jueves, 20 de diciembre de 2012

Cuento de navidad


Como ya saben mis lectores habituales, suelo felicitar la Navidad escribiendo un Cuento. Hemos pasado por un año dificil, en el que han escaseado las buenas noticias y muchos de nosotros estamos viviendo inmersos en la desesperación que produce no tener perspectivas de futuro.
Mi Cuento pretene llevar a todos un mensaje de esperanza e intentar que naie pierda, por ningún motivo, la ilusión de que con esfuerzo, cualquier cosa puede ser cambiada.
Muchas gracias por la fidelidad que me demostrais a diario y sed felices, porque sois hombres y mujeres de buena voluntad.


El regalo perfecto


El Espíritu de la Navidad echó una mirada al mundo y movió negativamente la cabeza.
El hombre había abandonado cualquier sentimiento de caridad y hasta había recusado incluir en su idioma toda palabra que tuviera que ver con la bondad o la belleza.
Reinaba en las calles un silencio sepulcral, mientras los viandantes deambulaban por ellas con los brazos caídos, en busca de un destino incierto y llevando en el corazón un frío descorazonador, que se proyectaba sobre el aire en forma de nubes de vaho con olor a miseria.
Largas filas de desesperados se agolpaban ante los comedores sociales y otros muchos rebuscaban en las basuras de las grandes superficies, esperando encontrar algo que llevar a casa para celebrar la Nochebuena.
Sólo en unos pocos edificios destinados a ser organismos de poder, se oían las voces despreocupadas de los políticos, que ajenos a lo que ocurría fuera, disfrutaban de opíparos ágapes regados con los mejores vinos, provenientes de las mejores cosechas.
-Nada merece ya esta humanidad- pensó el Espíritu de la Navidad, con gesto enfurruñado por lo que estaba observando.
- Este año, me tomaré unas vacaciones y no acudiré como siempre, a la cita que todos esperan, a ver si aprenden con mi ausencia de los errores cometidos y empiezan a dar importancia a las cosas pequeñas, lejos de la codicia que los ha conducido a la terrible desolación que ahora padecen.
Muy enojado por la incomprensión, el Espíritu de la Navidad comenzó a pensar dónde podría ir para alejarse lo más posible de todo lo que le recordara otros tiempos, cuando todo el mundo estaba pendiente de su llegada, para intentar ser un poco mejor en su actitud con los demás, aunque sólo fuera por unos días.
Pero un enorme panel en el que se proyectaban una serie de cifras en continua oscilación, iba cubriendo el cielo creando una especie de esfera inexpugnable, que no dejaba pasar ni un solo rayo de sol con el que calentar el hielo gélido de aquellos números que se adueñaban del Universo, dejando a los hombres huérfanos de cualquier sensación de bienestar, que les recordara que continuaban vivos.
El Espíritu De la Navidad quiso entonces saber quién manejaba los mecanismos de aquella máquina infernal, preguntándose qué ocurriría con él mismo, si finalmente el aparato acababa por adueñarse de la tierra.
Así que empezó a escudriñar en los rincones más recónditos del Universo, como un sabueso en busca de una presa que ha quedado oculta tras la frondosidad de la maleza, hasta que levantando una enorme polvareda que le cegó por un instante, fue capaz de distinguir una conexión que recorría toda la extensión del planeta, dirigida por unos cuantos poderosos, ávidos por la posesión del control absoluto que les llevara a ser los nuevos Dioses de una Era, en la que los hombres ya no significaran más que un instrumento que alimentara eternamente las arcas del nuevo Olimpo.
Horrorizado por la visión, se tapó momentáneamente los ojos, queriendo de algún modo, que lo que tenía ante sí no existiera y comprendió la tristeza infinita que había silenciado la voz de los seres humanos, sintiendo en lo más hondo del corazón, una complicidad total con todos aquellos que nada tenían que celebrar, en estas Navidades especialmente violentas.
Movido por la ira, empezó a señalar uno a uno a los artífices de aquella oscura maniobra y borró sus nombres de la lista de los habitantes del mundo, desterrándolos para siempre a un anonimato sepulcral, del que no volverían a resurgir, como castigo a la osadía de sus actos y a la frialdad de sus intenciones para con el resto de sus congéneres.
-Voy este año- se dijo- a dar y quitar, a partes iguales, a estos pobres humanos dos cosas absolutamente necesarias para su curación, e imprescindibles para volver a la felicidad robada por los que ya no tienen nombre.
Dotó entonces a cada uno de una altísima dosis de pura inteligencia y al mismo tiempo, hizo desaparecer de todos los corazones el miedo.
Los hombres miraron entonces sus manos y supieron que habían sido rozados por el Espíritu de la Navidad y que eran ahora poseedores de los instrumentos necesarios para administrar su propia existencia.
Libres para pensar y habiéndose deshecho de todos los temores, ya ni siquiera tenía importancia no tener nada en los bolsillos, porque al recuperar la voluntad, la tarea de empezar un nuevo camino, se había convertido en el reto más trascendental, en lo que les quedaba de vida.





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