Cuando el juez Castro acariciaba con la mano la decisión de
imputar a la Infanta Cristina, dado el aluvión de indicios que apuntan a que
conocía perfectamente la marcha de las empresas de su marido, el fiscal
encargado del caso, convertido en el mayor defensor de la hija del Rey, se
adelanta diciendo que no encuentra motivos para su imputación, desacreditando
aún más de lo que ya lo había hecho, la autoridad de uno de los pocos jueces en
que confían los españoles, dado el interés demostrado en la aclaración, hasta
el final, de los hechos que nos ocupan.
Nadie ha hablado aún de las tendencias políticas de este
fiscal, que bien podría ser, si se tienen en cuenta sus actos, un defensor a
ultranza de la Institución de una Monarquía, a la que este caso y otros muchos
acontecimientos ocurridos en los últimos tiempos, colocan ahora en sus más
bajos índices de popularidad, en la opinión de unos españoles cansados del
oscurantismo que rodea al Rey y su familia.
Sin poder afirmar con rotundidad las tendencias monárquicas
del fiscal en cuestión, su empeño en desembarazar a la Infanta de las
innumerables sospechas que la sitúan en la primera línea de fuego en las
empresas de Urdangarín, no parece siquiera propio de su oficio y por ello
genera en la ciudadanía, serias dudas sobre la profesionalidad de este hombre,
que desde un principio no ha hecho otra cosa que poner palos en las ruedas a
Castro, en un claro ejercicio de funciones más propias de un abogado defensor,
que del puesto que ocupa, para penuria nuestra.
¿Está el fiscal recibiendo también presiones externas que le
obligan a anticiparse a las decisiones del juez, impidiendo el total
esclarecimiento de los hechos?
Aunque no estamos en posición de afirmarlo, podemos intuir
que sí, ya que si el propio magistrado se atreve a denunciar que se siente
acosado desde que llegó a sus manos esta historia, es fácil imaginar que si la
acusación no pone sobre la mesa las pruebas necesarias para la imputación, todo
podría llegar a diluirse, para beneficio de la Infanta.
Lo peor es que los españoles nos sentimos absolutamente
estafados por la marcha de la Justicia y en este caso, no podemos culpar al
Juez de desinterés o desidia, sino que todas las consideraciones que nos
impiden conocer toda la verdad, apuntan directamente a la figura del fiscal y a
su denodado empeño por salvar la honorabilidad de la Princesa.
El favor que hace a la Casa Real, influye negativamente en la
opinión de los españoles, que empiezan a pensar que la gravedad de los hechos
ha de ser de dimensiones mucho mayores de lo que se les dice, cuando se
demuestra tanto interés en tapar qué fue lo que pasó, quiénes son los culpables
del delito y a cuánto asciende el montante defraudado por estas empresas
fantasmas de tan rancio abolengo.
El empeño en distraer la atención, apartando a la Infanta de
la acción judicial, no hace más que confirmar todas las sospechas que hablan de
su implicación en los sucios negocios que manejaba su marido, mientras se
dedicaba a gastar a manos llenas los pingues beneficios que reportaban, procurando
hurtar las cantidades, a los ojos de Hacienda.
Este sufrido pueblo nunca creyó que Cristina fuera tonta. Sin
pretenderlo, este fiscal se ha propuesto en demostrar que sí, que lo era de
capirote.

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