No sé si al gobierno de Mariano Rajoy se le ha ocurrido
pensar qué pasaría, si todos los españoles que están emprendiendo actualmente
el camino de la emigración, fueran rechazados brutalmente por los países a los
que llegan, encontrando en cada una de las fronteras que atraviesan, como
recibimiento, altas alambradas de espino que les impidieran el paso, teniendo
que jugarse la vida, en el caso de querer proseguir con la odisea personal que
los alejó de su patria.
En esta Europa de ricos y pobres, hablamos de civilización
presuponiendo que sólo a nosotros nos pertenece y que todos aquellos que se ven
obligados a malvivir lejos de nuestros territorios, siguen siendo unos bárbaros
que no han evolucionado nada desde que terminaron con el Imperio Romano, muy al
principio de nuestra historia.
Este debe ser el error que empuja a nuestros gobernantes a
tratar a los que se atreven a intentar instalarse en alguna parte del viejo
continente, siempre por razones de desesperación, en gran medida por causa del
abandono en que les dejamos cuando dimos fin a la explotación de las llamadas
colonias, como si se trataran de mercancía de segunda mano y sin los
sentimientos naturales que son comunes a todos los integrantes de la raza
humana.
El refuerzo de las alambradas en Ceuta y Melilla, ordenado en
los últimos días por nuestro gobierno, para evitar los saltos masivos que se
producen a diario, con la esperanza de poder huir de la más terrible de las
miserias, demuestra fehacientemente que no queda en nuestros políticos ni una
brizna de humanidad, para comprender la terrible situación que deben estar
atravesando quienes se arriesgan a saltar, por no ser capaces de subsistir en
su propia tierra.
Más allá de otras muchísimas connotaciones, la causa principal
de la huída masiva de ciudadanos marroquís y subsaharianos, no es otra que el
fantasma terrible del hambre, que es la
más grave de las enfermedades que pueden afectar a los hombres y cuyas
consecuencias son capaces de llevarles a asumir con resignación cualquier tipo
de riesgo, con tal de escapar de la miseria que acarrea no tener qué llevarse a
la boca, ninguno de todos los días.
Sembrar los caminos de alambradas, de afilados cristales
capaces de cercenar de raíz, el ilusorio espejismo de los sueños, no es la
mejor manera de combatir un fenómeno que se ha extendido indiscriminadamente
por casi toda África, condenando a sus habitantes a una muerte segura, en
condiciones que ni siquiera nuestros animales padecen, en esta España de crisis
que estamos sufriendo.
¿Dónde queda la caridad que preconizan a golpe de
religiosidad, los conservadores que nos gobiernan?
¿Dónde está el cristianismo que asumen como creencia los
miembros del PP, codeándose con los miembros más relevantes de la Curia romana
y acudiendo junto a ellos a manifestaciones a favor de una vida, que luego
niegan a los demás, acorazando la entrada a nuestra casa, para remediar en lo
posible, su terrible pobreza?
¿Dónde está la voz de Rouco Varela, a favor de estas gentes
que su primer vicario defendió, según dice su Catecismo, hasta el punto de
convertirse, dejando todos sus viernes, en uno de ellos?
¿Dónde la solidaridad que merece quién más lo necesita,
aunque sólo sea para convencerse de que este paraíso con que soñaba, no era el
lugar de innumerables riquezas que le parecía ver desde su país, mientras le
enajenaban con imágenes de una sociedad de consumo, sólo al alcance de unos
pocos?
Tampoco en esta decisión estamos los españoles de acuerdo con
el Presidente. Nuca las alambradas lograron, al final, detener la resolución de
quienes nada tenían qué perder, por muy altas que fueran.

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