A partir de ahora, cuando nuestros hijos entren por primera vez en la escuela, se convertirán en protagonistas de un viaje en el tiempo, que hará posible que conozcan en primera persona, los entresijos propios de la enseñanza impartida en los años cincuenta.
Empezarán teniendo que enfrentarse al difícil reto de no poder expresarse en su propio idioma, si es que proceden de alguna de las Comunidades Autónomas con lengua autóctona y serán orientados, desde el primer momento, a la práctica obligatoria del Catolicismo, ya que esta Religión vuelve a ser parte de las asignaturas obligatorias, incluso en el bachillerato, para que nadie pueda apostatar, si no quiere encontrarse con un desagradable suspenso.
Debe pensar este Ministro Wert, que la inteligencia media del pueblo español está muy por debajo de la suya, cuando trata de argumentar la reforma que propone, basándose en la necesidad de un aumento en la calidad de la enseñanza, mientras con la otra mano, hace que desaparezcan del panorama educativo todas aquellas asignaturas que supuestamente, pueden llegar a fomentar la libertad de pensamiento, en los que serán nuestros hombres del futuro y lo hace, con una odiosa superioridad reflejada en el rostro, como condescendiendo con la protesta generalizada contra su forma de hacer política, pero sin dar un paso atrás en sus pretensiones, caiga quien caiga en el camino y cueste lo que cueste.
Por lo general suele pensarse que el conocimiento de varios idiomas es una manera de enriquecer el bagaje cultural de quien los habla y que el estudio de materias como la Ética o la controvertida Educación para la ciudadanía, resulta esencial para que la convivencia en este mundo que nos ha tocado vivir, sea mucho más grata y placentera, al convertirnos en personas mucho más tolerantes.
Pero la tiranía impuesta por esta mayoría absoluta de que goza el PP, no tiene en cuenta la opinión de la sociedad y ha pasado de gobernar democráticamente, a la restauración de una dictadura encubierta que basa su política en la firma de una interminable sucesión de decretos, que los ciudadanos tenemos que acatar, al carecer de un mecanismo apropiado que nos permita despedir a quienes contratamos por medio de nuestros votos.
En el caso de la Enseñanza, está claro que este gobierno también pasa por alto el artículo en el que se declara que España es un Estado aconfesional y que vuelve rendirse a los designios de una Iglesia Católica que nunca se resignó a la pérdida de protagonismo que suponía retirarse del ámbito de la escuela, imponiendo sin recato a nuestros hijos, una forma de pensamiento único, que de algún modo los coloca en la misma penuria que sufrimos los que vivimos la etapa franquista y que limita su derecho a decidir si quieren o no practicar algún tipo de confesión religiosa, como es de ley, para cualquier persona libre.
Si a esto añadimos la enorme subida de las tasas y el despido masivo de trabajadores de la enseñanza llevado a cabo en todas las Comunidades regidas por los populares, el negro panorama que se abre para nuestros jóvenes en el plano educativo, no puede ser más descorazonador y terrible.
Las pretensiones de Wert podrían estar basadas en la añoranza de otras épocas, en las que solo algunos privilegiados gozaban de la suerte de poseer una formación directamente relacionada con el peso de su apellido y que aseguraba una perpetuidad de las creencias que profesaban en las esferas del poder, condenando a la ignorancia a los pueblos, para un mayor aprovechamiento del fruto de su trabajo.
La frase de los jesuitas de “Dame un niño de tres años y lo haré mío para toda la vida”, debe sin duda formar parte del pensamiento de Wert, que está dispuesto a llevarla a la práctica, con esta Reforma humillante y lesiva, que pretende implantar haciendo uso de su autoridad, sin ningún tipo de consenso.
Pero por fortuna, la capacidad de comprensión del pueblo español ha viajado vertiginosamente desde la llegada de la Democracia y la ignorancia supina tan amada por los partidos de la derecha, quedó enterrada en el mismo momento en que se estableció la posibilidad de una Educación igualitaria, que todos nos afanamos en aprovechar hasta las últimas consecuencias.
Ya no somos aquella pandilla de analfabetos que callaban de manera sumisa cuando hablaba el señor, ni sucumbimos ante las amenazas de arder en el infierno, que tanto mermaron nuestra libertad de movimientos, cuando se nos obligaba a acudir al rosario de cada tarde, en las capillas de las escuelas.
Hemos crecido hasta sentirnos libres y el futuro que deseamos para nuestros hijos ha de pasar necesariamente por mantener intacta esa tasa de libertad y en la posibilidad de vivir en igualdad, seamos príncipes o mendigos.
Sintiéndolo mucho, señor Wert, no es posible un retorno al pasado, ni retomar prácticas olvidadas en el baúl de los recuerdos.
Puede que lo próximo que se intente, sea que Mariano Rajoy se pasee bajo palio por las calles de este país, alardeando de su estrecha amistad con los cardenales de su Iglesia, pero nadie podrá obligarnos a bajar la cabeza a su paso, ni a consentir que destroce el porvenir de los que nos siguen, ni con dinero, ni con catecismos.

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