Con la proximidad de las Navidades, los efectos que han traído a las familias las medidas aplicadas por el Partido Popular, en este primer año de gobierno, se hacen mucho más claros y evidentes.
En fechas en las que tradicionalmente el consumo solía dispararse y los españoles hacían lo posible por llevar a casa lo mejor del mercado, empezando por los artículos de alimentación y terminando por los regalos previstos para la celebración del día de Reyes, se pueden ver ahora auténticas aglomeraciones de gente que deambula por las calles del centro de las ciudades, mientras las tiendas permanecen vacías, sin lograr vender nada, en vista de la falta de recursos que atenaza la economía de las familias.
Sectores de población que contaban para estos eventos con el cobro de la paga extraordinaria de Navidad, o han visto cómo ésta desaparecía por decreto, o simplemente se ven obligados a conservarla en su totalidad, en vista de la situación tambaleante que se vive en las empresas, después de que la Reforma Laboral no permita tener ninguna certeza de conservar el puesto de trabajo, ni aún contando con un contrato de carácter indefinido o habiendo formado parte de las plantillas durante toda una vida.
Luego está el ya incontable número de parados, con prestaciones, con subvención o sin ninguna clase de recursos, que sin esperanza de volver al mundo laboral, no se atreven a desprenderse de un solo euro, previendo que su situación personal pudiera empeorar aún más, a la vista de las terribles previsiones que para nuestro país se hacen fuera y dentro de nuestras fronteras y hasta los pensionistas caminan por la cuerda floja de la inseguridad, al tener que destinar el dinero que antes invertían en fiestas, a la manutención de sus hijos parados y sus familias, que han caído como una losa, sobre las espaldas de quienes esperaban gozar de un retiro feliz.
Pero este gobierno nuestro, incapaz de arrepentirse de nada, lleva su desfachatez hasta extremos inimaginables y sigue manteniendo el argumento de que sus medidas de recortes están a punto de dar apetecibles frutos para el país, ciego y sordo a la desastrosa realidad que nos aflige, como si su obligación primera no fuera la de hacer lo posible por remediar nuestra situación y la de buscar una vía rápida de creación de empleo, que al fin y al cabo, es lo que cambiaría radicalmente el triste panorama que nos ha traído su mala gestión y su mala leche.
No se sabe muy bien qué clase de milagro esperan que suceda, pero hasta el más torpe de los ciudadanos, a estas alturas, ya ha comprendido con meridiana claridad, que hemos llegado a un punto en que todo se nos ha vuelto en contra y que de nada ha servido ni sirve, una política que no procura el bienestar de los ciudadanos, sino más bien, un empeoramiento progresivo de su modo de vida, capitaneada por una serie de lunáticos, cómodamente instalados en las delicias del poder.
Si a los votantes del PP les hubieran dicho el año pasado que las próximas Navidades serían sin duda, las más tristes de su vida, que ni siquiera podrían permitirse llevar a su mesa un escuálido pavo con el que alegrar la Nochebuena o que sus hijos tendrían que renunciar a los regalos de Reyes, para poder llenar el carro de la compra del próximo mes, el resultado de las elecciones de 2011 hubiera sido bien distinto y las huestes de Rajoy jamás hubieran conseguido el empleo que ahora ostentan, con una mayoría absoluta arrancada, a base de promesas incumplidas y de acusaciones interminables sobre la maldita herencia que les dejó su antecesor.
No les vendría mal un paseo por las calles, pongo por caso de Madrid, a la misma hora en que la concurrencia sale a mirar escaparates de comercios abocados a la ruina por falta de ventas y hacer el esfuerzo de hablar cara a cara con la ciudadanía, interesándose por lo que opinan de cómo lo están haciendo, sin que anden de por medio ningún tipo de esos fantasmas izquierdosos a los que aluden, cuando la gente sale en manifestación.
Puede que al oír lo que tenemos que decir cada uno y al conocer las historias contadas en primera persona por los integrantes de nuestra sociedad, sintieran el mismo escalofrío que recorre la médula de todos los españoles cuando miramos a diestro y a siniestro y descubrimos las enormes carencias que nos afectan sin excepción y el dolor incurable que padecemos, a causa de la medicina letal que se nos está aplicando, desde las altas esferas de su poder.
Y hasta puede que entonces se les moviera un poco la conciencia y fueran capaces, por una vez, de luchar de verdad por el pueblo que les eligió, procurando un poco de alivio a su agonía, haciendo un ejercicio de contrición por todos los errores cometidos y cumpliendo la penitencia de trabajar hasta la extenuación, en bien de esta España de la que tanto gustan de presumir, pero a la que tan poco afecto demuestran.

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