Mientras Bruselas reprende seriamente al ministro Wert, por
su mentira sobre las subvenciones para las becas Erasmus, los responsables de
la terrible catástrofe ecológica del Prestige son absueltos por la justicia,
como si la contaminación de las costas gallegas nunca hubiera existido y el
lema del Nunca mais hubiera sido una invención de los miles de desinteresados
ciudadanos que colaboraron en las labores de limpieza.
El tiempo transcurrido y la flaca memoria que se tiene en
España de los acontecimientos, han debido jugar en contra del esclarecimiento
de este caso, del que se considera ahora que no hubo culpables, considerando
supuestamente, que lo ocurrido entonces se debió a toda una suerte de
catastróficas desdichas y que nadie debe pagar la enorme responsabilidad de
haber acabado con la vida de las especies que habitaban la mar gallega, ni la
consiguiente ruina económica que generó el suceso para los habitantes de esta
parte de España.
Una vez más, la Justicia se pone de parte de los poderosos,
mofándose del enorme esfuerzo que hizo entonces la Sociedad, al implicarse
hasta las cejas en una historia que no aportaba ninguna compensación económica,
a ninguno de los voluntarios que abandonaron sus vidas para instalarse en la
Costa da morte, hundiéndose en océanos de chapapote, hasta conseguir que el mar
y las arenas quedaran limpios de contaminación y cuyo esfuerzo nunca terminó de
ser suficientemente reconocido, ni por el entonces Ministro Rajoy, ni por el gobierno de Aznar, empeñado
como tantas veces, en restar importancia a tan terrible suceso.
Hace unos años, tuve la suerte de admirar en La Coruña una
exposición fotográfica que plasmaba en imágenes todo el esfuerzo que se empleó
en aquella ingrata tarea y que ponía cara a los desconocidos que acudieron en
ayuda de los ciudadanos de Galicia, quedando absolutamente horrorizada por la
magnitud de lo que allí se veía, dando gracias porque a alguien se le hubiera
ocurrido dejar testimonio de lo ocurrido, al margen de las Instituciones
políticas.
Quedaba allí meridianamente claro que los “hilillos de
plastilina” a los que hacía referencia quien hoy es nuestro Presidente de
Gobierno eran en realidad, una ingente cantidad de combustible que ennegrecía
las aguas del mar, provocando con su paso letal, la agonía de las aves y los
peces que habían tenido la desgracia de encontrarse en la zona, cuando se
produjo la catástrofe.
También la suerte de los pescadores gallegos cambió de manera
radical entonces y han hecho falta diez años para volver a mirar al futuro con
cierta esperanza.
Pero por lo visto, para el juez encargado del caso, nada de
esto ha sido suficiente, o bien, por intereses ocultos, la acusación no ha sido
bien planteada, mostrando la crudísima realidad de lo que originó el Prestige,
o no ha convenido ahora, por alguna razón, establecer responsabilidades sobre
la tragedia.
Sin embargo, el caso
Prestige está grabado a fuego en la memoria de los españoles y todos
esperábamos al fin, que los culpables pagaran su delito, que no dejó de ser un
atentado contra la totalidad de la sociedad, al haber atacado directamente un
entorno natural que pertenece a todos, haciéndolo inhabitable durante una
década.
Y aunque últimamente estamos bastante acostumbrados a sufrir
la injusticia de casi todas las sentencias, este nuevo error judicial toca la
esencia personal de todos nosotros, al dejar impune un delito de tales
dimensiones, aunque haya transcurrido tanto tiempo.
El Prestige no fue un barco fantasma que naufragó en las
costas gallegas. Lo sabemos nosotros y lo saben a ciencia cierta, todos los que
se equivocaron entonces en gestionar lo
ocurrido. Claro que ahora, el Ministro responsable gobierna el País y eso
supone una dificultad añadida para propiciar un esclarecimiento total de los
hechos. Por si acaso le roza el escándalo, dañando aún más la mala imagen que
ya tiene.

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