miércoles, 13 de noviembre de 2013

Borrando las huellas del Prestige


Mientras Bruselas reprende seriamente al ministro Wert, por su mentira sobre las subvenciones para las becas Erasmus, los responsables de la terrible catástrofe ecológica del Prestige son absueltos por la justicia, como si la contaminación de las costas gallegas nunca hubiera existido y el lema del Nunca mais hubiera sido una invención de los miles de desinteresados ciudadanos que colaboraron en las labores de limpieza.
El tiempo transcurrido y la flaca memoria que se tiene en España de los acontecimientos, han debido jugar en contra del esclarecimiento de este caso, del que se considera ahora que no hubo culpables, considerando supuestamente, que lo ocurrido entonces se debió a toda una suerte de catastróficas desdichas y que nadie debe pagar la enorme responsabilidad de haber acabado con la vida de las especies que habitaban la mar gallega, ni la consiguiente ruina económica que generó el suceso para los habitantes de esta parte de España.
Una vez más, la Justicia se pone de parte de los poderosos, mofándose del enorme esfuerzo que hizo entonces la Sociedad, al implicarse hasta las cejas en una historia que no aportaba ninguna compensación económica, a ninguno de los voluntarios que abandonaron sus vidas para instalarse en la Costa da morte, hundiéndose en océanos de chapapote, hasta conseguir que el mar y las arenas quedaran limpios de contaminación y cuyo esfuerzo nunca terminó de ser suficientemente reconocido, ni por el entonces Ministro  Rajoy, ni por el gobierno de Aznar, empeñado como tantas veces, en restar importancia a tan terrible suceso.
Hace unos años, tuve la suerte de admirar en La Coruña una exposición fotográfica que plasmaba en imágenes todo el esfuerzo que se empleó en aquella ingrata tarea y que ponía cara a los desconocidos que acudieron en ayuda de los ciudadanos de Galicia, quedando absolutamente horrorizada por la magnitud de lo que allí se veía, dando gracias porque a alguien se le hubiera ocurrido dejar testimonio de lo ocurrido, al margen de las Instituciones políticas.
Quedaba allí meridianamente claro que los “hilillos de plastilina” a los que hacía referencia quien hoy es nuestro Presidente de Gobierno eran en realidad, una ingente cantidad de combustible que ennegrecía las aguas del mar, provocando con su paso letal, la agonía de las aves y los peces que habían tenido la desgracia de encontrarse en la zona, cuando se produjo la catástrofe.
También la suerte de los pescadores gallegos cambió de manera radical entonces y han hecho falta diez años para volver a mirar al futuro con cierta esperanza.
Pero por lo visto, para el juez encargado del caso, nada de esto ha sido suficiente, o bien, por intereses ocultos, la acusación no ha sido bien planteada, mostrando la crudísima realidad de lo que originó el Prestige, o no ha convenido ahora, por alguna razón, establecer responsabilidades sobre la tragedia.
 Sin embargo, el caso Prestige está grabado a fuego en la memoria de los españoles y todos esperábamos al fin, que los culpables pagaran su delito, que no dejó de ser un atentado contra la totalidad de la sociedad, al haber atacado directamente un entorno natural que pertenece a todos, haciéndolo inhabitable durante una década.
Y aunque últimamente estamos bastante acostumbrados a sufrir la injusticia de casi todas las sentencias, este nuevo error judicial toca la esencia personal de todos nosotros, al dejar impune un delito de tales dimensiones, aunque haya transcurrido tanto tiempo.
El Prestige no fue un barco fantasma que naufragó en las costas gallegas. Lo sabemos nosotros y lo saben a ciencia cierta, todos los que se equivocaron entonces en gestionar  lo ocurrido. Claro que ahora, el Ministro responsable gobierna el País y eso supone una dificultad añadida para propiciar un esclarecimiento total de los hechos. Por si acaso le roza el escándalo, dañando aún más la mala imagen que ya tiene.






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