domingo, 2 de diciembre de 2012

El mayor fraude electoral



El huracán de la crisis ha destruido el programa del Partido Popular, reduciéndolo a cenizas y dejando a quienes lo defendieron sin credibilidad ninguna, a los ojos de todos los españoles.
Una ciudadanía estupefacta ante el mayor fraude electoral jamás cometido, se enfrenta ahora a una rebaja sustancial del poder adquisitivo de sus ancianos, sabiendo que muchos de ellos se han convertido en el único soporte económico de que disponen sus desafortunados hijos, desde que la Reforma Laboral de Rajoy ayudó a ponerlos en la calle, privándolos de sus anteriores derechos y de las indemnizaciones correspondientes, que se esfumaron de un plumazo, por la misma puerta que el trabajo perdido, en esta lucha encarnizada por sobrevivir, que se ha instalado sin piedad entre nosotros.
Nueve millones de pensionistas, a los que se prometió por activa y pasiva una revalorización de sus pagas igual a la subida del IPC y que aportaron muchos votos a las elecciones ganadas por el PP, se arrepienten ahora de su tremenda ingenuidad y maldicen la hora en que confiaron en la palabra de este Presidente, que se está cubriendo de gloria, con su política totalmente lesiva para las clases trabajadoras.
Este enorme colectivo, que en gran parte se había negado a movilizarse, amparándose en la benignidad que se les prometía desde los salones de la Moncloa, no tardará en unirse a todos aquellos que ya sufren, en carne propia, los efectos de las gran mentira conservadora y que habiendo perdido el miedo, han convertido las calles en la única vía para canalizar su voz, en demanda de la dimisión de un gobierno, cada vez más alejado de la voluntad de su pueblo.
Con estos recién llegados, ya no queda en toda la superficie del país, nadie que se considere defendido por quienes nos gobiernan, teniendo en cuenta el empeoramiento generalizado que ha sufrido la situación de todos nosotros, en este primer año de gestión de un Mariano Rajoy, incapaz de ofrecer una sola buena noticia que frene el descontento de la ciudadanía y demasiado empeñado en culpabilizar a su antecesor, incluso de las medidas salidas directamente de su gabinete ministerial y que ya nada tienen que ver, ni con Zapatero, ni con lo acontecido con anterioridad a su toma de posesión, basada fundamentalmente, en sus machaconas promesas de cambio.
Y es verdad que todo ha cambiado, pero de una manera tan nefasta, que los populares no pueden esgrimir en su propia defensa, ni un solo logro con el que justificar sus recortes, ni un solo atisbo de esperanza por el que merecer una espera, que no acaba de dar el fruto apetecido de la necesaria creación de empleo, que sería lo único que evidenciaría que se va por el buen camino, en la resolución de la crisis.
El único resultado obtenido en este largísimo año de desgraciado recuerdo, ha sido el reencuentro con una lucha de clases prácticamente olvidada hasta hace poco tiempo, y que ahora resurge con la misma intensidad que la que protagonizaron los trabajadores de hace un par de siglos, cuando se veían obligados a una batalla feroz por conseguir unos derechos que los sacara de la esclavitud y el hacinamiento a que los condenaban unos empresarios sin corazón, ávidos de obtener jugosos beneficios, del sacrificio de sus obreros.
La imperdonable osadía de minar los cimientos del estado de bienestar, ganado por los trabajadores durante años de duro enfrentamiento contra la ideología capitalista, podría acarrear a este Partido Popular, sordo y ciego al clamor de su pueblo, una debacle aún mayor que la sufrida por los socialistas tras la marcha de Zapatero y condenarlo para siempre a un castigo electoral, en el mismo momento en que se atrevan a convocar cualquier tipo de consulta, en la que haya de pronunciarse el pueblo.
La desfachatez de aplicar medidas cada vez más ofensivas sobre las capas más indefensas de la sociedad, está despertando en los españoles un sentimiento de odio contra el partido gobernante, que ya nada tiene que ver con las preferencias ideológicas y mucho con el instinto de supervivencia innato que caracteriza a un género humano, cansado de pagar los errores de las clases privilegiadas, a base de un inaceptable sacrificio que nunca acaba de satisfacer la voracidad de los que dominan el mundo de las finanzas.
Y aunque hasta ahora Rajoy está contando con la suerte de que la indignación general no cuente con la presencia de un líder capaz de aglutinar los votos de los millones de descontentos, con toda probabilidad, esta situación se corregirá en breve, en cuanto la multitud comprenda la necesidad de hacer firme su posición en unas instituciones legales, desde las que transformar los cimientos de este Sistema trasnochado y caduco.
Al mismo tiempo que escribo estas líneas, una enorme manifestación de disminuidos físicos y psíquicos, clama por sus derechos perdidos, a pie de calle.
¿Quién más tiene que salir para que nuestro Presidente se replantee su política y cambie de camino, entendiendo que sin trabajo no existe posibilidad alguna de recuperación, ni en este, ni en otros momentos?









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