Tras una semana de estrecha convivencia con el virus de la
gripe y arrastrando aún algunas secuelas de toses y estornudos bastante
incómodos para el desarrollo las actividades más simples, la ebullición
informativa que se ha ido formando a mi alrededor durante este paro forzoso, me
traslada casi en volandas hasta el teclado del ordenador y me obliga a
reincorporarme a mis quehaceres, de manera obligada.
Está claro que en este País no se puede perder el hilo de las
noticias y que una ausencia, aunque sea de un solo día, supone quedarse
desligado de la rabiosa actualidad que vivimos, mientras los titulares de la
prensa se agolpan unos sobre otros, sin darnos tiempo a decidir su importancia
real, siendo cada cual más sorpresivo que el que le antecedió.
Las páginas en blanco que no escribí la pasada semana,
podrían sin embargo empezar a rellenarse con la tenacidad del Juez Castro, que
a pesar de haber recibido presiones de toda índole y condición, se ha decidido
finalmente a imputar a la Infanta Cristina en el caso Noos, con un auto
impecable de más de doscientas páginas, que ni siquiera la defensa se ha
atrevido a recurrir, por lo inapelable de sus argumentos.
Los innumerables escollos con que ha tropezado Castro hasta
llegar aquí, incluida la incomprensible actitud del fiscal encargado del caso,
hacen que esta imputación sea aplaudida por la totalidad de los españoles, que
ven en ella un destello de que la justicia podría ser igual para todos, si la
imparcialidad de los jueces se aplicara de manera estricta, sin concesiones a
apellidos o cargos, como ha venido siendo habitual en los últimos tiempos.
Por ello, esta noticia es sin duda, la más importante de
cuantas hayan podido acontecer desde que estrenamos el año, eclipsando incluso,
la rueda de prensa de los excarcelados
de ETA, que tanto han criticado los medios y cuya imagen ha quedado grabada en
nuestras retina como el último intento de una serie de personajes decadentes, a
los que el tiempo se ha encargado de descolgar del momento actual, mostrándoles
como fantasmas de un terrible pasado, anclados a un escaparate obsoleto del que
no pueden escapar y que espera ser demolido por una modernidad incontestable.
Tampoco Artur Mas, con su empecinamiento en hablar de la
independencia catalana o la manifestación multitudinaria en Euskadi pidiendo el
acercamiento de los presos etarras, podrían competir, aunque quisieran, con la
noticia de la imputación de la Infanta, si se entiende que lo más importante
para los ciudadanos, sean vascos, catalanes o españoles, es que se pueda
confiar en la Justicia y en aquellos que son encargados de aplicarla de manera
igualitaria, en toda la faz de la tierra.
Porque si queda claro que no existe la impunidad para quien
comete un delito y que la contundencia de los jueces vuelve a empezar a ser
implacable, independientemente de a quiénes se juzgue o de si los encausados
pertenecen al plano de la política o son personajes relevantes de apellidos
altisonantes, la posibilidad de terminar con la epidemia de corrupción que ha
llevado al país al borde de la quiebra, podría dejar de ser una utopía para
convertirse en una realidad cercana, capaz de cambiar la concepción de que
ocupar un cargo público está directamente relacionado con un enriquecimiento
personal, como últimamente piensa, en su totalidad, la ciudadanía.
Lejos aún de saber si la hija del Rey será o no acusada
formalmente de los dos delitos por los que se la imputa, la satisfacción de
saber que Castro no se ha rendido ante el peso de su nombre, es hoy, esperanzador,
de cara al futuro.
La confianza en que al final llegue a saberse toda la verdad
del caso Noos, se nos antoja, al menos, mucho más cerca que hace solo unos días. Ojala y sucediera lo mismo en otros sucios
asuntos que pululan por los juzgados y todos los que fueran culpables pagaran,
justamente, en relación a los delitos que cometieron.

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