jueves, 24 de abril de 2014

Esta justicia nuestra


El asalto a la casa de Bárcenas por el falso cura, se salda con una sentencia de 22 años de prisión, que podrían quedar en 18, una pena mayor que la impuesta, por ejemplo, al asesino confeso de la joven Marta del Castillo.
Este caso, juzgado en tiempo record y sospechosamente relacionado con la truculenta trama que rodea las peripecias del ex tesorero del PP, no parece esclarecer, sin embargo, los motivos que llevaron al asaltante a cometer el delito y abandona definitivamente que los hechos se produjeran como medida de presión, para que Bárcenas no revelara la totalidad de sus secretos.
Sin embargo, sorprende la dureza de la sentencia, si se compara con otras muchas de las que se dictan últimamente y que tienen  que ver casi siempre con delitos fiscales que son, en cierto modo también, un asalto contra las arcas del Estado, perjudicando seriamente el bienestar de todos los españoles.
No hay más que mirar, por ejemplo, el tiempo que se lleva instruyendo el caso de la Gurtel, que va ya para cinco años, o el del propio yerno del Rey, para dudar de que se aplique el mismo criterio a la hora de valorar según qué delitos, en esta justicia nuestra.
Así, no es raro que extrañe que el asunto del que hablamos haya sido, en apenas unos meses, instruido, juzgado y sentenciado, mientras los otros parecen eternizarse en los juzgados, sin que ni siquiera vayamos sabiendo qué tipo de avances va haciendo la justicia en relación con ellos y sin atisbos de que vayan a terminar próximamente, como sería lo más deseable.
Y sin embargo aquí, sin que en el asalto al domicilio de Bárcenas se consiguiera el propósito de robar nada, ni se practicara más violencia que las de las amenazas vertidas sobre la familia del ex tesorero, todo  se desarrolla con una premura inaudita y el máximo peso de la Ley cae sobre el delincuente como si se tratara de un asesino, como si se intentara terminar con el caso cuanto antes, no se sabe si con la intención de cerrar definitivamente este determinado capítulo.
¿Por qué? Probablemente nunca lo sabremos, pero si nos quedamos con la hipótesis perfectamente posible de que el asaltante hubiera sido enviado por alguien al domicilio del ex tesorero, con el propósito de amedrentar a su familia para imponer la Ley del silencio, la diligencia en terminar con el asunto, podría cobrar un sentido mucho más lógico.
Si el falso cura hubiera dispuesto sin ser sentenciado de mucho más tiempo y siempre en el caso hipotético de que hubiera detrás de su delito, alguien con mucho más renombre que este esperpéntico personaje, quizá podría haber caído en la tentación de revelar algún inconfesable secreto y por tanto, comprometer a alguien que a todas luces, intenta  permanecer en la sombra.
 Pero de lo que allí pasó y de cómo se desarrollaron los hechos, solo podría hablar la familia de Bárcenas y quizá, si existieron otras razones, que las hasta ahora expuestas, opta por no hacerlo.
Que el ex tesorero ha debido estar recibiendo presiones de todo tipo y grandes, parece un hecho cierto. Y que de lo que diga podría depender incluso, la estabilidad en el poder de todo un gobierno, nadie lo duda ya, a estas alturas de la película.
Así que solo de él depende lo que conviene declarar sobre el incidente, sobre todo si desde prisión comprendió aquel aciago día, que poco podía hacer por garantizar el bienestar de los suyos, si había resultado tan fácil llegar hasta ellos.
De momento, caso cerrado. La justicia, con prisa, se ha encargado de ello.


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