Cuando los españoles
miramos el espejo donde están reflejadas las gravísimas consecuencias
que nos ha traído esta crisis y nos indignamos con la actuación que nuestros
políticos están protagonizando, sin ningún resultado evidente que nos permita
ir saliendo del pozo, quizá perdemos la perspectiva global de lo que está
ocurriendo en el resto del mundo, ensimismados como estamos, en solventar
nuestros propios problemas.
Han de llegar imágenes como las de los subsaharianos
encaramados, durante horas, en las vallas de las fronteras de Ceuta y Melilla,
para tener que admitir sin paliativos, que en otras partes de este planeta hay
gente que lo está pasando mucho peor y a quiénes se les niega además, toda
posibilidad, por mínima que sea, de poder cambiar el rumbo de sus vidas.
No piden estos ciudadanos, hechos de la misma carne y piel
que nosotros, nada más que poder traspasar la línea que los aleja de una
miseria desconocida para cualquiera de nosotros e incluso, en muchos casos, de
una muerte cierta, a causa de los gravísimos problemas políticos que se padecen
en el África que dejamos como herencia los europeos, cuando tras esquilmar sus
recursos, la abandonamos a su suerte.
Y esa línea en forma de frontera, tras la que para ellos está
el paraíso donde respirar con tranquilidad, lejos de las insoportables
condiciones en las que se han visto obligados a sobrevivir, se les cierra
sistemáticamente, estableciendo con toda rotundidad unas diferencias
inexplicables entre personas iguales, sólo con el argumento de proteger unas
zonas territoriales que una ley escrita por otros hombres, señala como
nuestras.
Pero por mucho que cerremos los ojos, por mucho que
intentemos apartar de nuestra mente la crudeza de la realidad que se ha
convertido en cotidiana para los habitantes de Ceuta y Melilla, el intento
masivo que cada amanecer protagonizan estas personas se convierte en la voz que
zahiere nuestras conciencias, recordándonos por si lo habíamos olvidado, que
una infelicidad mucho mayor que la nuestra, existe.
Las medidas disuasorias que se siguen adoptando como única
salida a este problema, difícilmente conseguirán parar a quienes sin tener nada
que perder, ya tengan decidido que poco o nada importa su vida, si han de
seguir estando en medio de la desolación que caracteriza a los lugares en los
que nacieron.
Así que el cierre de puertas, las concertinas y los muros,
por muy altos que quieran construirlos quienes ahora nos gobiernan, no serán
más que una manera de demostrar que una parte del mundo es capaz de negar la
esperanza a otra mucho menos afortunada en cuestión de riqueza, que se niega a
creer que los seres humanos hayan hecho de la deshumanización un modo de
entender la política, en lugar de considerar prioritariamente establecer unos
principios de igualdad social, entre todos los habitantes del mismo planeta.
Mirar hacia el sur ha de ser una obligación necesaria, al
menos para todos los que defendemos la teoría de que todos tenemos los mismos
derechos y por tanto, a la vez que se lucha por evitar la pérdida de los mismos
que nos están regalando nuestros gobernantes, habrá que intentar que quienes
nunca tuvieron ninguno, puedan llegar a alcanzar los niveles que nosotros
gozamos desde hace tanto tiempo.
El Mundo y Europa en particular, tendrán que plantearse que
el grito desesperado de África requiere una respuesta y que es un deber
ofrecérsela en forma de una ayuda que pase por enseñar a los países a
administrar y repartir sus propios recursos.
¿Qué esto depende de la Educación? Pues habrá que educar,
pero primero, habrá que terminar con el hambre y acoger a los vienen con los
brazos abiertos.

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