No deja de causar extrañeza, la indiferencia demostrada por el Presidente Rajoy, ante las presiones continuas de su pueblo.
Por mucho talle político que se tenga, ser continuamente increpado, allá dónde uno va, por grupos de personas que manifiestan abiertamente su descontento, por la forma de gobernar que uno tiene, debe al menos, causar cierta zozobra interior y generar grandes dudas sobre si verdaderamente, se está acertando en el trabajo diario que se lleva a cabo.
Pero la altivez de los populares, la superioridad con que vuelven la espalda a la cruda realidad que les circunda y la negativa permanente a admitir ninguna tipo de errores, como si fueran infalibles en todo cuánto hacen, no hace otra cosa que confirmar a quién todavía lo dudase, que se han acomodado en el poder, con intención de quedarse y que disfrutan practicando el absolutismo, a espaldas de quienes les eligieron, cegados por sus promesas incumplidas, de acabar con la crisis que nos azota.
La imagen del Presidente Rajoy, entrando en la celebración del Día de la Constitución, ignorando la sonora pitada que estaba recibiendo, de la gente que se agolpaba en la calle y su posterior negativa a hacer ningún tipo de declaración a la prensa, queda en la retina de la Sociedad como una de las mayores ofensas sufridas, desde que logramos salir de las garras de la Dictadura, para asentarnos en la Democracia.
Ninguno de los Presidentes que habíamos tenido hasta ahora, había colmado tanto nuestra paciencia, ni ninguno de los gobiernos que antecedieron a éste en el poder, se había comportado jamás con la ciudadanía, con la soberbia que éste lo hace, instalado en el pedestal de una mayoría absoluta, obtenida a través de un fraude electoral minuciosamente premeditado, constatado por un programa electoral, que nunca llegará a cumplirse.
El desprecio con que somos tratados y las continuas ofensas que se nos infringen, están llevando la situación a un límite de insostenibilidad, que acabará por provocar un estallido social de incalculables consecuencias.
La solución no está en volver la espalda, haciendo caso omiso a la realidad que constituye el sufrimiento de una población hostigada por la pobreza, sino en ser partícipe de sus problemas e intentar apartar del camino los escollos que lo dificultan, desde una posición dialogante, basada en el respeto y en la sinceridad que uno debe, cuando ha decidido ejercer una profesión directamente relacionada con el servicio a su pueblo.
Al final, la importancia de detentar el poder es sólo relativa y lo único que queda cuando llega la hora de abandonarlo, es la sensación de haber cumplido con honradez y limpieza las funciones del cargo, de haber sido instrumento de los auténticos deseos de los ciudadanos que nos eligieron.

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