domingo, 17 de noviembre de 2013

Por fin, una victoria


La prueba de que la lucha de los trabajadores por impedir que les sean robados sus derechos y de que su triunfo consiste precisamente, en comprender la auténtica medida de su fuerza, acaba de  hacerse patente en Madrid, donde los empleados del servicio de limpieza, tras mantener varios días de huelga, han conseguido que la patronal abandone su idea de rebajar los sueldos un cuarenta por ciento y que, a cambio de una congelación  salarial, se siga conservando la totalidad de la plantilla.
A pesar de las presiones que la Alcaldesa, Ana Botella, ha venido ejerciendo durante todo el tiempo que ha durado la huelga, de su actitud amenazante para con los sindicatos convocantes, de las acusaciones que afirmaban que ciertos piquetes se dedicaban a esparcir las basuras por las calles de la Capital y del ultimátum que lanzaba contra los participantes en el paro, la postura de los trabajadores, negándose a aceptar las durísimas condiciones que se les imponían ha dado sus frutos y ha puesto de manifiesto que los conflictos no siempre se resuelven dando la razón a los poderosos y que resistir es el camino para frenar la locura que se ha apoderado del mundo laboral español, llevándonos a niveles cercanos a los que se tenían a principios del siglo XX.
La obediencia ciega que los españoles han demostrado en los últimos años, acatando con actitud fatalista lo que nos ha venido aconteciendo sin luchar, como si la rebeldía no hubiera servido para nada en toda la Historia, ha sido sin duda, una de las causas que nos ha acercado peligrosamente al borde de la miseria y que nos ha ido convirtiendo prácticamente en esclavos de la patronal, que por supuesto, ha aprovechado bien nuestro miedo, para obtener en esta batalla, un modo de aumentar sus beneficios.
Pero la lucha obrera no es una ficción que hayan inventado los mayores, a pesar de que haya permanecido dormida durante los años de bonanza, en los que todos nos acostumbramos a vivir en un buen clima laboral, mientras disfrutábamos plenamente de todos nuestros derechos. Si poseíamos esos derechos era precisamente porque con anterioridad, los trabajadores los habían ido consiguiendo con enorme esfuerzo a lo largo de la historia y porque muchos hombres y mujeres antepusieron en un momento crucial de sus vidas, el bien de una mayoría, al suyo propio, combatiendo hasta las últimas consecuencias en las fábricas y en muchos casos, dejándose en ellas la vida.
Si cuando los derechos eran una certeza,  nos acomodamos  acostumbrándonos a conseguirlo todo sin esfuerzo, cometimos un grave error, cuyas consecuencias estamos pagando al forzar la otra parte, como dueña del capital, esta crisis hasta  provocar un colapso internacional, con la única intención de lograr una sumisión generalizada, que haga posible la explotación de los trabajadores, una vez que han llegado al borde de la angustia y ya no ven otra salida.
Pero entre el comienzo de un conflicto y el punto en el que el miedo ha conseguido alienar a las personas, llevándolas prácticamente a la esclavitud, hay un camino intermedio en el que todavía es posible que el milagro de la rebeldía y una organización en las fábricas, pueda cambiar el curso de las cosas, haciendo que la pelota caiga en el campo de los más débiles, si no se cede y se mantiene la resistencia.
Nuestros jóvenes no están acostumbrados a los largos periodos de huelga que mantuvieron, por ejemplo, los mineros en el siglo pasado, hasta que consiguieron que las condiciones de trabajo que se daban hasta entonces en la mina cambiaran radicalmente, para bien de todos los que ejercían esta profesión en el mundo. Permanecer unidos y asumir que la prolongación de las huelgas en el tiempo, eran la única clave que tocaba el férreo corazón de los patronos, al comprobar que los brazos caídos pronto dejaban de producir apetecibles beneficios, fue esencial para conseguir entonces el éxito y las premisas, salvando las distancias, continúan hoy, siendo las mismas.
En el paro de Madrid, estaba claro que si las basuras permanecían en las calles sine die, el agravamiento de la situación habría concluido produciendo una insoportable falta de higiene, activando incluso una alerta sanitaria, al empezar a sufrir la población infecciones y enfermedades derivadas de la falta de limpieza.
Entender que todo esto podía ocurrir y estar dispuesto a continuar en huelga, ha sido básico para que los trabajadores hayan conseguido el acuerdo y ni la soberbia amenazadora de Ana Botella, ni los esfuerzos de la patronal por manejar la opinión de las asambleas, han conseguido amedrentar la resolución con que se ha abordado el conflicto.
Esta es, la única manera de salir de la crisis. Y si el estado de supuesto bienestar de que disfrutábamos, había hecho que olvidáramos que nadie regala a nadie el destino, las circunstancias actuales obligan a poner en funcionamiento la memoria  para recordar que las actitudes que otros tuvieron en trances como éstos, pueden y deben recuperarse a la mayor brevedad, si queremos conservar la dignidad de ser personas que luchan para asegurarse un futuro.
Uno duerme mucho mejor cuando ve que es posible.


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