El asesinato de la niña Asunta, en Santiago, en el que el
juez señala como culpables a sus propios padres, mueve a reflexionar seriamente
sobre si en el mundo de la adopción, los organismos estatales encargados de
otorgar finalmente la idoneidad a los progenitores, cumplen a rajatabla los
criterios de valoración ofrecidos por los excelentes profesionales que se
dedica a este campo, o si por el contrario, incluso con la oposición manifiesta
de psicólogos y trabajadores sociales, se termina por conceder niños a
determinadas familias, única y exclusivamente por cuestiones meramente
crematísticas.
Los hijos de adopción, que portan siempre una mochila de
graves problemas, bien por motivos de desamparo y abandono familiar, o por todo
tipo de abusos y maltrato cometidos en
la mayoría de los casos bajo el techo de que provienen, precisan contar con que
los que se convertirán en sus padres gocen de una perfecta armonía mental y una
preparación exhaustiva para afrontar la multitud de contingencias que les sobrevienen,
desde el momento en que los pequeños son instalados en el hogar y pasan a
convertirse en parte del mismo, para el resto de sus vidas.
La entrevistas previas a la llegada del hijo, ponen en muchas
ocasiones de manifiesto que no todos cumplimos el perfil necesario para ser la
clase de guía que estos niños precisan y que incluso podríamos sucumbir al
terror de la historia que traen consigo los pequeños, incapaces de ofrecerles
las respuestas que nos irán pidiendo, a medida que vayan enfrentándose a la
cotidianidad que les rodea y siendo conscientes de su propio pasado ,que a todos
inquietará, al no entender por qué fueron abandonados a su propia suerte.
Estas carencias, fáciles de identificar para los equipos
encargados de llevar el proceso, desde el mismo momento en que alguien decide
solicitar un hijo de adopción, conducen en muchas ocasiones a una negativa
tajante de idoneidad, que suele producir en los solicitantes reacciones de
rechazo, al no ser agradable que se ponga en duda la validez que uno pueda
tener como padre, aunque sólo sea por motivos de vanidad, o bien, por un deseo
incontrolable de alcanzar la plenitud vital que todos ansiamos.
Y sin embargo, las Instituciones encargadas de conceder
finalmente las adopciones, suelen cribar las opiniones de los profesionales,
una vez recibidos los informes pertinentes y en muchos casos, terminan otorgando
la paternidad, en contra de los criterios expuestos, a veces motivados por la
idea de que un menor ha de ser, necesariamente feliz, si es llevado al seno de
una familia bien situada que pueda cubrir con creces cuántas necesidades pueda
tener, aún cuando no haya sido considerada, por la razón que fuere, válida para
jugar emocionalmente el papel que en estos casos se reclama de ella.
Hace unos años, por ejemplo, se puso de moda entre la gente
bien adoptar una niña china procedente de los espantosos orfanatos que todos
pudimos ver a través de la televisión, simplemente por motivos de caridad, o
por ofrecer una imagen de falso progresismo, a un entorno que siempre veía con
buenos ojos, sacar del terror a una inocente.
Pero el mito de la familia feliz duraba sólo hasta que la
menor empezaba a mostrar sus carencias emocionales con episodios de terrores
nocturnos o llantos incomprensiblemente largos, provenientes de los traumas
sufridos durante su estancia en los Centros y los recién estrenados padres se
veían limitados en su cómoda forma de vivir, por la impertinencia de tener que
soportar un cambio en sus costumbres, con el que no habían contado para nada,
mientras construían su castillo en el aire.
Los profesionales que habían advertido el problema y negaron
a este tipo de gente la idoneidad, se vieron entonces desbordados por una serie
de denuncias que ponían en duda su criterio y que en muchas ocasiones, fueron
ganadas por los denunciantes, aunque después el tiempo viniera a dar la razón a
quienes desde el principio la tenían y muchos menores fueran devueltos, a la
primera de cambio, al no poder las familias soportar, el duro camino que
suponía mantenerlos en el hogar, sin estar preparados para ello.
Quizá el caso de Asunta haya sido uno de éstos. Desde luego,
la historia de esta niña, de momento desconocida para todos nosotros y los
motivos que llevaron a estos padres a su adopción, algo habrán tenido que ver
en el desarrollo de los acontecimientos.
El estatus social de la familia y el entorno en el que, al
parecer se movía, hacen presagiar que con toda probabilidad, la adopción de
Asunta se produjo en uno de esos
momentos en que la moda marcaba la “obligación” de hacer algo, por estas
chinitas procedentes de los sórdidos hospicios antes mencionados.
Y puede que después, la niña reclamara mucha más atención de
la prevista, convirtiéndose en una rémora para quienes desde nunca, habían
estado realmente preparados para recibirla y lo ocurrido, que resulta algo
incomprensible para cualquier persona normal, probablemente, no haya sido más
que una consecuencia de un insufrible hartazgo, provocado por una falta de
vinculación emocional que nunca llegó a producirse.
La trágica muerte de la pequeña, vuelve a traer a colación la
necesidad de esos exámenes contundentes que los profesionales llevan mil años
reclamando y la urgencia en que lleguen a ser ellos y no las Instituciones,
quienes determinen el paso final que llevará a un menor a ser instalado en una
familia, absolutamente preparada para educarlo y amarlo incondicionalmente.
La dureza del camino de la adopción trae consigo demasiados
sacrificios y al emprenderlo se ha de pensar, no solo en la necesidad personal
de realizar uno de los sueños más grandes de la vida, sino también en poder
cumplir todas las expectativas que de nosotros espera el menor, que como si se
tratara de un hijo biológico, también tiene derecho a la felicidad y a la
comprensión a la que todos aspiramos, sea cual sea nuestra historia y
procedencia.

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