lunes, 17 de diciembre de 2012

Balas en la escuela



¿Qué puede pasar en la mente de un joven de sólo veinte años, para empujarle a entrar en una escuela armado hasta los dientes y perpetrar un infanticidio indiscriminado, hasta que finalmente, decide quitarse la vida, puede que horrorizado por su propia imagen?
No es la primera vez que un hecho de esta gravedad ocurre en Estados Unidos, ni seguramente será la última, como prueban las macabras estadísticas que se manejan y que indican que periódicamente y sin ninguna razón, algún desequilibrado ávido de notoriedad, decide convertirse en protagonista de una secuencia de terror, trasladada a la realidad cotidiana de la vida de cualquier pueblo.
Pero sin duda ha de haber un trasfondo que explique la relativa frecuencia con que se dan este tipo de acciones y que pone en entredicho un modelo de sociedad que pretende ser un ejemplo para el resto del mundo, pero que ha de asumir estas páginas negras escritas con sangre. en el libro de su propia historia.
La única diferencia con las otras matanzas, es que en esta ocasión, la mayoría de las víctimas no superaban los siete años de edad y por tanto, no podían ser siquiera sospechosas de haber provocado al asesino, al no haber abandonado aún la edad de la inocencia.
Muchas veces se ha cuestionado la facilidad con que los americanos pueden acceder a las armas, incluso llegando a poder almacenar en un domicilio particular auténticos arsenales, sin ser en absoluto investigados por ello y es verdad que todo aquel que se anima a convertirse en dueño de alguno de estos instrumentos letales, ha de tener una primera razón para desear poseerlo y un plan premeditado para usarlo, en alguna determinada ocasión que bajo su punto de vista, así lo requiriera.
Alejados de aquella sociedad, los que vivimos en otra parte del planeta, no sentimos para nada la necesidad de guardar en un cajón una pistola, ni soñamos de manera recurrente con que somos atracados o amenazados, a no ser que nos movamos en un ambiente de por sí, peligroso.
No por ello somos menos vulnerables a los delitos que se cometen en las ciudades, ni estamos libres de sufrir algún tipo de ataque en el transcurso de nuestras vidas, pero asumimos la idea de que, en general, las personas suelen tener un comportamiento normal con sus semejantes y valoramos la vida humana en su justa medida, pareciéndonos una aberración la sola idea de poder terminar con alguna, aún en defensa propia o empujados a ello, por circunstancias muy adversas.
Un país en el que todo el mundo está siempre en alerta y preparado para lo peor, no puede por menos que preguntarse en qué momento perdió las riendas de su destino, empujando a sus habitantes a convertirse en asesinos en potencia, acongojados por la desconfianza que hacia sus propios paisanos tienen, en un periodo de paz y sin que ningún tipo de amenaza real se cierna sobre ellos, como para permanecer en actitud beligerante, durante toda su existencia.
Uno llega a pensar que más que negocios de armamento, lo que realmente necesitaría el pueblo americano serían incontables consultas de psiquiatría, en las que estudiar en profundidad esa necesidad de permanente defensa que arrastra, sin conceder a la humanidad la oportunidad de demostrar su bondad, incluso en el seno de la propia familia, o en los núcleos más cercanos de convivencia.
La matanza de estos niños, es la prueba evidente del estrepitoso fracaso de la ley que permite la posesión indiscriminada de armamento y de lo sencillo que resulta, incluso para un demente, encontrarse con la posibilidad de manejar a su propio albedrío instrumentos de destrucción que en cualquier otro país del mundo, le serían negados practicándole un sencillo test psicológico que demostrara sus niveles de agresividad.
Obama ya intentó derogar estas leyes en su anterior legislatura, pero se encontró con la oposición frontal de la Asociación del Rifle, que defiende el absurdo argumento de que restringir el uso de armas atenta directamente contra la libertad de los pueblos. Una manera de explicar que el volumen económico que mueve este negocio, no puede ni debe darse por perdido, sólo porque de vez en cuando algún loco dispare a diestro y siniestro sobre una veintena de personas, robándoles su derecho a la vida.
Al final, todo es cuestión de dinero, por lo que es de esperar que esta horrible tragedia pronto se convierta en recuerdo y el tema de las armas quede aparcado hasta que en un futuro, alguno de estos iluminados decida protagonizar una nueva película de terror, amparado por la ley y actuando “libremente”.









No hay comentarios:

Publicar un comentario