Tras el intento fallido de subir la factura de la luz un once
por ciento y del escándalo que protagonizó recientemente el Ministro Soria,
acusando a las eléctricas de haber manipulado la última subasta, son ahora las
compañías del gas las que amenazan a los españoles con elevar el precio de la
bombona de butano un veinte por ciento, como si fuera necesario recordarnos de
vez en cuando, que los dueños de los distintos tipos de energía no admiten
imposiciones gubernamentales y que su posición de poder en el mundo actual,
resulta cuando menos, del todo
indiscutible.
Quizá por eso se les consiente todo y no ha habido ni habrá,
al menos en los próximos tiempos, gobierno del signo que sea, capaz de
enfrentarse a ellas con la dureza que exigiría la necesidad perentoria que
tienen los pueblos de utilizar la energía en sus necesidades más primarias, sin
que ello haya de suponer necesariamente, un lujo fuera del alcance de los
bolsillos de las mayorías, como últimamente viene ocurriendo en esta España
nuestra, debido al oscurantismo que rodea las relaciones del estado con este
tipo de negocios y que nos impide comprender de manera clara por qué
periódicamente se viene elevando la cuantía de los servicios prestados, siendo
incluso prácticamente imposible descifrar la factura que mensualmente llega a
nuestras manos y que desglosa conceptos que escapan al alcance de la mente de
los ciudadanos, que se han de limitar a satisfacer los pagos que se les exigen,
sin saber exactamente cómo se llega a la cifra que se reclama y que no se
corresponde, para nada, con la cantidad consumida.
Dicen por ahí, que cuando se planteó la subida del once por
ciento en el recibo de la luz, los expertos urgieron a Rajoy para que tomara
cartas en el asunto, si no quería
enfrentarse a un estallido social inmediato de incalculables consecuencias, que
de hecho se hubiera producido de haberse aprobado la medida, ya que hubiera
afectado gravísimamente a miles de familias españolas que se hubieran visto en
la imposibilidad de poder soportar la crudeza del invierno, ahogados por una
nueva carga que hubiera venido a sumarse a las muchas que ya sufrían, como
consecuencia de la gestión que los populares estaban haciendo de la crisis.
Naturalmente que hubiera podido pasar y que unos pocos euros
de más, sumados a los muchos gastos imprescindibles para la buena marcha de los
hogares, pudieran haber sido precisamente, la chispa que prendiera finalmente
una larga mecha tejida durante los dos años de gobierno Rajoy a base de
incomprensibles recortes y desempleo, provocando que las mayorías silenciosas
de las que tanto gusta presumir al Presidente, abandonaran la cada vez más
patente incomodidad de sus hogares, para echarse a las calles exigiendo, de una
vez, el fin de la violencia que contra ellas se ha venido ejerciendo de manera
continuada, por la incompetencia de sus políticos.
La nueva amenaza del recibo del gas, vuelve de igual manera a
traer consigo, exactamente los mismos riesgos que se superaron de forma
momentánea cuando se consiguió frenar el asunto de las eléctricas y más aún, si
se tiene en cuenta que el gas butano resulta ser la fuente de energía de la que
dependen, casi en su totalidad, los hogares más humildes, a los que ya solo
quedaba por perder el derecho a poder pagarse la utilización del agua caliente
o la calefacción a través de las estufas alimentadas por este combustible, que
suelen ser comunes, en las viviendas de los más desfavorecidos.
Y sin embargo, resulta bastante improbable que Rajoy sea
capaz de enfrentarse de nuevo a las compañías energéticas en tan corto espacio
de tiempo, si pretende mantener un clima de paz con estos grandes colosos de la
economía, por lo que la posibilidad de que la subida del veinte por ciento en
el recibo del gas se convierta en real, parece
ineludible, por muy alta que nos parezca y afecte a quién afecte.
El Partido en el gobierno, que está jugando con fuego, en
cada una de las medidas que decide adoptar y que cada vez hacen más imposible
para los españoles el reto de cubrir los gastos imprescindibles en los hogares,
habrá pues de sopesar, si vale más conservar las buenas relaciones con
determinadas compañías energéticas o mantener la calma social de un país harto
hasta la saciedad de soportar vejaciones y pérdidas de derechos, que podría decidir que ha llegado el momento de pedir
cuentas a los autores de su ruina.
Que el hambre se ha convertido en un azote para una parte
importante de españoles de a pie, ya es un hecho, pero si al hambre le sumamos
la angustia de tener que sufrir además los rigores del frío, a saber lo que
puede pasar. La desesperación, suele ser mala consejera.

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