lunes, 10 de diciembre de 2012

Wertiginoso



La mente calenturienta del Ministro de Educación Wert no para de imaginar situaciones extremas con las que adornar la nefasta Ley De Educación que pretende implantarnos por la fuerza y que nos lleva directamente, a los umbrales de los años cuarenta.
No contento con fomentar las desigualdades entre los estudiantes, negando la oportunidad de formarse a los que carecen de recursos, ahora pretende establecer una competición entre Centros, concediendo privilegios a aquellos cuyos alumnos obtengan mejores calificaciones y concediéndoles la potestad de admitir únicamente a los alumnos que consideren oportuno, independientemente de si residen o no en la zona y sin tener en cuenta ninguno de los criterios de valoración hasta ahora vigentes.
Esta manera de instalar el clasismo en las aulas, sin profundizar en las razones que conducen a que los alumnos de un Centro determinado no consigan alcanzar los objetivos deseados en su currículum, obviando las circunstancias externas que rodean a los que acuden a él, por ejemplo, viene a sumarse al desmedido afán de este Gobierno por crear una especie de élite estudiantil, a ser posible cercana a su ideología y creencia religiosa, capaz de seguir la estela de su partido, cuando en un futuro lejano, no quede más remedio que retirarse, a todos aquellos que están y piensan estar por muchos años, cómodamente instalados en el poder.
Ya caminaban por una línea claramente anticonstitucional al subvencionar la enseñanza que separa a los alumnos en función de su sexo, pero separarlos en razón de sus notas, sin averiguar qué motiva exactamente la contundencia de su fracaso, coloca a los procedentes de un ambiente de marginalidad en total desventaja y acabará por provocar, seguramente, su total exclusión del panorama educativo, sin darles oportunidad a recuperarse o sencillamente, a salir de la oscura vorágine en la que se encuentran envueltos.
Habría que regresar a la época más tenebrosa del franquismo para encontrar algo similar. Los pobres de entonces, ni siquiera podían permitirse acudir a la escuela y una gran parte de ellos eran retirados de ella en cuanto cumplían ocho o diez años, viéndose obligados por las necesidades familiares, a cambiar los libros por el hatillo para acudir a trabajar, independientemente de su grado de inteligencia o sus posibilidades reales para realizar estudios superiores.
Ya entonces, estos Centros de excelencia que tanto gustan a Wert y que, generalmente, eran regidos por personal adscrito a la Iglesia, fomentaban un claro separatismo entre su alumnado, dándose la circunstancia de que los becarios accedían al Colegio por una puerta distinta y en el caso de las niñas, habían además, de encargarse de la limpieza de las aulas.
El as en la manga que parece guardar ahora Wert, bien pudiera estar relacionado con el costo económico que para las familias tendrían este tipo de Centros y de cuáles serían los criterios a seguir para la admisión de un alumno, cuando la potestad de hacerlo quede totalmente en manos de la directiva que rija la entidad en cuestión.
Independientemente, el mero hecho de establecer una especie de lucha permanente entre escuelas, haría un flaco favor a la armonía que debe reinar cuando se trata de cumplir un plan educativo a nivel estatal, sobre todo si se está hablando de una enseñanza Pública Universal, que busca el bienestar de la sociedad al completo y una calidad de enseñanza de nivel, para todos nuestros hombres y mujeres del futuro.
La Wertiginosa carrera emprendida desde el ministerio, sin embargo, no parece haber llegado a su fin y al haber declarado su cabeza visible que se crece ante la protesta igual que un toro bravo, no queda más remedio que augurar que lo que a partir de ahora sobrevenga, será aún peor.
Volviendo al símil, olvida Wert, que a pesar de su bravura, el destino inapelable del toro, es el de acabar muriendo en la plaza.





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