Los que nacimos en la negra década de los cincuenta, bajo la acechante mirada de una dictadura que nos impedía cualquier posibilidad de desarrollo personal y que consiguió hacer de nuestra infancia una nebulosa gris en la que nunca penetraba la alegría, tuvimos sin embargo la enorme suerte de aprender a valorar en su justa medida, lo que significan los derechos.
Violentamente despojados de todos ellos y teniendo que convivir diariamente con el insoportable fantasma de la pobreza, nunca nos acostumbramos del todo a perder la esperanza de conseguir con nuestro esfuerzo, un futuro mejor y acabamos por dejarnos la piel en el intento de dar un vuelco a la trayectoria que para nosotros tenían prevista y que en todos los casos, nos negaba cualquier oportunidad de conocer la libertad.
La muerte del dictador acaeció cuando teníamos veintitantos años y para entonces ya habíamos pateado las calles de manera ilegal en demanda de reivindicaciones fundamentales para cualquier ser humano que se precie y conocido la tortura de los opresores que por todos los medios, trataban de imponer su tenebroso silencio.
Nos juramos entonces que fueran cuales fuesen los caminos por recorrer que nos quedaran por delante, nunca permitiríamos que nuestros descendientes conocieran la indignidad de ser abusados por otros, ni cederíamos jamás en ninguna de las bazas arrancadas a la oscuridad de los tiempos, conseguidas con sangre, sudor y lágrimas, en el más estricto significado que conlleva la frase.
Pusimos entonces los cimientos de una sociedad infinitamente más justa, que limó casi a ras, las diferencias entre clases sociales y aquel futuro siniestro que aseguraba la sumisión perpetua del pueblo español, terminó escribiendo una historia infinitamente más limpia, en la que al fin pudimos desprendernos de la maldita ignorancia, para embarcarnos en la excitante aventura de una educación, reservada hasta entonces, sólo a los hijos de los poderosos.
Pudimos salir a la calle sin miedo. Exponer nuestras ideas sin cortapisas, escribirlas, decirlas, gritarlas y hasta exigir que no fueran manipuladas o escindidas, basándonos siempre en el respeto al pensamiento de los demás y aceptándolo como parte del variado abanico de posibilidades que se da, en cualquier convivencia pacífica, entre gente de bien.
No es la crisis la que ha venido a recordarnos que una vuelta al pasado es posible. Quien trata de convencernos con este argumento, yerra de manera absoluta.
La crisis es una situación difícil que puede orientarse de muchas maneras y son quienes nos gobiernan, con nombres y apellidos y a nivel personal, los que se encargan de establecer medidas y de promulgar Leyes.
La terrorífica visión de las cargas policiales de Madrid, la manipulación de los medios de comunicación y las purgas ejercidas en las televisiones de carácter público, a nosotros, nos dan la sensación de haber despertado de repente en aquella década tenebrosa y de que lo vivido en los últimos cuarenta años, ha sido sólo un sueño.
Hoy mismo, la Delegada del Gobierno en Madrid, hacía una propuesta para reformar con carácter de urgencia la Ley de Manifestación, para terminar con lo que calificaba como “desórdenes públicos”, quizá porque realmente no ha llegado nunca a entender que la Constitución que escribimos entonces, garantiza a los ciudadanos el derecho de reunión, como medida de presión, cuando está en desacuerdo con la labor de sus gobernantes.
Paso a paso, con premeditación milimétrica y con verdadera alevosía, se están traspasando límites que hasta ahora se consideraban inviolables, mientras se pretende por la fuerza, someter nuevamente a la sociedad, hurtándole cualquier posibilidad de discrepar con las medidas que tan gravemente le afectan.
Quizá a los jóvenes, por su edad, les resulte difícil percatarse del rumbo que están tomando los acontecimientos y en su bendita inocencia, pues no han conocido otro modo de vivir que el de ser absolutamente libres, quizá creen del todo imposible que sea posible quedarse de pronto, sin derechos.
Pero nosotros, que nacimos y nos criamos sin ellos, que hemos soportado la prepotencia de un régimen autoritario, que hemos vivido estados de excepción y soportado la dureza de los Tribunales de Orden Público, reprimiendo cualquier intento de disidencia, y que hemos madurado a base de golpes en las calles de entonces, ya hemos pasado por los mismos trances y conocemos perfectamente la letra pequeña de los mecanismos.
Por esta y no por otra razón, acudimos a las convocatorias ciudadanas cada vez que se nos requiere. Por esta y no por otra razón, alzamos nuestras voces para alertar de lo que puede venir y no permitimos, en modo alguno, que se nos lleve de nuevo camino del silencio, con la palabrería barata de unos cuantos políticos que deshonran con su actitud la profesión a la que pertenecen, mientras desprecian la voluntad soberana del pueblo que los eligió, tratando de silenciar su voz, por medio de la violencia.
Si la Ley de Manifestación se reforma, la prohibición de cualquier actividad por parte de la ciudadanía será prácticamente abolida, de nuevo, por decreto. Quien lo firmará, no será el concepto abstracto de la crisis, sino el señor Rajoy y sus Ministros.
Les incomodamos…y mucho.

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