lunes, 22 de octubre de 2012

Un voto que esclaviza



Tener en las manos la posibilidad de cambiar el destino y no hacerlo, convierte a los pueblos en merecedores de cuántas fatalidades acontezcan después y les roba el derecho a lamentar su error, al haber posibilitado con él, el curso de los posteriores acontecimientos.
Galicia da una palmada en la espalda a Mariano Rajoy, condescendiendo con su política de recortes y aceptando con sumisión la pérdida de derechos impuesta a los ciudadanos, como si no fuera necesaria la libertad para vivir y las carencias traídas por los conservadores fueran, como ellos dicen, absolutamente necesarias para salir de una crisis, que no termina de ver un punto de luz, bajo el yugo de su mandato.
La cobardía de emitir un voto esclavo, en el pensamiento de que tal vez lo que sobreviniera de cambiarlo, podría ser aún peor, pone en evidencia hasta qué punto influencia el ánimo todo lo que nos está sucediendo y empuja al pesimismo a los que, por lógica pensamos, que es posible construir un nuevo modelo de sociedad, lejos de las leyes de una derecha movida, exclusivamente, por las imposiciones de la economía.
No es verdad que en Galicia todo el mundo aplauda al PP, ni que el silencio de los que ayer no acudieron a las urnas ratifique el modo de hacer de los que nos gobiernan. Muy al contrario, la falta de participación en los comicios, podría ser un indicativo de hasta qué punto llega el hartazgo de los ciudadanos y también de su falta de confianza en la clase política, independientemente de la ideología y las banderas.
Pero si todo va a peor, como resulta previsible, no tendrán los gallegos la oportunidad de echarse atrás para recuperar la ocasión perdida y se verán obligados a sufrir estoicamente el porvenir que les vendrá dado por el sentido estricto de su voto, sin poder reclamar hasta que pasen cuatro años a sus gobernantes, que cambien el rumbo de su historia, ya que son ellos y no otros, quienes los han colocado exactamente donde están, poniendo su confianza en ellos.
En el caso de Euskadi, ya se sabe que los tiempos de crisis propician el triunfo de los nacionalismos y que aunque históricamente se ha podido comprobar su ineficacia para solucionar los problemas, los pueblos tienden naturalmente, a generar un sentimiento de auto conservación, dejando la solidaridad con los demás para cuando llegan los tiempos de bonanza.
Hasta ahora, no podrá Euskadi comprobar en carne propia las consecuencias que puede traer a su tierra el gobierno de los partidarios del independentismo y cómo también ellos sufrirán el lógico desgaste producido por los años en el poder, que probablemente será mucho más efectivo que la lucha que se viene manteniendo desde Madrid, por terminar con la radicalidad de un colectivo procedente en su mayoría, de las filas de ETA.
Unos y otros, habrán de asumir su responsabilidad en lo que venga y ser conscientes de que la voluntad popular elige a veces extraños caminos para remediar los males que la azotan.
Pero la grandeza de la Democracia está en aceptar los resultados que ofrecen las urnas y en aprender a vivir con ellos, independientemente de que sean o no justos par el bien de las mayorías.
El tiempo, pone a cada cual en su sitio y acaba por ofrecer razones suficientes para meditar en ocasiones futuras, con mucha más profundidad, el sentido del voto que se emite y que no deja de ser el único instrumento que tiene la sociedad, para manifestar sus preferencias.









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