Mariano Rajoy concedió ayer una entrevista a una cadena
históricamente conservadora, sometiéndose pacientemente a las preguntas
probablemente pactadas que le formuló la presentadora e intentando en todo
momento ofrecer una imagen de aparente tranquilidad que, en nada sin embargo
consiguió aclarar a los españoles, ni las razones que le han llevado a
decantarse por una agresiva política de recortes, ni cuáles son sus intenciones
para un futuro, que se adivina lleno de graves
complicaciones para él, empezando por el problema del paro y continuando
por la guerra abierta que mantiene, por ejemplo, en Euskadi y en Cataluña.
Esclavo de la soberbia que le regala la mayoría absoluta en
las urnas y convencido de las permanentes adulaciones que suele recibir de
parte de sus seguidores más próximos, la percepción que Rajoy demuestra de la
realidad dista mucho de ser la misma que apreciamos los ciudadanos y anoche se
encargó de demostrarlo sobradamente, haciendo gala de un triunfalismo casi
infantil que no convencería a nadie, a poco que viviera apenas unos días en el
País y hablara con la gente para conocer la opinión que tiene, de la gestión
del líder de los populares.
Prometiendo que pronto podríamos empezar a disfrutar de las
ventajas que nos traerán medidas como su Reforma Laboral o los recortes
aplicados en los sistemas educacional y sanitario, volvió sin embargo a zafarse
de contestar a preguntas mal formuladas sobre su implicación en el caso de
Bárcenas o la convocatoria del
Referendum catalán, alegando que
afrontaría dichos sucesos en el mismo momento en que ocurriesen, evidenciando
una absoluta falta de la necesaria prevención sobre qué hacer si funciona la colaboración con la
justicia del ex tesorero, o si Mas consiguiera de algún modo, que las leyes
apoyen su convocatoria de consulta, haciendo trizas los argumentos que mueve
Madrid como un dogma infalible, del que nunca tendrá que apearse.
Se atrevió incluso, a defender la inocencia de la Infanta
Cristina en el caso Noos, lanzando claramente al Juez Castro un mensaje rotundo
de cuál es la posición del gobierno frente al atrevimiento de haber imputado a la hija del Rey, llegando
incluso a utilizar el mensaje lacrimógeno de que a todos los padres preocupan y
mucho, los problemas que incumben a sus hijos y sin querer desde luego aludir
en ningún momento, a las innumerables
facturas que acreditan la financiación de los gastos privados de la familia
Urdangarín y menos aún, a las complicaciones que han surgido en Hacienda con
relación a este caso, como si la imputación constituyera únicamente un capricho
del juez y la trama que se ha movido en torno a esta parte de la familia real,
no hubiera existido jamás.
Ni una palabra acerca de la corrupción, ni siquiera para
tratar de despejar las graves sospechas que existen sobre la financiación
ilegal de su Partido y que le señalan, precisamente a él, como uno de los
perceptores de los famosos sobresueldos.
Total, casi una larga hora de conversación para no decir nada
y una manera de iniciar tácitamente la próxima campaña de las europeas, en la
que con toda probabilidad, la estrategia popular estará centrada en hacernos
creer que todo lo que hemos sufrido desde su llegada al poder, no ha sido más
que un enorme espejismo.
Menos mal que los españoles sabemos la verdad de lo que nos
ocurre y la rutina que nos vemos obligados a soportar nos recuerda a diario el
espantoso momento que atravesamos y a quién debemos culpar por la dureza de
nuestros padecimientos, porque escuchando ayer al Presidente, cualquiera que no
conociera nuestra realidad, podría haber pensado que vivimos en un Paraíso
creado, por obra y gracia del magnánimo PP.

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