Los recortes sufridos en los salarios por los trabajadores
españoles, ha colocado la capacidad de consumo de las familias en los niveles
más bajos conocidos desde el advenimiento de la Democracia y dejado a una
inmensa mayoría social, que antes formaba parte de la clase media, en serias
dificultades para sobrevivir con dignidad, en el caso de que tengan la suerte
de que alguno de sus miembros siga conservando su empleo.
La negativa rotunda de los empresarios a renunciar a su alto
nivel de beneficios, prefiriendo incluso cerrar sus negocios, antes de tener
que prescindir del elevado estatus social en el que siempre se han movido, nos
está llevando paulatinamente a unas cotas de esclavitud, que hasta ahora se
consideraban patrimonio exclusivo de los empleados asiáticos.
La reforma laboral de Rajoy, que no ha hecho otra cosa que
potenciar un despido libre de cargas, que solo favorece al sector empresarial,
colocando a los ciudadanos de a pie en completa indefensión ante los caprichos
de sus jefes, viene contribuyendo al pensamiento ultra capitalista que reina
entre las clases pudientes del País, que hasta este momento y fundamentalmente, desde que el PP
se hizo con el poder, no ha pagado ni una sola factura que tenga que ver con la
crisis, habiendo llegado a aprovechar sin ningún recato las leyes promulgadas
por la derecha, para recortar los derechos de sus asalariados y por supuesto,
para obtener beneficios no solo de su productividad, sino también de la
dignidad de sus sueldos.
Con la más absoluta permisividad del Gobierno, las pocas
ofertas de trabajo que salen a la luz, vienen marcadas por condiciones que
podrían considerarse del todo inaceptables, pero que debido a la necesidad que
los españoles tienen de trabajar, son en la mayoría de los casos aceptadas
dócilmente, sólo por tener la oportunidad de una reincorporación al panorama
laboral, aunque sea por unas cuantas horas y con una flexibilidad de horarios
que sobre todo en el sector de la hostelería y también del comercio, lleva a
los empleados a estar en permanente disponibilidad y al servicio de lo que
necesiten, en un momento determinado, sus empresas.
Lamentablemente, la
actuación de los Sindicatos en este asunto no puede ser más deleznable y la
aceptación de determinadas exigencias empresariales, que hace solo unos años
habrían sido consideradas del todo inaceptables, se están convirtiendo en algo
natural, que nadie se atreve a combatir, ni por medio de la negociación, ni con
el mantenimiento continuado de las huelgas.
Y así, hemos entrado
en un bucle del que difícilmente podremos salir, si no se produce a la mayor
brevedad posible, una concienciación general que nos permita escapar de la
sumisión en que nos hallamos inmersos, a causa de un miedo cerval a la pobreza
y que nos ayude a comprender que si no
nos hacemos fuertes en una postura de unidad con la que combatir los abusos que
se están produciendo, nunca más podremos volver a disfrutar no sólo de los
derechos que con tanto trabajo adquirimos en el pasado, sino tampoco de unos
salarios y condiciones laborales que nos permitan vivir como hombres libres,
capaces de pensar y decidir por nosotros mismos y teniendo todas nuestras
necesidades primarias cubiertas.
El asalto salarial que hemos sufrido durante estos dos
últimos años y la firme decisión de quienes manejan las riendas de las Empresas
de mantener esta línea de contratación, con la aprobación total de Rajoy y su
gobierno, debiera ser, si la justicia existiera en este País nuestro, sin duda,
constitutivo de delito.
Así debieran entenderlo también los Magistrados encargados de
juzgar con ecuanimidad los enfrentamientos laborales entre trabajadores y
jefes, negándose a ejecutar todos a una, sentencias únicamente a favor de
quienes manejan las Empresas y que dejan a los ciudadanos absolutamente
desprotegidos de veredictos estrictamente justos que les ayuden a conservar el
empleo, como sería de Ley, si la reforma Laboral fuera rechazada de plano,
sobre todo por los encargados de administrar justicia.
Porque de continuar
así, llegará el día en el que todos nos veamos obligados a trabajar a cambio de
un simple plato de comida y dado que lo único que nos queda a los pobres es
defender la dignidad, la posibilidad de acabar siendo una especie de calco de
los obreros que poblaban los cinturones industriales de principios del SXX,
simplemente, nos horroriza.
Y dado que ya sabemos que no podemos contar con el apoyo de
nuestro Gobierno, no nos queda otra opción más que la de luchar con uñas y
dientes para liberarnos de los abusos indiscriminados que contra nosotros se
cometen desde las más altas instancias del poder y mantenernos hasta que la
fuerza que nos da ser los productores de las riquezas de los otros, incline la
balanza de nuestro lado, inevitablemente.

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