lunes, 10 de diciembre de 2012

La edad de la inocencia



Apabullado por la sonoridad de los mayores y desbordado por el colorido de los adornos y las cadenetas, mi nieto Hugo cumple su primer año de vida, entre los algodones que para él procuramos todos aquellos que le queremos.
Es el suyo, unos de esos viajes de azarosa aventura en el que cada uno de los descubrimientos supera el asombro que produjo el anterior y el tiempo parece quedar corto, si se quiere mirar a todas partes, con la dificultad de no saber aún expresar con palabras, aquello que nos produce la contemplación simultánea de tanta maravilla.
La vida se abre ante él con todo su esplendor y el afán por vivirla se hace imprescindible en cada uno de los pequeños pasos con los que se acerca a los objetos que despiertan su interés, mientras sonríen sus ojos emocionados, aún antes de imaginar que posee lo que tanto desea.
Dulcemente anclado en esa edad de la inocencia, en la que todo lo que se necesita para ser absolutamente feliz está al alcance de la mano y los afectos son fielmente correspondidos, sin que haya lugar a la deserción o al fracaso, pulula en el ámbito familiar sabiéndose el dueño de la situación, mientras empieza a comprender la utilidad del lenguaje y el movimiento, con la osadía que da el total desconocimiento del miedo.
Anda en una búsqueda permanente de emociones vinculadas a las cosas infinitamente pequeñas, atrapado en todo momento por la sorpresa de tropezar con ellas por mera casualidad, pero satisfechos de tener la oportunidad de encontrarlas dentro y fuera de casa, como si un interminable abanico de novedades se abriera ante su recién estrenada risa, invitándolo a perderse en un paraíso de diversión permanente, de la que sólo escapa, cuando por fin le rinde el sueño.
Acostumbrado a la armonía de su entorno, el tamaño de los regalos y el estruendo de las canciones de felicitación, han tenido un efecto contrario al que todos nosotros esperábamos cuando le organizamos la fiesta y al final, ha quedado patente que, casi siempre, es la simplicidad la que consigue arrancar de los seres humanos, grandes o pequeños, ese minuto de ilusión, con el que todos soñamos para acercarnos a la felicidad. Hugo se ha enamorado de un globo y ha ido tras él, como si todo lo demás sobrase. ¡Qué misterios nos guarda la vida!







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