En muchos países civilizados, contactar con los
representantes políticos cara a cara, para transmitirles las quejas que sobre
su gestión puedan tener los ciudadanos, es algo que se da todos los días, con
una naturalidad imposible de imaginar en España.
Porque aquí, los políticos se han convertido en una casta
privilegiada que vive en una burbuja alejada de la población y cualquier
intento de hacerles llegar una queja, solo o en compañía de otros, está
resultando de una dificultad extrema, al negarse absolutamente nuestros
representantes a la posibilidad de ser abordados por los electores, a pesar de
depender directamente de sus votos, para continuar con su labor en el
Parlamento.
Nada debe perturbar la tranquilidad de sus señorías y mucho
menos, si la protesta sube de tono, a causa de la indignación generalizada que
se han encargado de provocar en todos nosotros desde que se recrudeció la
crisis, dando lugar a la necesidad de hacer llegar por el medio que sea la
oposición popular, al tipo de política que se practica.
De hecho, hasta ahora, manifestarse legalmente en las
cercanías del Congreso, se le ha denegado una y otras vez a la ciudadanía y las
escasas veces que se ha conseguido llegar hasta allí, eludiendo los severos
controles policiales que se han venido estableciendo en la zona, los políticos
se han encargado de calificar de escrache, lo que simplemente era una protesta
general, por alguna de las injustas decisiones que últimamente se están
poniendo en marcha, a golpe de decreto.
Inquietos por tener que oír el clamor ciudadano que les exige
un cambio inmediato de dirección en las
medidas de recortes y agazapados en sus lugares de privilegio, capitaneados por
un inaccesible Rajoy que ni siquiera consiente en atender a la prensa, parece
que están pensando en aprobar un proyecto de Ley que establezca multas de
seiscientos mil euros, para todos aquellos que participen en manifestaciones en
las cercanías del Congreso y también para los que colaboren en lo que ellos llaman escraches, blindando
de esta manera una integridad personal, que en ningún momento ha sufrido más
estragos, que algún otro grito amenazador, que jamás ha pasado a mayores.
Esta medida, que no hará otra cosa que venir a restar otra
parcela de libertad a cualquier miembro de la sociedad que desee manifestar su
protesta, con la intención de hacerla llegar hasta el lugar donde se reúnen los
parlamentarios, se añadiría a otras muchas ya tomadas por Rajoy y que no han hecho otra cosa que
aumentar la dureza de la represión política y policial, desde el mismo momento
en que se hizo con el poder y comenzó a obedecer los dictados de Bruselas, a
pies juntillas, y siempre en contra de la opinión sistemáticamente desoída de
las mayorías.
Qué recurso le queda al ciudadano para establecer un contacto
con sus políticos parece ser una incógnita de difícil resolución, si llegara a
aplicarse esta ley y tampoco pudiera ejercer su derecho a manifestarse en según
qué lugares.
Pero es evidente que este tipo de recursos que el PP califica
como mejora de una serie de leyes vigentes, va indefectiblemente, mermando uno
a uno los derechos de los ciudadanos, colocándolos en total indefensión, ante
las decisiones tomadas desde una posición de abuso de poder, por quienes ahora
nos gobiernan.
Sin embargo, parecen olvidar que aún quedamos en este país
gente acostumbrada a luchar en la clandestinidad durante los años del
franquismo y que ante las imposiciones de silencio que los populares propugnan,
siempre existe la posibilidad de volver a ciertas prácticas que ya dieron
buenos resultados en aquellos años de oscuridad, consiguiendo finalmente que se
alcanzara la Democracia.
Los miembros del gobierno que nada saben seguramente de la lucha
durante la dictadura, subestiman en este caso el poder de esta sociedad y ponen
en la represión de sus derechos demasiadas esperanzas, teniendo en cuenta que
dentro de dos años, seremos nosotros, los encargados de decidir en las urnas,
qué clase de futuro aguardará a los que ahora tiranizan la política machacando
a los ciudadanos.

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