lunes, 7 de abril de 2014

Los que esperan el salto


Cuando los españoles  miramos el espejo donde están reflejadas las gravísimas consecuencias que nos ha traído esta crisis y nos indignamos con la actuación que nuestros políticos están protagonizando, sin ningún resultado evidente que nos permita ir saliendo del pozo, quizá perdemos la perspectiva global de lo que está ocurriendo en el resto del mundo, ensimismados como estamos, en solventar nuestros propios problemas.
Han de llegar imágenes como las de los subsaharianos encaramados, durante horas, en las vallas de las fronteras de Ceuta y Melilla, para tener que admitir sin paliativos, que en otras partes de este planeta hay gente que lo está pasando mucho peor y a quiénes se les niega además, toda posibilidad, por mínima que sea, de poder cambiar el rumbo de sus vidas.
No piden estos ciudadanos, hechos de la misma carne y piel que nosotros, nada más que poder traspasar la línea que los aleja de una miseria desconocida para cualquiera de nosotros e incluso, en muchos casos, de una muerte cierta, a causa de los gravísimos problemas políticos que se padecen en el África que dejamos como herencia los europeos, cuando tras esquilmar sus recursos, la abandonamos a su suerte.
Y esa línea en forma de frontera, tras la que para ellos está el paraíso donde respirar con tranquilidad, lejos de las insoportables condiciones en las que se han visto obligados a sobrevivir, se les cierra sistemáticamente, estableciendo con toda rotundidad unas diferencias inexplicables entre personas iguales, sólo con el argumento de proteger unas zonas territoriales que una ley escrita por otros hombres, señala como nuestras.
Pero por mucho que cerremos los ojos, por mucho que intentemos apartar de nuestra mente la crudeza de la realidad que se ha convertido en cotidiana para los habitantes de Ceuta y Melilla, el intento masivo que cada amanecer protagonizan estas personas se convierte en la voz que zahiere nuestras conciencias, recordándonos por si lo habíamos olvidado, que una infelicidad mucho mayor que la nuestra, existe.
Las medidas disuasorias que se siguen adoptando como única salida a este problema, difícilmente conseguirán parar a quienes sin tener nada que perder, ya tengan decidido que poco o nada importa su vida, si han de seguir estando en medio de la desolación que caracteriza a los lugares en los que nacieron.
Así que el cierre de puertas, las concertinas y los muros, por muy altos que quieran construirlos quienes ahora nos gobiernan, no serán más que una manera de demostrar que una parte del mundo es capaz de negar la esperanza a otra mucho menos afortunada en cuestión de riqueza, que se niega a creer que los seres humanos hayan hecho de la deshumanización un modo de entender la política, en lugar de considerar prioritariamente establecer unos principios de igualdad social, entre todos los habitantes del mismo planeta.
Mirar hacia el sur ha de ser una obligación necesaria, al menos para todos los que defendemos la teoría de que todos tenemos los mismos derechos y por tanto, a la vez que se lucha por evitar la pérdida de los mismos que nos están regalando nuestros gobernantes, habrá que intentar que quienes nunca tuvieron ninguno, puedan llegar a alcanzar los niveles que nosotros gozamos desde hace tanto tiempo.
El Mundo y Europa en particular, tendrán que plantearse que el grito desesperado de África requiere una respuesta y que es un deber ofrecérsela en forma de una ayuda que pase por enseñar a los países a administrar y repartir sus propios recursos.

¿Qué esto depende de la Educación? Pues habrá que educar, pero primero, habrá que terminar con el hambre y acoger a los vienen con los brazos abiertos.

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