La prueba de que la lucha de los trabajadores por impedir que
les sean robados sus derechos y de que su triunfo consiste precisamente, en
comprender la auténtica medida de su fuerza, acaba de hacerse patente en Madrid, donde los
empleados del servicio de limpieza, tras mantener varios días de huelga, han
conseguido que la patronal abandone su idea de rebajar los sueldos un cuarenta
por ciento y que, a cambio de una congelación
salarial, se siga conservando la totalidad de la plantilla.
A pesar de las presiones que la Alcaldesa, Ana Botella, ha
venido ejerciendo durante todo el tiempo que ha durado la huelga, de su actitud
amenazante para con los sindicatos convocantes, de las acusaciones que
afirmaban que ciertos piquetes se dedicaban a esparcir las basuras por las
calles de la Capital y del ultimátum que lanzaba contra los participantes en el
paro, la postura de los trabajadores, negándose a aceptar las durísimas
condiciones que se les imponían ha dado sus frutos y ha puesto de manifiesto
que los conflictos no siempre se resuelven dando la razón a los poderosos y que
resistir es el camino para frenar la locura que se ha apoderado del mundo
laboral español, llevándonos a niveles cercanos a los que se tenían a
principios del siglo XX.
La obediencia ciega que los españoles han demostrado en los
últimos años, acatando con actitud fatalista lo que nos ha venido aconteciendo
sin luchar, como si la rebeldía no hubiera servido para nada en toda la Historia,
ha sido sin duda, una de las causas que nos ha acercado peligrosamente al borde
de la miseria y que nos ha ido convirtiendo prácticamente en esclavos de la
patronal, que por supuesto, ha aprovechado bien nuestro miedo, para obtener en
esta batalla, un modo de aumentar sus beneficios.
Pero la lucha obrera no es una ficción que hayan inventado
los mayores, a pesar de que haya permanecido dormida durante los años de
bonanza, en los que todos nos acostumbramos a vivir en un buen clima laboral,
mientras disfrutábamos plenamente de todos nuestros derechos. Si poseíamos esos
derechos era precisamente porque con anterioridad, los trabajadores los habían
ido consiguiendo con enorme esfuerzo a lo largo de la historia y porque muchos
hombres y mujeres antepusieron en un momento crucial de sus vidas, el bien de
una mayoría, al suyo propio, combatiendo hasta las últimas consecuencias en las
fábricas y en muchos casos, dejándose en ellas la vida.
Si cuando los derechos eran una certeza, nos acomodamos acostumbrándonos a conseguirlo todo sin
esfuerzo, cometimos un grave error, cuyas consecuencias estamos pagando al
forzar la otra parte, como dueña del capital, esta crisis hasta provocar un colapso internacional, con la
única intención de lograr una sumisión generalizada, que haga posible la
explotación de los trabajadores, una vez que han llegado al borde de la
angustia y ya no ven otra salida.
Pero entre el comienzo de un conflicto y el punto en el que
el miedo ha conseguido alienar a las personas, llevándolas prácticamente a la
esclavitud, hay un camino intermedio en el que todavía es posible que el
milagro de la rebeldía y una organización en las fábricas, pueda cambiar el
curso de las cosas, haciendo que la pelota caiga en el campo de los más
débiles, si no se cede y se mantiene la resistencia.
Nuestros jóvenes no están acostumbrados a los largos periodos
de huelga que mantuvieron, por ejemplo, los mineros en el siglo pasado, hasta
que consiguieron que las condiciones de trabajo que se daban hasta entonces en
la mina cambiaran radicalmente, para bien de todos los que ejercían esta
profesión en el mundo. Permanecer unidos y asumir que la prolongación de las
huelgas en el tiempo, eran la única clave que tocaba el férreo corazón de los
patronos, al comprobar que los brazos caídos pronto dejaban de producir
apetecibles beneficios, fue esencial para conseguir entonces el éxito y las
premisas, salvando las distancias, continúan hoy, siendo las mismas.
En el paro de Madrid, estaba claro que si las basuras
permanecían en las calles sine die, el agravamiento de la situación habría
concluido produciendo una insoportable falta de higiene, activando incluso una
alerta sanitaria, al empezar a sufrir la población infecciones y enfermedades
derivadas de la falta de limpieza.
Entender que todo esto podía ocurrir y estar dispuesto a
continuar en huelga, ha sido básico para que los trabajadores hayan conseguido
el acuerdo y ni la soberbia amenazadora de Ana Botella, ni los esfuerzos de la
patronal por manejar la opinión de las asambleas, han conseguido amedrentar la
resolución con que se ha abordado el conflicto.
Esta es, la única manera de salir de la crisis. Y si el
estado de supuesto bienestar de que disfrutábamos, había hecho que olvidáramos
que nadie regala a nadie el destino, las circunstancias actuales obligan a
poner en funcionamiento la memoria para
recordar que las actitudes que otros tuvieron en trances como éstos, pueden y
deben recuperarse a la mayor brevedad, si queremos conservar la dignidad de ser
personas que luchan para asegurarse un futuro.
Uno duerme mucho mejor cuando ve que es posible.

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