martes, 18 de diciembre de 2012

La profecía



Un poco de razón sí que tenían los que pronosticaron el fin del mundo para este 2012, que a punto de terminar, se está de convirtiendo en una de las épocas más convulsas que ha soportado la civilización occidental, aunque al final no desaparezcamos todos de la faz de la tierra y podamos continuar viviendo, aunque de un modo radicalmente diferente.
A las catástrofes naturales que siempre se dieron en el planeta y que también ahora se producen periódicamente, dejando a su paso estelas de muerte y desolación y a la virulencia de las guerras en que nos enzarzamos los unos con los otros a lo largo de nuestra historia, sin que nunca termináramos de aprender de nuestros pasados errores, se ha unido un elemento hasta ahora desconocido, que sin ser ni siquiera palpable físicamente para la humanidad, ha sido capaz de causar estragos de gran magnitud y heridas en muchos casos irrecuperables, aunque nada tengan que ver con los efectos que en nuestra constitución producen las armas, ni nos lleven a una muerte directa, a causa de su poder letal.
Hasta hace bien poco, la palabra crisis era un concepto que conocíamos porque cíclicamente habíamos de soportar un periodo relativamente corto de tiempo, en el que nuestras finanzas se veían mermadas por una serie de imponderables que, finalmente, se acababan por superar, volviendo a recuperar un ritmo normal de desarrollo y sin tener que abandonar el camino del progreso.
Siempre se había contado con la esperanza de que la capacidad de los seres humanos para superar la adversidad, activaba inmediatamente unos mecanismos de defensa que nos permitían organizar una resistencia desde la que combatir al enemigo en cuestión, planeando minuciosamente un contraataque que repeliera la agresión sufrida, viniera de dónde viniese.
Pero es que hasta ahora, todos los enemigos que había tenido la humanidad eran tangibles. Tenían nombre, apellidos o formaban parte de alguna nación y cuando generando un conflicto, la situación se hacía insostenible para otros individuos u otras naciones, las cuestiones se intentaban resolver, primero por la vía diplomática y si se fracasaba, como último recurso, por medio de la guerra.
Ahora no se sabe de dónde viene la agresividad y el hombre se enfrenta a una serie de entes fantasmagóricos a los que no conoce ni ha visto jamás, pero que inciden en su vida destrozando impunemente y con un poder absoluto su medio de subsistencia, en un mundo dominado por la inmediatez de unas comunicaciones ultrarrápidas, que agravan con el catastrofismo que transmiten, la frustración y la incertidumbre que sufrimos, sin concedernos un solo instante para pensar siquiera de dónde proceden los golpes.
El factor miedo ha entrado en escena como un torrente devastador y se ha convertido en el protagonista de la historia, paralizando al género humano con un tipo de violencia que se ubica en el interior y que va horadando la movilidad física y mental con sus promesas de un futuro peor, si no nos plegamos a determinadas exigencias.
Este pánico que nos hace mansos y reprime cualquier intento de rebelión con sus consignas agoreras, es en realidad, el auténtico artífice de que nuestro mundo esté llegando a su fin y de que dentro de poco tiempo nos encontremos inmersos en otro, en el que ya no tengamos siquiera la dignidad suficiente para recurrir a la queja, aunque nos sintamos atacados en nuestros más fundamentales principios o en nuestra propia manera de pensar.
Así que, ciertamente, el final de nuestra civilización parece estar cerca, aunque, por suerte, aún quedamos unos pocos supervivientes que todavía somos capaces de alzar la voz para que entre todos, intentemos detener la catástrofe.

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