Lo de los Clubs de Fútbol de la Primera división española, no
parece que pueda estar sucediendo aquí y ahora, por constituir en sí mismo, la
más pura indecencia.
Mientras los ciudadanos caminan como un funambulista, por el
delgado cordón bajo el que subyace la negrura de la miseria, todos los equipos
grandes y pequeños, que conforman la primera línea de fuego, adeudan a la
Hacienda pública y a la Seguridad Social, tal cantidad de dinero, que bien
podría resolver en gran parte, si se exigiera contundentemente su pago, el
enorme problema de desempleo que sufrimos y quién sabe si hasta sobraría para
invertir en esos fines sociales que tan duramente han sido recortados, en los
últimos dos años.
Y si sólo fueran las deudas, podríamos darnos con un canto en
los dientes, pero es que además, al mismo tiempo que muchos de los Clubs entran
en concurso de acreedores o se quejan de no poder afrontar sus cuentas con el
Erario público, se producen fichajes de jugadores que se saldan con
escandalosas cifras super millonarias y que resultan ser un agravio
imperdonable, cuando se contempla la situación en que se ven obligadas a vivir
miles de familias, a las que la crisis ha dejado sumidas en una pobreza tan
absoluta, que no les queda nada con lo que subsistir, a parte de las ayudas que
reciben de sus allegados y amigos, o de organizaciones no gubernamentales.
Cómo puede el Gobierno consentir que esto que describimos
suceda, parece un misterio irresoluble si se tiene en cuenta que a cualquiera
de los ciudadanos de a pie que adeudara la más mínima cantidad a las arcas del
Estado, se le perseguiría sin tregua considerando el impago como constitutivo
de delito de fraude, por lo cual sería inmediatamente juzgado, sin la menor
misericordia.
Pero el fútbol es hoy día el opio de este pueblo y el
desarrollo de la liga en primera división hace de parachoques de la indignación
de la gente, ahorrando al gobierno Rajoy el bochornoso espectáculo de que las
mayorías silenciosas que queman la adrenalina en los campos todos los fines de
semana, tomen las calles para canalizar en ellas el punto más álgido de sus
protestas, si se les quita la ocasión de seguir acudiendo a los partidos, por
cierre gubernamental de los Estadios, como sería de rigor, si se aplicara a los
Clubs la misma justicia que se nos aplica a nosotros.
El último escándalo que ha acaba de estallar hace un par de
días y que tiene que ver con el fichaje de un jugador por el que el Barcelona
confiesa haber pagado 57 millones de euros, mientras se sospecha que en
realidad han sido 98, es la evidencia más clara de que cuanto hablamos es
cierto y de que no cabe lugar a dudas de la indignidad que constituye.
Y sin embargo, nunca
hemos oído al Ministro Montoro reclamar públicamente el montante de las deudas
de los Clubs de fútbol, ni tachar de defraudadores a quienes los dirigen, ni
afear siquiera la indecencia de despilfarrar 57 o 98 millones de euros, en
adquirir los derechos sobre un jugador, llámese cómo se llame, o haga con la
pelota, los juegos malabares que quiera.
Estos exagerados dispendios, a los que las masas están
acostumbradas, llegando incluso a sentir adoración por los protagonistas de las
historias, afectan no obstante, y de manera totalmente justificada, la vida
cotidiana de todos nosotros, que al no denunciarlos, nos convertimos en
cómplices de la ilegalidad y la inmoralidad que constituyen.
Es por eso, que no se comprende la pasividad que sentimos
mientras suceden ante nuestros ojos estas cosas, ni cómo podemos apoyar con
nuestra presencia en los Estadios la continuidad de este tipo de oscuros
negocios.
Lo que deben los Clubs y lo que gastan en futbolistas, puede
que en otro momento no nos hiciera falta para vivir, pero ahora, esas
cantidades nos son imprescindibles para paliar al menos, una buena parte de
nuestra presente pobreza y no se debe consentir que los deudores sigan gozando
de total impunidad y que nuestro gobierno mire para otro lado, como si no
pasara nada.

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