martes, 12 de noviembre de 2013

Luto en Filipinas


Vuelven las fuerzas de la Naturaleza a cebarse con los más pobres, dejando una imagen terrible del paso de un tifón en Filipinas, que muestra al mundo un panorama desolador que recuerda de cerca  lo ocurrido en Haití, mientras en esta vieja Europa nos seguimos preocupando fundamentalmente, por la marcha de los mercados y por la posición que ocupamos en la lista de los más ricos, que nosotros en particular, hace tiempo que abandonamos, pudiendo entender por ello mejor, la angustia que trae consigo la pobreza.
La muerte y la desolación atrapan a los filipinos entre sus garras, dejándoles solos frente a la adversidad, sin la protección que supone, al menos, tener las más primarias necesidades cubiertas y les coloca de repente en el ranking de una pobreza sobrevenida, esperando que la solidaridad mundial se apiade de su situación y palíe su desesperación con algunas migajas de ayuda, en forma de medicinas y alimentos.
No se puede saber qué es peor, si la desgracia de haber muerto al paso del tifón o la suerte de haber sobrevivido quedando en condiciones tan pésimas y teniendo que soportar la incertidumbre de no saber aún cuántos miembros de la unidad familiar han quedado sepultados bajo las aguas, sin esperanza siquiera de poder recuperar sus cadáveres, para rendirles un tributo de duelo.
Como pasó en Haití, las ayudas no serán para nada, suficientes y el paso del tiempo se encargará de enterrar el recuerdo de esta tragedia, permitiéndonos a los demás continuar como si nada hubiera pasado, alejando cada vez más esta primera solidaridad que hoy sentimos. Es lo que tiene la facilidad de olvidar que el hombre usa como mecanismo de defensa.
Convendría recordar que tampoco es lo mismo que un desastre de esta categoría ocurra en un país poderoso, que en otro como Filipinas, ya que los recursos propios juegan una baza fundamental a la hora de afrontar la recuperación y no contar con la suficiente riqueza, hace más duro aún emprender el camino del futuro, si los que más tienen no responden como de ellos se esperaría y no colaboran con generosidad, con los que todo lo han perdido.
Pero esto no sucederá, pues la avaricia que caracteriza a los sistemas que mueven el mundo de los ricos, jamás serían capaces de poner en peligro la abundancia de sus arcas repletas y la sola idea de aportar, a fondo perdido, una cantidad importante de capital destinada exclusivamente a fines solidarios, no entra dentro de los planes malévolos de obtener beneficios, que son el único objetivo a tener en cuenta, cuando se trata de cuestiones crematísticas.
Ni siquiera los elementos se compadecen de los pobres. Como si los desastres naturales también estuvieran dirigidos por manos negras que los apartan incomprensiblemente de las zonas de desarrollo y el que menos tiene estuviera destinado siempre a sufrir, sin poder escapar del destino.
Mientras, la civilización más avanzada, exprime los recursos hasta agotarlos, ejerciendo una influencia nociva sobre el Planeta y propiciando que de vez en cuando, la Madre naturaleza, devuelva en forma de desastre el maltrato a que la sometemos, aunque lo suele hacer, injustamente, castigando a los menos culpables de su deterioro, cebándose con los más inocentes, con los desheredados de esta tierra.






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