lunes, 29 de octubre de 2012

Cementerio marino



Mientras que los españoles no adquieran una conciencia plena del problema de la inmigración a través del estrecho y muchos sigan pensando que sólo las mafias tienen la culpa de que miles de personas intenten la tenebrosa aventura de alcanzar nuestras costas en pateras, los trágicos sucesos de los últimos días seguirán repitiéndose con cierta frecuencia, y el cementerio marino que ya existe, entre las playas de Marruecos y las nuestras, continuará poblándose de cadáveres, hasta llegar a convertirse en una fosa común, de incalculables dimensiones.
Estamos, como fatídicamente acostumbrados a leer este tipo de noticias en los periódicos y ahora que la crisis se ha instalado entre nosotros dificultándonos la vida, hasta hay quien parece alegrarse de que descienda la inmigración, considerando que la desaparición de estas personas en las aguas, podría ser tomada por los demás como una medida disuasoria, a la hora de plantearse el intento de alcanzar una vida mejor, en este Continente, que ya no es lo que era.
Pero la terrible realidad es otra bien distinta, que incluso pudiera parecerse a la nuestra, en un futuro, si las cifras del paro siguen aumentando y nos vemos obligados a marcharnos del país, de la forma que sea posible, como única vía de encontrar el sustento.
Quién tenga corazón, no tiene más remedio que verse gravemente afectado por la terrible historia de estos protagonistas procedentes de una miseria mucho mayor que la nuestra y compadecerse de su espantoso destino, procurando ayudar, en lo que se pueda, a mejorar su situación, al menos acogiéndolos entre nosotros, como por su condición de personas, merecen.
No importa si en Marruecos se desinhiben del problema y optan por la vía rápida de abandonarlos a su suerte, entre las frías mareas o en el desierto, en una acción indescriptible de crueldad infinita. No importa si no están dispuestos a colaborar, e incluso no importa si potencian que las familias envíen a sus niños a nuestro territorio, para que reciban una educación y sanidad gratuitas al lado de los nuestros y ni siquiera importa si esto supone tener que apretarse un poco más el cinturón, a favor de estos desheredados de la tierra.
Se trata de una cuestión de humanidad, que nada entiende de políticas e ideologías, sino de dignidad y ética.
En modo alguno, el problema ha de convertirse en una patata caliente, que nuestro gobierno y el marroquí se arrojan uno a otro, sin buscar una vía de solución que termine de una vez, con la tragedia.
Tampoco disminuye el problema aumentando la vigilancia policial, ni construyendo muros cada vez más altos, que separen las fronteras, hasta hacer de los países antros blindados a la posibilidad de enriquecerse con la presencia de gentes procedentes de otras culturas, por el mero hecho de que procedan de las clases humildes.
La necesidad, que obliga a los hombres a ser mucho más valientes y arriesgados de lo que lo serían en una situación de normalidad sin carencias, no entiende de métodos para alcanzar un objetivo y abre las puertas que abre, sin dar opción a elegir por cuál de ellas sería más conveniente acceder al remedio de nuestros males.
Y en este caso, aunque también es cierto que las mafias se lucran de la desesperación de la gente, la única verdad es que cualquiera de nosotros, se agarraría igualmente a un clavo ardiendo, si de ello dependiera nuestra propia supervivencia y la de los que nos son cercanos, actuando exactamente igual que ellos y utilizando los mismos métodos, si no quedara otro remedio.
Hagamos un ejercicio de reflexión y multipliquemos por un momento, por mil, los efectos de la crisis que nos azota. Y después contestémonos una pregunta: ¿tomaríamos o no la patera, incluso sabiendo que podríamos morir en el intento?

No hay comentarios:

Publicar un comentario