un hecho cierto. Y que de lo que diga podría depender
incluso, la estabilidad en el poder de todo un gobierno, nadie lo duda ya, a
estas alturas de la película.
Así que solo de él depende lo que conviene declarar sobre el
incidente, sobre todo si desde prisión comprendió aquel aciago día, que poco
podía hacer por garantizar el bienestar de los suyos, si había resultado tan
fácil llegar hasta ellos.
De momento, caso cerrado. La justicia, con prisa, se ha
encargado de ello.

No hay comentarios:
Publicar un comentario