domingo, 26 de enero de 2014

Solo ante el peligro


La declaración de los Inspectores de Hacienda, en relación con la imputación de la Infanta en el caso Noos, ha sido, con la inestimable ayuda del fiscal Horrach, una demostración evidente de que el Juez Castro se encuentra, como Gary Cooper en aquella vieja película, solo ante el peligro.
En el tiempo que falta hasta que llegue el momento en el  que Cristina de Borbón  tenga que declarar ante la justicia, los movimientos de todos los actores de esta esperpéntica comedia, habrán de ser estudiados con minuciosidad, sin descartar que aún pudiera producirse alguna sorpresa que dificulte un poco más la impecable labor de Castro, cuya trayectoria profesional podría llegar incluso a peligrar, como anteriormente ha ocurrido con el Juez Garzón, o ahora mismo, en el caso del Juez Silva.
Vista la actitud de Horrach y su interés por mantener a la hija del Rey alejada de los tribunales y oída la declaración que el mismísimo Presidente de Gobierno hizo en televisión  preconizando su inocencia, el recurso de acusar a Castro de estar personalmente empeñado en la implicación de la imputada, si fuera tomada como una obsesión sin justificar, podría dar pie a una recomendación de que se le apartara del caso, antes de que pudiera llegar a alguna conclusión que motivara un procesamiento, del que ya no podría escapar y que la obligaría a sentarse en el banquillo de los acusados, junto a Torres y Urdangarín, sus otros dos socios en la empresa.
El tiempo se acaba y Castro no parece dispuesto a hacer concesión alguna a la Princesa, ni que le preocupe la opinión de los importantes defensores que pululan alrededor de esta causa. Ha llegado hasta aquí soportando las mayores presiones conocidas en el panorama judicial español y sabe perfectamente que si ahora abandona la idea de administrar justicia sin distinciones, su prestigio profesional habrá quedado, al menos a los ojos de la ciudadanía, reducido a cenizas, sin que pueda ser recordado en el futuro, por otro caso que no sea éste, sea cuál sea el final que le aguarde a la historia.
Pero tampoco parecen dispuestos a rendirse los valedores de la Infanta y la multitud de argumentos que esgrimen para demostrar su desconocimiento total de las actividades de su cónyuge, que por cierto, colocan el nivel de inteligencia de Cristina en un porcentaje cercano a la idiotez extrema, no deben haber terminado todavía y algún  as que permanece guardado en la manga, bien podría aparecer en el último momento, terminando con las posibilidades del Juez y regalando la impunidad, a quién todos consideramos que no la merece.
En el caso hipotético de que esto sucediera, la poca credibilidad que ya ofrece la Imagen de la Institución monárquica, quedaría gravemente dañada y sin posibilidad de recuperación, al considerarse que el propio Monarca habría mentido descaradamente mientras pretendía reclamar para todos una igualdad ante la justicia y  aquellas palabras vertidas en sus discursos de los últimos tiempos, terminarían por ser barridas por el huracán de los hechos, provocando una reacción en la ciudadanía, absolutamente contraria a su continuidad como jefe del Estado que todos habitamos.
Quizá para Juan Carlos merezca la pena arriesgar cuánto tiene, únicamente por defender a su hija, pero el juego político gracias al cual es quién es, no tolera intrusiones personales ni familiares que faciliten la comisión de delitos, ni entiende de favoritismos encubiertos que acaben hurtando la verdad, convirtiendo el ejercicio del poder, en un torrente imparable de corrupción, del todo inaceptable.
Las reglas son las que son, aunque la soledad del Juez Castro parezca disfrazarlas, como si su labor fuera fruto de un delirio.
La limpieza ha de ser total y mucho más aún, en este sórdido caso que nos ocupa.
Quizá por eso, el pueblo español sólo pretende que se deje al juez cumplir estrictamente con las obligaciones de su cargo y si Cristina de Borbón ha de sentarse, a su juicio, en el banquillo, que se siente. Como si tiene que llamar a su padre, para que testifique.



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