lunes, 28 de abril de 2014

Capitanes intrépidos


Desde que el honor desapareció del todo de nuestro vocabulario rutinario y a la mayoría de los mortales poco o nada les importa salvaguardarlo, ni a los ojos de los demás ni a los propios, muchas de las buenas acciones que ya se daban por sentadas cuando uno decidía dedicarse a determinados oficios, han terminado por desaparecer por el mismo desagüe por el que se han ido marchando otros muchos valores.
Un ejemplo claro de que lo que digo es verdad puede verse palpablemente en la actitud adoptada por los dos capitanes de barco que en los últimos tiempos han sufrido dos grandes naufragios.
Tanto en Italia como en Corea, estos dos individuos cuyas biografías no conocemos, pero que presumiblemente nunca habían tenido que enfrentarse antes a una tragedia semejante, han sido precisamente, los primeros en abandonar su barco en cuanto se han dado cuenta de que se iba a pique, sin que les haya importado absolutamente nada el negro destino que aguardaba a las que después se han convertido en víctimas mortales de los sucesos.
Aquellos capitanes intrépidos, cuya imagen ha sido tantas veces ensalzada a través de la literatura y el cine y que existieron en realidad, aunque no conozcamos sus nombres, parecen haber abandonado el compromiso tácitamente adquirido cuando se les encomendó el gobierno de sus barcos  y se han convertido, no se sabe por qué razón, en redomados cobardes carentes de principios, que se lanzan al mar al grito de sálvese quien pueda, olvidando completamente las supuestas obligaciones de su rango.
Sin aparentes remordimientos por la numerosísima pérdida de vidas, que bien ha podido deberse directamente al abandono del timón de las naves, incluso son capaces de aparecer en público sin ningún tipo de afectación, como si en el naufragio al que dieron la espalda no se hubiera hundido también su honor, quizá porque nunca lo tuvieron, como después ha quedado en evidencia.
Y sin embargo, esta palabra de connotaciones hermosísimas, que a veces ha sido criticada por la exagerada pose de determinados individuos en su aplicación, sigue siendo absolutamente necesaria a la hora de resolver situaciones extremadamente delicadas, como estas que nos ocupan, si se quiere conservar la idea de que los hombres continuamos moviéndonos en la actualidad, también de manera altruista.
Así, salvar el honor cuando todo parece perdido, igual que conservar  la dignidad y la validez de la palabra dada sin que sean necesarios documentos que la certifiquen, puede llegar a ser la única satisfacción que nos quede para conseguir mantener la paz interior que todos necesitamos para vivir una existencia llevadera, sin conflictos morales que perjudiquen nuestra  estabilidad mental, en este mundo que habitamos.
Por eso la pérdida de valores, tan significativa hoy, no deja de ser una gravísima lesión que nos infringimos a nosotros mismos y por ende, a una sociedad que ahora más que nunca, precisa de la conservación de estas leyes no escritas, si no quiere que pronto se conviertan en irrecuperables.   




No hay comentarios:

Publicar un comentario