No sé qué tiene el Juez Elpidio Silva, que no convence en sus
planteamientos.
Acusado de prevaricación, en relación con el tema Blesa y
apartado de la carrera judicial de manera intempestiva, su caso parecía en un
principio, otra injusticia similar a la cometida con Garzón y una forma velada
de favorecer a un implicado en un caso aparentemente claro de corrupción, que
como otros tantos, iba a quedar impune.
Es verdad que los procedimientos empleados con Silva son
llamativos y constituyen en sí mismos motivo de sospecha y cierto es que
resulta significativo que se actúe contra un Juez, antes que contra quien
presumiblemente, es delincuente.
Pero lo que ha ocurrido desde que se conoció la imputación,
las frecuentes apariciones televisivas de Silva, siempre amenazando con estar
en posesión de pruebas de enorme peso, sin embargo nunca reveladas y su actitud
personal hacia determinados periodistas, negándose sistemáticamente a contestar
sus preguntas durante la celebración de algún debate, ha ido dejando al
descubierto una cara del personaje, que en nada se corresponde con la que sería
natural en quién ha sido tan injustamente tratado y sí con la de quién al menos
aparentemente, demuestra una inquina
cerval contra todo el aparato judicial del Estado, sin argumentar más motivo
que el que a sí mismo concierne y perjudica.
Soberbio, prepotente, engreído y manipulador, bien ha sabido
aprovechar la situación para publicar nada menos que dos voluminosos libros y
para empezar una curiosa carrera política cimentada exclusivamente en una
experiencia personal, que podrá ser todo lo nefasta que se quiera, pero que no
constituye en sí misma, un atentado contra la ciudadanía, bastante acostumbrada
por otra parte, a que a su alrededor se cometan toda clase de injusticias.
Qué pretende Silva, aparte de recuperar su sitio en la
Judicatura, sigue siendo un misterio que no se termina de ver claro, si uno
escucha en profundidad su discurso.
Al contrario que Garzón, que ha llevado discretamente todas
las amargas vicisitudes que le han venido sucediendo, Silva no ha dejado pasar
un solo momento sin aprovechar la ocasión de relatar mil y una peripecias de lo
ocurrido a su alrededor, pero sin brindar un solo indicio de realidad que pueda
convencernos de que lo que dice es rigurosamente cierto, ni mucho menos,
aportar ninguna de esas pruebas que presume guardar bajo la manga y que según
palabras textuales “minarían los
cimientos del Estado de Derecho”.
Con esa extraña actitud concurre a las Europeas y reclama
nuestro voto y con ese elevado punto de resentimiento promete salvarnos de lo
que está ocurriendo según él, en el mundo judicial español.
Y como todos los que pretenden ser salvadores, busca en el
populismo y en la aclamación general un medio por el que llegar al poder,
seguramente con la intención de asentarse en él para siempre, aunque sin
establecer qué papel concedería una vez alcanzada la cima a las opiniones
contrarias a la suya y que al menos ahora, no parecen gustarle demasiado.
Si tiene razón en que se ha actuado contra el de manera
injusta, la pierde en cuanto se niega a
escuchar a los otros, utilizando en su propio provecho cualquier contacto con
los medios, con un discurso enervante y agresivo desde su comienzo hasta el fin
y sin admitir oposición alguna a su delirante doctrina.
Por eso hay algo que falla en su interconexión con las masas
y por eso, auguro que nada conseguirá en su paso por las urnas para las
elecciones europeas.
Las actitudes despóticas, afortunadamente, tienen poca cabida
en una democracia y no basta haber sido vejado para agredir con mayor
contundencia, pues la razón de la fuerza nunca constituye un buen camino para quien
aspira ,de algún modo, al poder.

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