No es de extrañar que el Obispo de Granada, aprovechando la
epidemia que se está apoderando del País, se haya atrevido a financiar la
publicación de un libro en el que se anima a las mujeres a practicar la
sumisión en el matrimonio, interpretando un papel secundario como mediadora de
todos los males familiares y perdonando las infidelidades del marido, en un
alarde de extrema comprensión con los pecados ajenos.
Y digo bien, porque la epidemia de sumisión que se ha
establecido entre nosotros y que nos hace aceptar en silencio todas las
vejaciones que contra la sociedad en general se practican, puede perfectamente
dar lugar a la aparición masiva de mensajes como éste que lanza el Obispo,
evidenciando que sólo nos falta un último paso para caer de lleno en los brazos
de una esclavitud personal, de la que nos costará probablemente, muchos años
deshacernos.
La penuria laboral que nos ha colocado en el umbral de la
pobreza y el temor a traspasar la delgada línea que nos separa de la miseria
que para nosotros constituiría la falta total de ingresos, hacen que haya
proliferado una actitud de acatamiento ante lo que consideramos un destino que
sólo puede escribir la mano de los poderosos y cuyo espíritu nos coloca en la
única tesitura de tener que aceptar lo que se nos imponga, por considerar que
no existe ninguna otra vía que nos permita escapar de los brazos de la
tragedia.
Pero no es verdad que la sumisión y el recato, el silencio y
la indecisión o la obediencia, constituyan una garantía que nos aseguren un
futuro estable ante los avatares que para nosotros, tengan reservados en su
chistera, los poderes que hoy nos gobiernan.
Es más, la evidencia de otros momentos ha demostrado
fehacientemente que la sumisión absoluta, termina siempre por convertirse en un
enemigo que se nos vuelve en contra, propiciando al tirano una oportunidad de
oro para continuar oprimiéndonos, con el simple argumento de pensar que
permanecer en silencio conlleva un significado de complacencia y demostrando a
sus ojos que aún podría tensar un poco más la cuerda, al no recibir ningún tipo
de oposición a sus malévolas acciones.
El planteamiento que hoy se hace nuestra sociedad de que el
futuro está en manos de los dueños del capital que mueve los entresijos del
mundo, no deja de ser una mera falacia, pues sin la colaboración de los
trabajadores, sumisos o no, que son diariamente los auténticos artífices de la
producción de beneficios de cualquier tipo de negocio, conseguir amasar
fortunas, sería del todo imposible.
No es pues lógico que sigamos convencidos que un puesto de
trabajo es un regalo que los poderosos nos hacen y que tenemos que aceptar en
las condiciones indignas que hoy día se nos ofrecen, sino que el contrato que
firmamos con él es un mero intercambio que nunca llegaría a funcionar, ni a proporcionarle
al dueño de la empresa ningún tipo de privilegio que le permita seguir
disfrutando de una vida plena, si simplemente nos negamos a trabajar,
provocando con ello, si la acción es colectiva, dar al traste con todas las
aspiraciones que tuviera el sujeto.
Nosotros, los pobres, somos la fuerza que mueve el mundo y
somos nosotros quienes con nuestro trabajo, hacemos el favor a los dueños de
los capitales, que por tanto harían bien en escuchar nuestras propuestas.
Y esta verdad absoluta no tendría ningún tipo de discusión,
si los poderosos no hubieran decidido que un tercer elemento entrara en el
juego, convirtiéndolo en un aliado primordial del que aprovecharse hasta la
saciedad y provocando a la vez que su nefasta influencia se cuele en las conciencias
de sus oponentes, provocando un cataclismo que afecta directamente a la
voluntad, cambiando el espíritu de lucha en sumisión y transformando la fuerza
de la palabra en oscuro silencio.
Ese tercer elemento adormecedor de conciencias es el miedo y la evidencia de la nocividad de
sus efectos sobre la buena salud mental de los hombres, podría resumirse
echando una mirada alrededor, en este país y en este momento.
El conformismo generalizado que demostramos los españoles
ante lo que nos está sucediendo en los últimos tiempos, el tratar de justificar
nuestro inmovilismo con la premisa de que “eso es lo que hay”, como si no fuera
factible por ningún medio cambiar nuestra situación y la de los demás, es la
prueba de que la propagación del miedo ha triunfado, incluso alcanzando un
grado superlativo que lo ha convertido en terror, convirtiéndonos en meros
títeres, en manos de los que se han dedicado a extenderlo.
Pero si por un solo instante la lógica de esta reacción se
rompiera y nos diéramos cuenta de que no estamos solos y de que la poca fuerza
que podemos hacer individualmente podría transformarse en ciclón, si
consiguiéramos sostener un principio de unidad,
dejando caer nuestros brazos, paralizando la producción durante cierto
tiempo y dando por sentado que ya no nos queda nada que perder y que, por
tanto, cualquier cosa que consiguiéramos sería el primer logro de lo que
pudiera ser una ascensión hacia un futuro mejor ¿adónde iría el miedo?
Si contradiciendo a lo que se espera de nosotros saliéramos
de la oscuridad, comprendiendo que no puede ser de otra manera, que el
protagonismo de la historia es siempre de las mayorías ¿adónde irían los que
han basado en nuestro terror todas las bazas de su actual triunfo?
¿Quién tendría las riendas del mundo si los poderosos
empezaran a perder, a causa de nuestra negativa a trabajar en las condiciones
que nos ofrecen?
El refranero español, casi siempre de una sabiduría rotunda,
ya lo sentencia en un lenguaje popular que no deja dudas: “Mientras más se
agacha uno, más se le ve el culo”

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