Cuando hace cerca de cuarenta
años leí “Cien años de soledad”,
me invadió la sensación de estar asistiendo al nacimiento de una nueva clase de
literatura.
En aquella España de oscuridad, en la que solo unos pocos se
atrevían aún a dar pequeños pasos al frente en cualquiera de las corrientes
artísticas, empezar a conocer la obra de García Márquez y saber que era posible escribir en libertad,
sin responder a ninguno de los cánones establecidos y siendo capaz de
transformar radicalmente el modo
tradicional de abordar el género de la novela, era como recibir directamente
sobre la cara el soplo fresco de una esperanza, capaz de instalar en nuestros
corazones la idea de que no solo era posible cambiar, sino que también
resultaba factible hacer de ese cambio un modo de disfrutar la vida intelectual
en plenitud, sin cortapisas.
Después, cuando las cosas mejoraron, había necesidad de
seguir leyendo para comprobar que aquel primer encuentro no había sido de
ningún modo un espejismo motivado por las profundas carencias padecidas y sí
una realidad que continuaba naturalmente su curso en cada una de las novelas
que se iban sucediendo con el paso del tiempo.
Para entonces, García Márquez ya había alcanzado fama
mundial, convirtiéndose en imprescindible para los hispanoparlantes y en
especial para aquellos que como yo, nunca pudimos olvidar la emoción del primer
encuentro.
Nunca volvió a repetirse el sentimiento de descubrimiento que
tuve con “Cien años de soledad”, quizá porque a medida que iba conociendo al
autor, aquella magia era ya esperada y deseada cada vez que tenía entre las
manos uno de sus libros, pero la maestría indiscutible de su pluma me ganó para
siempre y ahora que se va, no me cabe la menor duda de que no podré dejar de
añorarle mientras viva.
Sería imposible intentar describir la grandeza de su estilo o
calificar la dulce anarquía de su modo de relatar las cosas, siendo como ha
sido su trayectoria variopinta, especial y tan única que es ya en sí misma
inimitable, auténtica y eterna.
Pero sí que es verdad que le tengo que agradecer lo mucho que
con él he aprendido y la calidad del tiempo que me han regalado sus palabras a
lo largo de una gran parte de mi vida. Ya saben, esos espacios muertos de
soledad, que una quizá de otro modo perdería y que sin embargo, se ganan
entrando en un mundo de fantasía que otros concibieron para nosotros.
Ni una sola de sus obras me defraudó y todas lograron hacer
que durante su lectura, no existiera otra realidad que la que se iba abriendo
en cada nueva página.
Así que no quiero despedirme, sino hacer la promesa de
releer, que no es más que una forma de descubrir todo aquello que pudo escapar
a la observación del lector, mientras luchaba denodadamente por conocer el
final de las obras.
El hecho de convivir con sus libros, me asegura la
permanencia de su imborrable memoria. Al fin y al cabo, será como tener una
parte de su recuerdo, en casa.

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