martes, 22 de abril de 2014

El discurso del juez


No sé qué tiene el Juez Elpidio Silva, que no convence en sus planteamientos.
Acusado de prevaricación, en relación con el tema Blesa y apartado de la carrera judicial de manera intempestiva, su caso parecía en un principio, otra injusticia similar a la cometida con Garzón y una forma velada de favorecer a un implicado en un caso aparentemente claro de corrupción, que como otros tantos, iba a quedar impune.
Es verdad que los procedimientos empleados con Silva son llamativos y constituyen en sí mismos motivo de sospecha y cierto es que resulta significativo que se actúe contra un Juez, antes que contra quien presumiblemente, es delincuente.
Pero lo que ha ocurrido desde que se conoció la imputación, las frecuentes apariciones televisivas de Silva, siempre amenazando con estar en posesión de pruebas de enorme peso, sin embargo nunca reveladas y su actitud personal hacia determinados periodistas, negándose sistemáticamente a contestar sus preguntas durante la celebración de algún debate, ha ido dejando al descubierto una cara del personaje, que en nada se corresponde con la que sería natural en quién ha sido tan injustamente tratado y sí con la de quién al menos aparentemente, demuestra una  inquina cerval contra todo el aparato judicial del Estado, sin argumentar más motivo que el que a sí mismo concierne y perjudica.
Soberbio, prepotente, engreído y manipulador, bien ha sabido aprovechar la situación para publicar nada menos que dos voluminosos libros y para empezar una curiosa carrera política cimentada exclusivamente en una experiencia personal, que podrá ser todo lo nefasta que se quiera, pero que no constituye en sí misma, un atentado contra la ciudadanía, bastante acostumbrada por otra parte, a que a su alrededor se cometan toda clase de injusticias.
Qué pretende Silva, aparte de recuperar su sitio en la Judicatura, sigue siendo un misterio que no se termina de ver claro, si uno escucha en profundidad su discurso.
Al contrario que Garzón, que ha llevado discretamente todas las amargas vicisitudes que le han venido sucediendo, Silva no ha dejado pasar un solo momento sin aprovechar la ocasión de relatar mil y una peripecias de lo ocurrido a su alrededor, pero sin brindar un solo indicio de realidad que pueda convencernos de que lo que dice es rigurosamente cierto, ni mucho menos, aportar ninguna de esas pruebas que presume guardar bajo la manga y que según palabras textuales  “minarían los cimientos del Estado de Derecho”.
Con esa extraña actitud concurre a las Europeas y reclama nuestro voto y con ese elevado punto de resentimiento promete salvarnos de lo que está ocurriendo según él, en el mundo judicial español.
Y como todos los que pretenden ser salvadores, busca en el populismo y en la aclamación general un medio por el que llegar al poder, seguramente con la intención de asentarse en él para siempre, aunque sin establecer qué papel concedería una vez alcanzada la cima a las opiniones contrarias a la suya y que al menos ahora, no parecen gustarle demasiado.
Si tiene razón en que se ha actuado contra el de manera injusta,  la pierde en cuanto se niega a escuchar a los otros, utilizando en su propio provecho cualquier contacto con los medios, con un discurso enervante y agresivo desde su comienzo hasta el fin y sin admitir oposición alguna a su delirante doctrina.
Por eso hay algo que falla en su interconexión con las masas y por eso, auguro que nada conseguirá en su paso por las urnas para las elecciones europeas.
Las actitudes despóticas, afortunadamente, tienen poca cabida en una democracia y no basta  haber  sido vejado para agredir con mayor contundencia, pues la razón de la fuerza nunca constituye un buen camino para quien aspira ,de algún modo, al poder.



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