jueves, 21 de noviembre de 2013

Cristales contra el hambre


No sé si al gobierno de Mariano Rajoy se le ha ocurrido pensar qué pasaría, si todos los españoles que están emprendiendo actualmente el camino de la emigración, fueran rechazados brutalmente por los países a los que llegan, encontrando en cada una de las fronteras que atraviesan, como recibimiento, altas alambradas de espino que les impidieran el paso, teniendo que jugarse la vida, en el caso de querer proseguir con la odisea personal que los alejó de su patria.
En esta Europa de ricos y pobres, hablamos de civilización presuponiendo que sólo a nosotros nos pertenece y que todos aquellos que se ven obligados a malvivir lejos de nuestros territorios, siguen siendo unos bárbaros que no han evolucionado nada desde que terminaron con el Imperio Romano, muy al principio de nuestra historia.
Este debe ser el error que empuja a nuestros gobernantes a tratar a los que se atreven a intentar instalarse en alguna parte del viejo continente, siempre por razones de desesperación, en gran medida por causa del abandono en que les dejamos cuando dimos fin a la explotación de las llamadas colonias, como si se trataran de mercancía de segunda mano y sin los sentimientos naturales que son comunes a todos los integrantes de la raza humana.
El refuerzo de las alambradas en Ceuta y Melilla, ordenado en los últimos días por nuestro gobierno, para evitar los saltos masivos que se producen a diario, con la esperanza de poder huir de la más terrible de las miserias, demuestra fehacientemente que no queda en nuestros políticos ni una brizna de humanidad, para comprender la terrible situación que deben estar atravesando quienes se arriesgan a saltar, por no ser capaces de subsistir en su propia tierra.
Más allá de otras muchísimas connotaciones, la causa principal de la huída masiva de ciudadanos marroquís y subsaharianos, no es otra que el fantasma  terrible del hambre, que es la más grave de las enfermedades que pueden afectar a los hombres y cuyas consecuencias son capaces de llevarles a asumir con resignación cualquier tipo de riesgo, con tal de escapar de la miseria que acarrea no tener qué llevarse a la boca, ninguno de todos los días.
Sembrar los caminos de alambradas, de afilados cristales capaces de cercenar de raíz, el ilusorio espejismo de los sueños, no es la mejor manera de combatir un fenómeno que se ha extendido indiscriminadamente por casi toda África, condenando a sus habitantes a una muerte segura, en condiciones que ni siquiera nuestros animales padecen, en esta España de crisis que  estamos sufriendo.
¿Dónde queda la caridad que preconizan a golpe de religiosidad, los conservadores que nos gobiernan?
¿Dónde está el cristianismo que asumen como creencia los miembros del PP, codeándose con los miembros más relevantes de la Curia romana y acudiendo junto a ellos a manifestaciones a favor de una vida, que luego niegan a los demás, acorazando la entrada a nuestra casa, para remediar en lo posible, su terrible pobreza?
¿Dónde está la voz de Rouco Varela, a favor de estas gentes que su primer vicario defendió, según dice su Catecismo, hasta el punto de convertirse, dejando todos sus viernes, en uno de ellos?
¿Dónde la solidaridad que merece quién más lo necesita, aunque sólo sea para convencerse de que este paraíso con que soñaba, no era el lugar de innumerables riquezas que le parecía ver desde su país, mientras le enajenaban con imágenes de una sociedad de consumo, sólo al alcance de unos pocos?
Tampoco en esta decisión estamos los españoles de acuerdo con el Presidente. Nuca las alambradas lograron, al final, detener la resolución de quienes nada tenían qué perder, por muy altas que fueran.



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