Desde que el honor desapareció del todo de nuestro
vocabulario rutinario y a la mayoría de los mortales poco o nada les importa
salvaguardarlo, ni a los ojos de los demás ni a los propios, muchas de las
buenas acciones que ya se daban por sentadas cuando uno decidía dedicarse a
determinados oficios, han terminado por desaparecer por el mismo desagüe por el
que se han ido marchando otros muchos valores.
Un ejemplo claro de que lo que digo es verdad puede verse
palpablemente en la actitud adoptada por los dos capitanes de barco que en los
últimos tiempos han sufrido dos grandes naufragios.
Tanto en Italia como en Corea, estos dos individuos cuyas
biografías no conocemos, pero que presumiblemente nunca habían tenido que
enfrentarse antes a una tragedia semejante, han sido precisamente, los primeros
en abandonar su barco en cuanto se han dado cuenta de que se iba a pique, sin
que les haya importado absolutamente nada el negro destino que aguardaba a las
que después se han convertido en víctimas mortales de los sucesos.
Aquellos capitanes intrépidos, cuya imagen ha sido tantas
veces ensalzada a través de la literatura y el cine y que existieron en
realidad, aunque no conozcamos sus nombres, parecen haber abandonado el
compromiso tácitamente adquirido cuando se les encomendó el gobierno de sus
barcos y se han convertido, no se sabe
por qué razón, en redomados cobardes carentes de principios, que se lanzan al
mar al grito de sálvese quien pueda, olvidando completamente las supuestas
obligaciones de su rango.
Sin aparentes remordimientos por la numerosísima pérdida de
vidas, que bien ha podido deberse directamente al abandono del timón de las
naves, incluso son capaces de aparecer en público sin ningún tipo de
afectación, como si en el naufragio al que dieron la espalda no se hubiera
hundido también su honor, quizá porque nunca lo tuvieron, como después ha
quedado en evidencia.
Y sin embargo, esta palabra de connotaciones hermosísimas,
que a veces ha sido criticada por la exagerada pose de determinados individuos
en su aplicación, sigue siendo absolutamente necesaria a la hora de resolver
situaciones extremadamente delicadas, como estas que nos ocupan, si se quiere
conservar la idea de que los hombres continuamos moviéndonos en la actualidad,
también de manera altruista.
Así, salvar el honor cuando todo parece perdido, igual que
conservar la dignidad y la validez de la
palabra dada sin que sean necesarios documentos que la certifiquen, puede
llegar a ser la única satisfacción que nos quede para conseguir mantener la paz
interior que todos necesitamos para vivir una existencia llevadera, sin
conflictos morales que perjudiquen nuestra
estabilidad mental, en este mundo que habitamos.
Por eso la pérdida de valores, tan significativa hoy, no deja
de ser una gravísima lesión que nos infringimos a nosotros mismos y por ende, a
una sociedad que ahora más que nunca, precisa de la conservación de estas leyes
no escritas, si no quiere que pronto se conviertan en irrecuperables.

No hay comentarios:
Publicar un comentario