La intervención absolutamente desgarradora de dos madres
jóvenes sin recursos, durante un pleno del Ayuntamiento de Cádiz, ofrece un
testimonio de la realidad de los españoles que pone en tela de juicio la labor
de nuestros políticos, por la inoperancia que supone que el pueblo llano haya
llegado a situaciones como éstas, sin que el gobierno del PP se muestre capaz
de gestionar una salida honrosa para los miles de padres de familias que han
caído de bruces en la más absoluta de las pobrezas.
Sin vivienda, sin trabajo y con menores a su cargo, estás dos
madres que más que perder los nervios, clamaban ante Teófila Martínez exigiendo
una solución rápida a sus problemas, se han convertido repentinamente en la voz
de los seis millones de desempleados que sufren en silencio las secuelas
físicas y psíquicas que trae consigo la desgraciada situación en que nos vemos
obligados a vivir y son el más fiel reflejo de que lejos de estar saliendo del
negro túnel de la crisis, estamos inmersos en él, sin esperanza de mejorar, al
no existir un proyecto basado primordialmente en la creación de puestos de
trabajo, sino un sometimiento total a la recomendada política de recortes, que
no hace más que ahondar en la herida sangrante que tenemos abierta todos los
españoles.
Estas dos mujeres, que tienen un nombre, pero que podrían ser
cualquiera de nosotros y su ademán de haber llegado al límite de una
desesperación, más temida porque afecta directamente a sus hijos, no puede sino
provocar en todos nosotros un sentimiento de solidaridad y una comprensión
absoluta hacia la soledad que padecen, abandonadas a su suerte por quienes se
supone debían ser los garantes de que se respetaran todos sus derechos.
Sacadas a la fuerza por una cohorte de policías locales de la
sala de Plenos y sin obtener siquiera un pequeño gesto de acercamiento por parte de la alcaldesa, a la que una de
ellas reclamaba que la mirase a los ojos y que tuviera humanidad, por un
momento fueron la imagen más cercana a la realidad de cuántas se han ofrecido
en los últimos tiempos a través de los medios, contradiciendo con sus lágrimas
cualquier atisbo de triunfalismo sobre la salida de la crisis que se nos quiera
ofrecer y que resulta tras la visión de lo ocurrido en Cádiz, sencillamente increíble.
Si a los ciudadanos ni siquiera se nos respeta el derecho a
mantener un contacto con nuestros representantes en los Ayuntamientos, que son
las instituciones más cercanas que en teoría tenemos, mal andamos. No es pues
de extrañar que no haya más remedio que seguir saliendo a la calle para
manifestar nuestra protesta, ya que es el único foro que permite que nuestra
voz grite alto y claro aquello que nos preocupa, incluso a riesgo de ser
reprimidos con extrema violencia y de no contar con la comprensión de este
Gobierno.
¿Qué queda por hacer, si ante una escena como la que
presenciamos ayer, ninguno de los representantes del Ayuntamiento de Cádiz hizo
el más mínimo amago de acercarse a estas madres para escuchar lo que
reclamaban?
¿Soportar con paciencia las agresivas medidas de Rajoy, que
permiten que se nos desahucie y se nos despida hasta dejarnos en la más pura de
las indigencias?
¿Esperar en silencio la misericordia de algún político de
turno que se llegue a compadecer de nosotros y nos ofrezca unas cuantas migajas
con las que malvivir con nuestros hijos?
¿Aguardar a las Elecciones generales otros dos años, para
poder cambiar de signo, con la esperanza de que quienes vengan después adopten
otro camino por el que empezar a recuperar la dignidad robada?
¿Y cuánto tiempo?
Si los medios dieran voz a cada uno de los ciudadanos, en vez
de perder el tiempo en interminables debates partidistas que en nada ayudan a
la resolución de los problemas reales que padecemos, tal vez, se consiguiera
avergonzar severamente a los que se llaman a sí mismos servidores públicos,
pero que son en realidad, esclavos de los mercados y mercenarios del capital,
mientras el pueblo intenta malvivir con lo poco que les deja su corrupción y la
violencia de su política.

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