No existe mayor mezquindad que la que han demostrado aquellos
que, declarándose defensores de los derechos de la clase trabajadora, han
estado estafando al Erario público en beneficio propio, mientras el país se
hallaba sumido en la mayor crisis de cuántas hemos conocido y las personas eran
despojadas sin compasión de sus salarios, sus viviendas y sus derechos.
La UGT andaluza, presuntamente implicada no sólo en el asunto
de los ERE, sino también en un despilfarro desmedido de partidas económicas
destinadas a sufragar cursos de formación para la multitud de desempleados que ha dejado la mala gestión del gobierno
Rajoy y la desgana que han puesto los Sindicatos en defender los convenios, se
coinvierte en uno de esos ejemplos imperdonables, que no merece otra cosa más
que el desprecio más absoluto por parte de la clase obrera y un abandono en
masa de todos los afiliados con que pudieran contar, a los que han estafado
vilmente, con actitudes incalificables
que retratan abiertamente la inmoralidad de sus dirigentes.
Nada hay peor que traicionar a los de tu propia clase, con un
tipo de corrupción directamente relacionada con el disfrute de una vida de
lujo, mientras los pobres de esta tierra nuestra, se debaten entre la angustia
de no poder encontrar un puesto de trabajo y la vergüenza de tener que vivir de
un subsidio o de la caridad familiar, sin poder esperar de las Centrales
Sindicales, siquiera, un mínimo de honradez que garantice los principios para
los que fueron creadas.
Ser sindicalista lleva consigo, intrínsecamente, el
compromiso ineludible de la lucha. Para eso los trabajadores decidieron
organizarse hace un par de siglos y esa es la única función que no ha perdido
un ápice de su vigencia en la actualidad, fundamentalmente ahora que tanta
falta hace la unidad, para enfrentarse a los fantasmas del hambre y el miedo
que nos han impuesto los que detentan el poder desde las grandes esferas.
Ser sindicalista es imposible, sin haber abrazado antes una
ideología, en la que los humildes sean defendidos con la valentía que se necesita
para llegar a las últimas consecuencias, en demanda de los derechos que a
diario nos son hurtados por los gobiernos de este mundo globalizado y
capitalista, para el que somos mera mercancía, al servicio de sus exigencias.
Mofarse de los graves problemas que nos afligen y abandonar a
la clase trabajadora, a cambio de unos privilegios reservados a los que
pertenecen a un estatus social supuestamente superior, por meras cuestiones
crematísticas, supone un traición injustificable, que debe ser castigada a la
mayor prontitud, con toda la dureza de la ley y con la crudeza precisa, para
que no se olvide jamás la magnitud de la culpa.
Que dimita Cándido Méndez o no, es una nimiedad, si se tiene
en cuenta la degradación que ha sufrido su imagen a los ojos de un pueblo, que
no entiende que permanezca enrocado en una posición de subvencionado poder,
habiendo aceptado cuestiones como la implantación de la Reforma Laboral de
Rajoy, la desaparición de los Convenios en las empresas o la paulatina privatización
de la Sanidad y la Educación, teniendo aún la desfachatez, de llamarse líder de
sindicalistas.
Su pasividad, junto a la de su compañero de Comisiones
Obreras, ya había logrado convencer a los ciudadanos de la inutilidad actual de
las Entidades que presiden, habiéndose generalizado la opinión de que Touxo y
Méndez, más bien se han convertido en directivos de dos grandes empresas, que
en defensores a ultranza de los derechos robados a unos trabajadores que
confiaban en ellos.
Hace años, cuando ser líder sindical era ilegal y algunos de
ellos se exponían continuamente a la virulenta represión de la dictadura, los
principios ideológicos y la propia conciencia, bastaban para continuar en la
lucha, aún a riesgo de sufrir lesiones físicas de gravedad o incluso, perder la
vida en el intento.
Estos hechos, que nuestros jóvenes no han conocido por
razones obvias de edad, trajeron sin embargo, las mejoras laborales que
disfrutábamos hasta que la crisis las
barrió del mapa, colocándonos a las puertas de la más oscura miseria.
Aquellos hombres íntegros, que nos enseñaron con su ejemplo
cuál era el camino a seguir, son hoy vilipendiados y despreciados por las
actitudes corruptas de los que les siguieron.
Vergüenza debería darles manchar así el recuerdo de su memoria
y más vergüenza aún, arrastrar por el lodo a la clase obrera, dejándola en
total indefensión, simplemente por dinero.
Nunca podremos perdonarles ni olvidaremos que cuando más les
necesitábamos, pudo más para ellos el afán de riqueza, que mantener la limpieza
en sus actos, en beneficio de quienes más lo merecen.

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