miércoles, 15 de enero de 2014

Indefendible

No es fácil encontrar calificativos que describan la actitud del Fiscal Pedro Horrach, en relación con la imputación de la Infanta, ni tampoco atenuantes que puedan explicar la tozudez que viene demostrando  en intentar probar su inocencia, desde que la investigación de las cuentas del caso Noos apuntaron directamente a que los gastos personales de la hija del Rey, habían estado siendo sufragados con dinero procedente de la sociedad que formaba al cincuenta por ciento con su marido y de la que alegaba descocer el funcionamiento.
La contundencia del último auto del Juez Castro, que ha resultado incontestable incluso, para la propia defensa de Cristina de Borbón, ha debido sentar al fiscal como un jarro de agua fría, una vez que se hubiera jugado el tipo oponiéndose a la primera imputación y cuando ya daba por sentado que había conseguido frenar para siempre los intentos del magistrado por llegar hasta el fondo en tan enrevesado asunto.
Tampoco debe haberle agradado quedarse solo como adalid de la infanta, una vez que el despacho que lleva su defensa haya decidido renunciar a la presentación de un recurso y su reacción no se ha hecho esperar, esta vez, entrando en lo que se podrían considerar descalificaciones personales hacia el juez, al que acusa abiertamente de haberse rendido ante una supuesta teoría de la conspiración, que habría puesto, siempre según Horrach, a la Infanta en el punto de mira, con el ánimo de conseguir horadar el prestigio de una Casa Real, que no se encuentra precisamente, en su mejor momento.
La falta de argumentos que contrarresten el auto del juez, podría ser la clave de estas incomprensibles afirmaciones, que más parecen provenir de un letrado dispuesto a reemplazar voluntariamente a los abogados  que ha contratado la Infanta, que de un ministerio fiscal, cuya función primera ha de ser la de practicar la acusación, cuando existe sospecha de que se ha cometido un delito y más aún, cuando las evidencias del caso que lleva entre manos quedan refrendadas por medio de innumerables facturas y documentos, como se ha publicado por activa y por pasiva, en toda la prensa nacional e internacional, en los últimos tiempos.
No ha soportado Horrach, parece, el tesón del Juez Castro por conseguir que la Justicia sea igual para todos, ni el esfuerzo demostrado para lograr que los apellidos de los implicados en este caso de corrupción, no puedan interferir en su deber de llegar a descubrir la verdad de este asunto, a pesar de las muchas presiones recibidas desde todas las esferas del poder y que seguramente, son las mismas que habrá tenido el fiscal y que con toda probabilidad, motivan lo inexplicable de sus actos.
Pero el rastro que ha ido dejando la familia Urdangarín a lo largo de estos años, plagados de exóticos lujos abonados y corroborados por papeles que les delatan, no dan lugar a la más mínima duda de la procedencia del dinero que sufragaba su desorbitante modo de vida, ni de que la hija del Rey conocía perfectamente de dónde le llegaba el capital que manejaba, incluso sin molestarse en esconderlo.
La soberbia de pensar que la naturaleza de su rango le ofrecía toda la protección que necesitaba, ha sido un imperdonable error del que, probablemente, se arrepentirá toda su vida, quizá porque no se le ocurrió nunca imaginar que alguno de los jueces que ejercen en el territorio español se atrevería a cuestionar sus acciones, al provenir efectivamente, de la mismísima familia real, a la que se consideraba intocable.
Pero no todos los seres humanos están dispuestos a perder su propia honorabilidad por un precio, ni los Reyes siguen gozando de las mismas prebendas de las que disfrutaban en la Edad Media, cuando eran los amos del mundo y nadie cuestionaba sus acciones, fueran o no, objeto de delito.
La magnitud del caso Urdangarín demuestra precisamente eso. Y si en algún asunto se ha pecado de ignorancia supina, tanto por parte de la Infanta como de su marido, ha sido en el de haber llegado al convencimiento de que su delito, aun siendo palpable, jamás podría salir a la luz y mucho menos, convertirse en un caso judicial, en el que alguien se atreviera a poner en tela de juicio la honradez de la que debiera ser la familia modelo de la mayor transparencia.
Quizá por eso todo se ha hecho con tanto descaro y ahora resulta prácticamente imposible hacer desaparecer las numerosas pruebas que se han ido dejando en el camino, durante los años en que las sociedades funcionaron a tope, aprovechando el tirón de ser Borbones, a los que nadie negaría cualquier negocio que hubieran propuesto.
Puede que Horrach sea el único español que no quiera ver esta evidencia o que su fe en el papel de la Monarquía le esté llevando a protagonizar estas patéticas escenas de defender lo indefendible y puede, hasta que no se le haya ocurrido pensar qué pasará con él, si finalmente Castro, como se presume, consigue probar la implicación de Cristina en los hechos y sienta en el banquillo a la mismísima hija del Rey, en una demostración flagrante de que nadie puede escapar a la acción de la justicia.
La impresión que recibe quien lo ve desde fuera es la de un hombre que ha perdido toda la credibilidad que le daba cumplir sus funciones honradamente y que hace esfuerzos  inconmensurables por hurtar a la opinión pública su derecho a conocer la verdad del asunto Urdangarín, asumiendo una responsabilidad personal en la defensa a ultranza de Cristina, que por la gravedad de sus acciones, sinceramente, no merece.

   


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